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En 1622, los jesuitas compraron una estancia en las sierras: 378 años después, se convirtió en Patrimonio Mundial

La propiedad funcionó como un enorme centro ganadero y productivo en Córdoba. Tenía molinos, talleres, plantaciones y una monumental iglesia barroca que todavía conserva parte de sus secretos.

Estancia Jesuítica Santa Catalina
378 años después, se convirtió en Patrimonio Mundial Foto: Caminos de los Jesuítas
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En medio de las sierras de Córdoba, a unos 70 kilómetros de la capital provincial, permanece en pie un complejo que atravesó más de cuatro siglos de historia argentina. Sus paredes fueron testigos del período colonial, la expulsión de los jesuitas y el crecimiento de un sistema económico que abastecía a instituciones educativas y religiosas.

Se trata de la Estancia Jesuítica Santa Catalina, adquirida por la Compañía de Jesús en 1622. Lo que inicialmente era un terreno con construcciones precarias y ganado se convirtió en uno de los establecimientos productivos más importantes de la región.

En el año 2000, exactamente 378 años después de aquella compra, fue incorporada a la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO junto con la Manzana Jesuítica y otras cuatro estancias cordobesas.

La compra que transformó un paraje cordobés

La historia comenzó el 1° de agosto de 1622, cuando los jesuitas compraron las tierras al herrero Luis Frassón. La operación se habría concretado por 4500 pesos e incluyó algunas instalaciones y numerosas cabezas de ganado.

Su ubicación resultaba estratégica: estaba cerca de las rutas comerciales que comunicaban a Córdoba con Potosí, uno de los centros económicos más relevantes del mundo colonial.

Estancia Jesuítica Santa Catalina
La propiedad funcionó como un enorme centro ganadero y productivo en Córdoba Foto: Caminos de los Jesuítas

El objetivo era obtener recursos para sostener el Noviciado de la orden. Sin embargo, Santa Catalina creció rápidamente y se transformó en un gran centro agrícola, ganadero y artesanal.

Allí se criaban mulas, caballos, vacas, ovejas y cabras. Las mulas eran especialmente valiosas porque transportaban cargas por caminos difíciles y conectaban los mercados cordobeses con el Alto Perú.

Molinos, talleres y una avanzada obra hidráulica

El complejo era mucho más que una iglesia y una residencia. Contaba con panadería, jabonería, carpintería, herrería, telares, depósitos, hornos y huertas.

Para garantizar su funcionamiento, los jesuitas desarrollaron un avanzado sistema hidráulico. El agua descendía desde las sierras a través de acequias, llegaba hasta un tajamar y era utilizada para regar cultivos y alimentar dos molinos harineros.

Estancia Jesuítica Santa Catalina
Tenía molinos, talleres, plantaciones, un avanzado sistema hidráulico y una monumental iglesia Foto: Wikipedia

También existían plantaciones de vid, árboles frutales y grandes extensiones dedicadas a la ganadería. Durante los siglos XVII y XVIII, la estancia alcanzó una enorme capacidad productiva.

Sin embargo, aquella prosperidad tuvo una cara menos conocida. Gran parte del trabajo fue realizado por personas africanas esclavizadas y trabajadores indígenas. La antigua ranchería contaba con decenas de habitaciones destinadas a quienes sostenían las actividades cotidianas del establecimiento.

La iglesia barroca que domina el paisaje

La construcción más impactante de Santa Catalina es su iglesia barroca, reconocible por sus dos torres y su fachada de líneas curvas. Su diseño evidencia una fuerte influencia de la arquitectura centroeuropea.

Estancia Jesuítica Santa Catalina
En 1622, los jesuitas compraron una estancia en las sierras Foto: Wikipedia

El templo posee una sola nave con planta de cruz latina. En su interior se conserva un retablo de madera tallada y dorada, mientras que la luz natural ingresa a través de las ventanas ubicadas en la cúpula.

Junto a la iglesia sobreviven claustros, patios, galerías, antiguas dependencias productivas y un pequeño cementerio. Allí descansan los restos de Domenico Zipoli, músico y compositor italiano que desarrolló una parte fundamental de su obra en Sudamérica.

De la expulsión de los jesuitas al reconocimiento mundial

En 1767, el rey Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas de los territorios españoles. La medida terminó abruptamente con casi un siglo y medio de administración religiosa.

La estancia pasó por diferentes propietarios, aunque su casco principal consiguió preservar gran parte de la estructura colonial. En 1941 fue declarada Monumento Histórico Nacional.

Finalmente, el 29 de noviembre de 2000, Santa Catalina fue incorporada al sitio denominado Manzana y Estancias Jesuíticas de Córdoba, reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mundial.

Actualmente, el conjunto conserva la iglesia, los claustros, los patios, los talleres, el tajamar y sectores de la antigua ranchería. Más de 400 años después de aquella compra, sus edificios continúan revelando una historia marcada por la arquitectura, el comercio, la religión y las profundas desigualdades del período colonial.

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