
Hay artistas que hacen recitales y artistas que, de alguna manera, terminan explicando una época. Lali Espósito pertenece a la segunda categoría. Quizás por eso su último River no podía ser solamente el cierre de una gira. Había algo más flotando en el aire. Algo que excedía las canciones, las luces, las coreografías y las apariciones sorpresa.
Después de tantos cuestionamientos, de tantas discusiones alrededor de su figura y de ese ruido que durante los últimos años intentó convertirla en “la mayor delincuente de la que se tenga memoria”, Lali volvió a pararse frente a un Monumental lleno. Y no necesitó responder con un discurso. Respondió con un estadio.
Este sábado 26 de septiembre, Lali cerró la era de No vayas a atender cuando el demonio llama con su tercer River del año. Fue el último capítulo de una gira que la llevó por distintos escenarios y que terminó de consolidar una dimensión de su carrera que ya resulta difícil de discutir: la de una artista capaz de sostener un espectáculo masivo, construir una identidad propia y convertir cada presentación en un acontecimiento.

Pero hubo algo particularmente simbólico en esta noche. Porque a veces reivindicarse no significa ganar una discusión en redes sociales. Significa seguir haciendo aquello que algunos quisieron convencerte que no podías hacer. Y Lali siguió.
La heroína que demanda la época
No sé si Lali eligió ser la heroína que demanda esta época. Probablemente no. Pero hay algo en su figura que encaja demasiado bien con el momento que le tocó atravesar. Una mujer que creció frente a las cámaras, que lleva más de dos décadas de carrera, que pasó de la televisión al cine, del cine a la música y de los escenarios pequeños a llenar estadios. Una artista que se convirtió en figura pop, que aprendió a convivir con la exposición y que, en los últimos años, también quedó en el centro de discusiones que excedieron largamente su música. Y, sin embargo, ahí estaba. En River. Otra vez. Con un estadio lleno.
Quizás esa sea la verdadera respuesta que puede dar un artista después de atravesar una tormenta: continuar. Hacer canciones. Subirse al escenario. Encontrarse con su público. Volver a llenar el lugar que algunos pretendieron discutirle.
La noche tuvo algo de celebración y algo de revancha, aunque Lali nunca necesitó convertirla en una. La multitud se encargó del resto.
Durante toda la semana, el clima había sido una preocupación. La posibilidad de lluvia amenazaba con alterar los planes de quienes esperaban desde hacía semanas el último show de la gira.
Pero el cielo decidió dar una tregua. Pasadas las 21, Lali apareció sobre el escenario y rápidamente hizo referencia al tema: “La buena noticia, entre muchas esta noche, es que no llueve. Vean este clima”.
El Monumental respondió con el ritual conocido: gritos, celulares encendidos y ese “ole, ole, ole, Lali, Lali” que ya forma parte del paisaje de sus shows.
Entre el público aparecieron, además, guirnaldas de luces convertidas en pequeños velos de novia. Parecía apenas un detalle simpático. Después se entendería que era una anticipación. Porque en el universo de Lali nada parece estar puesto porque sí.
Un bandoneón y un tango en medio del Monumental
En una noche que podía haberse limitado a reproducir la maquinaria de un show pop de estadio, Lali decidió detenerse. Aparecieron el bandoneonista Nicolás Perrone y el cantor Cucuza Castiello para interpretar Pasional, de Osvaldo Pugliese. Mientras el tango ocupaba el escenario, Lali tomó agua sentada en la escalinata y observó.
El Monumental, acostumbrado al golpe de las bases electrónicas y a miles de personas saltando al mismo tiempo, escuchó otra cosa. Cuando terminaron, ambos artistas dijeron a Lali: “Gracias por darle lugar al tango, muchas gracias”.
Después llegó Morir de amor, con dos bailarines de tango y la banda completa acompañando la escena. Antes de volver al vértigo del espectáculo, Lali pronunció: “Gracias, Buenos Aires”. Era apenas uno de los tantos mundos que convivirían esa noche.
Miranda!, Tini y guiños icónicos a la cultura pop de los 2000
El show volvió a acelerarse con Miranda!, que apareció para cantar Mejor Que Vos. La participación fue anunciada a través de “Lali TV”, ese universo humorístico que acompañó la comunicación de esta era y que terminó convirtiéndose en parte de su identidad.
Después llegaron Histeria y A Bailar, canciones que acompañó luciendo un body de la Selección Argentina. Y entonces ocurrió una de esas escenas que parecen diseñadas para sobrevivir al recital.
Vestida de novia, Lali apareció junto a Tini Stoessel, también de blanco. Las dos interpretaron Like a Virgin de Madonna. Marilina Bertoldi se sumó con su guitarra y las tres terminaron compartiendo un beso.

El guiño a los MTV Video Music Awards de 2003 era evidente: Britney Spears y Christina Aguilera habían protagonizado entonces una escena similar junto a la mismísima Madonna.
Pero en River había otra lectura. Lali está comprometida con Pedro Rosemblat. Tini anunció en agosto su casamiento con Rodrigo De Paul. Dos novias. Un clásico del pop. Tres artistas argentinas compartiendo escenario. Y un Monumental que, por unos minutos, pareció haberse convertido en una gigantesca pista de baile.

Lali encontró un momento para hablar de aquello que también duele fuera del escenario
Pero el momento más fuerte de la noche no tuvo pirotecnia. No hubo baile. No hubo una aparición sorpresa. Hubo silencio. Antes de cantar Ciudad de Pobres Corazones, el cover de Fito Páez que nunca había interpretado en uno de sus propios shows, Lali se quedó unos segundos hablando frente al público.
Dijo que estaba nerviosa porque nunca la había cantado en un recital y explicó por qué había elegido hacerlo esa noche. “Estoy nerviosa porque no la canté nunca en un show, pero se me apareció pensando en este momento. Porque las últimas semanas estuve leyendo, igual que muchos seguramente, una noticia que me inquietó y me entristeció un montón: que Argentina, que tiene tantos récords bárbaros en el deporte y en el arte, tiene uno que no es nada bueno y es muy doloroso”.
Después habló sobre los suicidios entre jóvenes y contó una experiencia personal que atravesaba su propia vida. “En los últimos años, y en este momento en particular, la Argentina tiene la mayor tasa de suicidios entre personas de 15 y 34 años, que es la edad de muchos de los que estamos acá. Es muy increíble, porque hoy esa es la principal causa de muerte en los jóvenes. Antes eran los accidentes viales, por ejemplo, y ahora es el suicidio. Y obviamente uno se pregunta qué estamos haciendo como sociedad, y qué están haciendo las autoridades con esta problemática tan dolorosa. Hace dos meses yo perdí a una persona muy, muy querida que se suicidó. Hoy no está acá: en el último River estuvo, y hoy no está acá”.
El estadio quedó en silencio. Hay algo poderoso en miles de personas calladas al mismo tiempo. Mucho más que cualquier grito. Lali continuó hablando de las familias que atraviesan el dolor de perder a alguien y de quienes acompañan a personas que sufren.
“Y es muy doloroso que nuestro país esté, lamentablemente, en este ranking del mal. Pensando en esto se me cruzó esta canción tan preciosa, de un artista precioso, y la vamos a hacer para las familias de las personas que lo están pasando mal en esto y en un montón de otras cosas. Por ejemplo, la familia que tiene gente con discapacidad y que se siente muy sola. Así que, desde este escenario, humildemente, le mandamos un beso a las familias que han perdido a alguien que sufrió mucho y que no pudo, y a las personas que están sufriendo todos los días con la dolencia de un ser querido. Para ellos”.
Y cantó. Por un momento, la estrella pop desapareció. Quedó sólo una persona hablando con otras miles.

La respuesta estaba ahí desde el principio
Quizás por eso este River se sintió distinto. Porque Lali no necesitó construir una respuesta explícita a todo lo que ocurrió alrededor de su figura durante los últimos años. No hizo falta enumerar críticas ni recordar cada ataque. Realmente no hizo falta.
La respuesta estaba ahí desde el principio de la noche. En las entradas agotadas. En las personas que viajaron para verla. En los miles de teléfonos levantados. En los pogos. En las canciones cantadas de principio a fin. Y, finalmente, en Lali.
La misma que fue discutida por hablar, por callar, por opinar, por no opinar, por ser demasiado pop, por ser demasiado política, por ser demasiado algo.
Quizás el problema siempre haya sido ese: querer encerrar a una artista que construyó su carrera precisamente haciendo lo contrario.
El último River de No vayas a atender cuando el demonio llama también fue el final de una etapa. En poco más de un año, Lali alcanzó ocho estadios, todos agotados, tres de ellos en el Monumental. Los números son contundentes, pero no explican por completo lo que ocurrió.

Porque una gira también se mide en recuerdos. En canciones que quedan pegadas a una época. En personas que pueden decir “yo estuve ahí”. En una generación que encuentra en una artista una forma de nombrarse, de bailar, de llorar y también de plantarse frente al mundo.
Por eso la noche no fue solamente la despedida de un disco. Fue la despedida de una versión de Lali. Y, quizás, la confirmación de otra.
Una más grande. Más segura. Más incómoda para quienes todavía esperan que una artista pida permiso para ocupar espacio. Lali salió de River después de haber atravesado una de las etapas más intensas de su carrera.
Y salió haciendo lo que mejor sabe hacer: un show. No necesitó proclamarse vencedora. El Monumental lleno ya había dicho suficiente.
Tal vez por eso la idea de la heroína no tenga que ver con una mujer invulnerable, ni con alguien que siempre tiene respuestas. Tal vez tenga que ver con algo mucho más sencillo y mucho más difícil: una mujer que, después de recibir golpes, decide seguir siendo ella misma.
La época demanda héroes así. Y Lali, guste o no, parece haber entendido perfectamente el papel que le tocó.



















