
Durante el verano de 1871, Buenos Aires quedó paralizada por una epidemia que transformó sus calles y alteró para siempre su desarrollo urbano. La fiebre amarilla avanzó rápidamente por los barrios del sur y provocó oficialmente 13.614 muertes, aunque algunas reconstrucciones históricas estiman que las víctimas fueron cerca de 14.000.
En pocos meses falleció aproximadamente el 8% de la población porteña. En ese momento, los médicos todavía desconocían que la enfermedad era transmitida por el mosquito Aedes aegypti.
La emergencia fue tan grave que no solo colapsaron los hospitales. Los cementerios también se quedaron sin capacidad, por lo que las autoridades debieron habilitar un nuevo enterratorio en la Chacarita de los Colegiales, antecedente directo del actual Cementerio de la Chacarita.
Los primeros casos de fiebre amarilla
Los primeros fallecimientos reconocidos oficialmente aparecieron hacia finales de enero de 1871 en San Telmo, una zona con numerosos conventillos, calles de tierra y viviendas superpobladas.
Uno de los episodios iniciales ocurrió en una casa de la calle Cochabamba. Pese a las señales de alarma, las autoridades minimizaron inicialmente la situación y los festejos de carnaval continuaron mientras la enfermedad comenzaba a propagarse.

La hipótesis histórica más aceptada sostiene que el brote pudo llegar desde Asunción del Paraguay o desde Corrientes, donde ya se habían reportado casos. El movimiento de barcos y el regreso de soldados después de la Guerra de la Triple Alianza habrían favorecido su circulación.
Como todavía se desconocía el papel del mosquito, muchos médicos relacionaron la enfermedad con los “miasmas”, supuestas emanaciones provenientes de la basura, el agua estancada y la materia orgánica en descomposición.
Una ciudad sin cloacas y con agua contaminada
Buenos Aires reunía condiciones ideales para la reproducción de los mosquitos. El sistema de agua corriente era limitado, prácticamente no existían cloacas y gran parte de la población consumía agua de pozos y aljibes potencialmente contaminados.
Los terrenos bajos se rellenaban con residuos, los zanjones acumulaban agua y miles de inmigrantes vivían hacinados en conventillos. La enfermedad golpeó especialmente a los habitantes de San Telmo y Monserrat.

Las familias acomodadas comenzaron a abandonar el sur para refugiarse en quintas y viviendas ubicadas al norte. Este desplazamiento aceleró el crecimiento de zonas como Recoleta y Belgrano.
Más de 500 muertos en una sola jornada
Durante marzo y abril, la cantidad de fallecidos aumentó dramáticamente. Los hospitales quedaron desbordados y faltaron camas, médicos, enfermeros, cocheros y ataúdes.
Uno de los registros más difundidos indica que el 13 de abril murieron 501 personas. La cifra permite dimensionar la tragedia, ya que en una jornada habitual Buenos Aires tenía menos de 20 fallecimientos.
La ciudad quedó prácticamente desierta. Cerraron comercios y oficinas, mientras miles de habitantes escaparon hacia localidades cercanas. Quienes no tenían recursos para marcharse permanecieron en los barrios más afectados.
Ante la crisis se creó una Comisión Popular de Salubridad, que organizó la asistencia a enfermos y los entierros. Varios de sus integrantes murieron, entre ellos José Roque Pérez, una de las figuras más recordadas de la epidemia.
La epidemia que dio origen al Cementerio de la Chacarita
La cantidad de cadáveres superó rápidamente la capacidad del Cementerio del Sud, ubicado donde actualmente se encuentra el Parque Florentino Ameghino, en Parque Patricios.
Ante el colapso, el 11 de marzo de 1871, el gobernador Emilio Castro dispuso la creación del Enterratorio General de Buenos Aires en terrenos de la Chacarita de los Colegiales. La apertura fue una consecuencia directa de la epidemia y permitió sepultar a miles de víctimas.

Aquel enterratorio funcionó inicialmente en un sector del actual Parque Los Andes y se convirtió en el antecedente del Cementerio de la Chacarita. El cementerio definitivo fue planificado años más tarde y recibió originalmente el nombre de Cementerio del Oeste.
Por esta razón, se considera que la epidemia de fiebre amarilla dio origen al Cementerio de la Chacarita, actualmente el más grande de la Ciudad de Buenos Aires.
El tren que transportaba los cuerpos
Para llevar los cuerpos hasta el nuevo enterratorio se habilitó un servicio ferroviario conocido popularmente como el “tren de la muerte”.
La formación partía desde la zona de las actuales avenida Corrientes y Jean Jaurès. Sus vagones trasladaban los ataúdes hasta Chacarita varias veces por día.

Con la llegada del frío, la cantidad de contagios comenzó a disminuir. Sin embargo, Buenos Aires ya había cambiado para siempre. La tragedia aceleró la construcción de redes de agua potable, cloacas y desagües, además de modificar la distribución de sus habitantes.
La epidemia dejó más de 13.000 víctimas, barrios abandonados y cementerios desbordados. También impulsó la creación del enterratorio que, con el paso del tiempo, se transformaría en uno de los espacios históricos más reconocidos de la ciudad.




















