
La figura de Domingo Faustino Sarmiento suele estar relacionada con las escuelas, los libros, los debates políticos y su presidencia entre 1868 y 1874. Sin embargo, el prócer también tuvo una profunda fascinación por la naturaleza, la agricultura y los paisajes formados por el agua.
Ese costado menos conocido apareció durante la década de 1850, cuando visitó por primera vez las islas del Delta del Paraná. El sanjuanino quedó cautivado por la vegetación, los ríos y el potencial productivo de una región que todavía se encontraba alejada del movimiento cotidiano de Buenos Aires.
La isla que Sarmiento convirtió en su lugar de descanso
En 1860, Sarmiento recibió una propiedad en el Delta del Tigre de manos de Federico Álvarez de Toledo, un estanciero y amigo con quien había compartido el exilio en Chile durante la época de Juan Manuel de Rosas.
El sanjuanino bautizó el lugar como “Prócida”, en homenaje a una pequeña isla italiana ubicada frente a Nápoles. Incluso llamó “Rialto” a uno de los puentes del terreno, inspirado en la conocida construcción de Venecia.

La vivienda era muy diferente de las grandes residencias de campo de la época. Se trataba de una pequeña casa de madera con techo de tejas, diseñada para enfrentar las crecidas y la humedad características del Delta.
Sarmiento defendía este tipo de arquitectura porque consideraba que las construcciones isleñas debían adaptarse al ambiente. Su propuesta era evitar las estructuras pesadas y aprovechar materiales más livianos, especialmente la madera.
El cultivo que transformó la vida del Delta
La isla no funcionó únicamente como refugio personal. Sarmiento también la convirtió en un espacio de experimentación agrícola. En 1855 plantó una vara de mimbre, una especie que encontró en los suelos húmedos del Delta las condiciones ideales para crecer.
Con el paso del tiempo, el cultivo se expandió y comenzó a utilizarse para fabricar canastos, muebles y numerosos objetos artesanales. De esta manera, una experiencia impulsada por Sarmiento terminó formando parte de la identidad económica y cultural de los habitantes de las islas.

El prócer también introdujo semillas de nuez pecán procedentes de Estados Unidos. La especie logró adaptarse al terreno y se extendió por diferentes sectores del Delta.
Su interés iba mucho más allá de la jardinería. Sarmiento imaginaba aquella región como un territorio con enormes posibilidades para la fruticultura, la navegación y el establecimiento de nuevas poblaciones.
Un presidente dedicado a la huerta y al trabajo manual
Durante sus estadías, Sarmiento se alejaba parcialmente de las obligaciones políticas para escribir, caminar, cuidar la huerta y realizar tareas manuales. Además, aconsejaba a otros habitantes sobre la construcción de viviendas y las dificultades de vivir en un territorio rodeado por agua.

Una crónica de 1873 describió plantaciones de papas y alcauciles en la propiedad. También mencionó a un hombre vestido de manera sencilla que trabajaba en la fabricación de cestos de mimbre. Ese trabajador era el propio presidente argentino.
La escena revelaba una faceta completamente distinta del prócer: lejos de los actos oficiales y del protocolo, disfrutaba de una vida sencilla vinculada con la tierra.
La casa de madera que terminó protegida por vidrio
Después de la muerte de Sarmiento, ocurrida en 1888, la propiedad pasó por diferentes manos. Durante un tiempo funcionó allí una escuela, pero cerró en 1928 por falta de alumnos. Posteriormente, la vivienda comenzó a utilizarse con fines culturales.

En 1966, el predio fue declarado Lugar Histórico Nacional. Para evitar que la humedad, las lluvias y el paso del tiempo destruyeran la estructura original, la casa quedó protegida por una enorme estructura transparente.
Actualmente, la Casa Museo Sarmiento funciona como museo, biblioteca y centro cultural. Está ubicada sobre el río Sarmiento, en el Delta del Tigre, y solamente se puede llegar mediante una embarcación.
La pequeña construcción continúa siendo el testimonio de un proyecto personal. Entre ríos, árboles y terrenos inundables, Sarmiento imaginó un Delta productivo, conectado y capaz de crecer. Allí dejó por un momento su imagen de presidente para transformarse en horticultor, escritor y vecino de las islas.



















