Una decisión aparentemente inofensiva terminó modificando para siempre la fauna argentina. En 1888, cuatro parejas de liebres europeas fueron liberadas en una estancia cercana a Cañada de Gómez, Santa Fe, con el objetivo de fomentar la caza deportiva.
Eran solamente ocho ejemplares de una especie que no pertenecía a los ecosistemas sudamericanos. Sin embargo, encontraron extensas superficies abiertas, alimento abundante y condiciones favorables para reproducirse.
Con el paso de las décadas, aquellas liebres y otros ejemplares introducidos posteriormente formaron poblaciones que avanzaron sobre campos, estepas, bosques abiertos y zonas agrícolas. Actualmente, la especie se encuentra en casi toda la Argentina, con excepción de Tierra del Fuego y algunos sectores del norte del país.
Las cuatro parejas que iniciaron una expansión histórica
La introducción realizada en Santa Fe no fue la única. Algunos años después, también se liberaron liebres europeas en provincias como Buenos Aires y Córdoba, desde donde surgieron nuevos núcleos de expansión.
Esto significa que no todas las liebres actuales descienden necesariamente de los ocho animales soltados en 1888. No obstante, aquel episodio es considerado uno de los primeros registros documentados de la especie en el país.

En aquella época, las clases acomodadas argentinas intentaban reproducir distintas costumbres de la aristocracia europea. Una de ellas era la caza deportiva, una actividad habitual en las grandes estancias.
La liberación de especies extranjeras era vista como una forma de enriquecer la fauna disponible. Pero todavía no existía una comprensión profunda sobre las consecuencias ambientales que podían generar esos animales fuera de sus hábitats naturales.
Por qué se reprodujeron con tanta velocidad
La liebre europea, cuyo nombre científico es Lepus europaeus, posee una enorme capacidad de adaptación. Puede vivir en pastizales, estepas, zonas cultivadas, bosques abiertos e incluso regiones montañosas.
Además, alcanza la madurez sexual durante su primer año de vida. Cada hembra puede tener dos o tres camadas anuales, generalmente formadas por entre tres y cinco crías. Esta combinación permitió que poblaciones pequeñas aumentaran rápidamente.
A diferencia de los conejos, las liebres no suelen construir madrigueras. Descansan en depresiones del terreno y utilizan su velocidad para escapar de los depredadores. Sus patas traseras largas, sus extensas orejas y su capacidad para cambiar bruscamente de dirección las convierten en animales difíciles de capturar.
También poseen una dieta flexible. Se alimentan principalmente de hierbas, aunque pueden consumir brotes, arbustos, frutos y cortezas cuando escasea la vegetación habitual.
De Santa Fe a la Patagonia
Desde los primeros sitios de liberación, la especie comenzó a expandirse hacia la llanura pampeana, las regiones áridas del oeste y la Patagonia.
El Sistema de Información de Biodiversidad de la Administración de Parques Nacionales registra su presencia en 40 áreas protegidas nacionales. Con el tiempo, la liebre se volvió tan habitual en los campos y rutas argentinas que muchas personas comenzaron a considerarla parte de la fauna autóctona.
Su expansión tampoco se detuvo en las fronteras. Actualmente existen poblaciones en otros países de Sudamérica, como Chile, Uruguay, Brasil y Bolivia.
Los daños provocados por una especie invasora
La multiplicación de las liebres generó importantes consecuencias ambientales y productivas. En varias regiones se registraron daños en cultivos de cereales, frutas y hortalizas, además del consumo de brotes en plantaciones forestales.
En la Patagonia, la especie puede dificultar la regeneración de árboles y arbustos nativos. También compite por alimento con el ganado doméstico y podría afectar a la mara, conocida popularmente como liebre patagónica, aunque ambas pertenecen a grupos diferentes.
Los mallines, terrenos húmedos de enorme valor ecológico, también pueden verse perjudicados. El consumo excesivo de su vegetación favorece la evaporación, la erosión y la desertificación.
La decisión de 1888 que cambió la fauna argentina
Más de 130 años después, la historia de aquellas cuatro parejas funciona como una advertencia sobre los riesgos de introducir animales fuera de su ambiente natural.
Lo que comenzó como una iniciativa destinada a la caza deportiva terminó convirtiéndose en una expansión de escala continental. Hoy, decenas de millones de liebres europeas recorren gran parte de la Argentina y recuerdan cómo una decisión tomada en el siglo XIX logró alterar durante generaciones los ecosistemas de un país.



















