
Lo que empezó como un terreno pensado para la caza terminó convertido en un verdadero santuario para la fauna. Hace dos décadas, Louise y John Durocher compraron una propiedad de unas 47 hectáreas en el condado de Kent, Maryland, con la idea de usarla para actividades cinegéticas. Sin embargo, el destino de la finca cambió por completo cuando decidieron dejar de cultivarla y apostar por la restauración ambiental.
En lugar de mantener los campos agrícolas, la familia optó por plantar gramíneas nativas, flores silvestres, arbustos y miles de árboles. Entre las especies elegidas se destacan abedules de río, álamos tulipán, sicómoros, robles blancos, pinos taeda, nogales negros y pawpaws. Así, el paisaje fue mutando hacia una estructura mucho más diversa, con praderas, bosques, humedales y corredores de vegetación.
El impacto de la restauración: de la coreopsis dorada a la llegada de nuevos animales
El primer gran cambio se notó cuando florecieron las plantas silvestres. “El primer año que plantamos flores silvestres, la coreopsis cubrió unas cinco acres de dorado”, recordó Louise Durocher. Ese colorido fue solo el comienzo: la transformación del entorno favoreció la llegada de castores, nutrias, zarigüeyas, ratas almizcleras y una gran variedad de aves residentes y migratorias, según la Eastern Shore Land Conservancy.

La combinación de ambientes —bosques, praderas, humedales y setos— generó refugios para distintas especies, ampliando la biodiversidad del lugar. Además, más de 31 acres del campo, incluyendo casi toda la costa sobre Tavern Creek, estuvieron durante más de una década bajo programas de conservación agrícola, lo que ayudó a proteger la calidad del agua que desemboca en la bahía de Chesapeake.
Una servidumbre de conservación para proteger el futuro del campo
En 2026, la familia dio un paso clave para asegurar que la finca no vuelva a ser explotada ni urbanizada: las 116 acres de Tavern Creek Farm quedaron bajo una servidumbre de conservación permanente, en acuerdo con la Eastern Shore Land Conservancy y con financiamiento del Departamento de Agricultura de Estados Unidos y del estado de Maryland.
Hoy, la propiedad está a cargo de Sarah Starman, nieta de Louise y John. “Ver cómo la granja se vuelve más hermosa y biodiversa gracias al trabajo de mis abuelos y al nuestro es muy gratificante”, contó. Su objetivo es que el lugar siga siendo, por generaciones, un espacio de bosques, humedales y pastizales para la fauna local.




















