
Hay una imagen que Tomi Luján no puede borrar: la de un pibe de seis años, parado frente a una batería en la prueba de sonido de su papá, mirando el instrumento como quien mira algo prohibido. En su casa de Córdoba no había mucho lugar, ni físico ni de paciencia vecinal, para un chico golpeando parches todo el día. Sus padres, cuenta entre risas, “trataron de evitarlo” y hasta le acercaron una guitarra, con la esperanza de desviarlo. No funcionó. “Terminé eligiendo la batería igual”, dice el músico de Lali, como si la elección nunca hubiese estado realmente en sus manos
Hoy, esa misma obstinación lo tiene ensayando para pisar el escenario del Estadio River Plate junto a la referente del pop argentino. Pero la suya no es la típica historia de “estar en el lugar indicado en el momento indicado”: es la de alguien que decidió muy chico que la música no era una opción entre otras, sino la única.
Tomás creció rodeado de instrumentos. Su papá es músico de profesión, y en esa casa la música “no se pensaba, se respiraba”. Él lo resume así: “Siempre estuve rodeado de instrumentos, y se me dio como algo muy natural, sin pensarlo mucho. No tuve opción”. No hay nostalgia impostada en esa frase: es, literalmente, cómo lo vivió. A los seis años empezó a estudiar con un profesor y, dice, “no paré nunca”.
Con los años esa vocación temprana se transformó en certeza. “Tenía la gana de vivir de eso, de muy chico. Ya sabía que no había otra opción, que era por ahí”, cuenta. Y agrega algo que suena a definición de vida, más que de oficio: “Es una pasión tan fuerte que creo que nos pasa a todos los que nos dedicamos al arte de la música: una vez que te atrapó, ya está”.

De grabar “algo que no tenía nada que ver” a subirse con Lali a los escenarios
Llegar a ser parte de la banda de Lali no fue el resultado de una convocatoria pensada de antemano, ni de un casting. Fue, como pasa tantas veces en la música, una consecuencia de años de vínculos construidos en silencio. Juan Jiménez, bajista y director musical del proyecto, lo llamó para grabar algo completamente distinto, en un momento en que ni siquiera existía todavía esta etapa de la banda. “No hubo casting, no hubo nada: fue la confianza de Juan y de la producción”, resume Luján.
Lo curioso es que, antes de sumarse, él no era un oyente habitual de Lali. La conocía “como personaje”. Lo que sí lo sorprendió, una vez adentro, fue otra cosa: “Conocerla y trabajar con ella fue muy sorprendente desde el lado profesional. Es muy pila, te levanta si estás bajón, y todo con la mejor onda. Estoy muy agradecido, de verdad, es muy inspirador”.
Alrededor de ella, dice, hay un ejército silencioso —bailarines, banda, producción— que sostiene cada show: “Es mucha gente laburando, y todos muy buenos. Es muy divertido, la verdad”.

Antes de los estadios hubo bares de 40 personas y salas medianas como La Trastienda. Tomás marca la diferencia sin nostalgia: son “otro tipo de vínculo con el público”. Pero nada lo había preparado del todo para lo que implica tocar frente a decenas de miles.
“Me di cuenta del desgaste, de la exigencia del trabajo, no solo físico por el instrumento, sino por la energía de tanta gente demandando”, cuenta. Los shows de Lali rondan las tres horas, así que hay que administrarse: “Hay que relajarse también, no estar todo el tiempo ahí llevándote la energía de la gente, porque si no, no llegás al final”.
Los primeros estadios, admite, lo dejaron un rato largo sin poder “bajar” la energía después del show. Con el tiempo aprendió a dosificarse, y hasta los nervios cambiaron de forma: lo que antes era “un miedo paralizante” hoy es “una ansiedad linda, ganas de subir”. No obstante, arriba del escenario, la exigencia sigue siendo total, pero recién cuando termina el show y baja la adrenalina llega la dimensión real de lo que acaba de pasar: “Ahí digo: wow, qué locura, la gente, todo. Es impresionante”.
Hay un tramo del show que menciona con especial cariño: el bloque de baladas con cuerdas —violines, violas, chelos— con canciones como “Amor es presente”, “Perdedor” y “Morir de amor”, y el cierre más rockero, donde “la gente se saca” en canciones como “Pendeja”, “Payaso”, “Fanático” y “No me importa”. No es casualidad que hable del sonido de la banda con el mismo orgullo con el que hablaría de una familia propia: “Es un bandón, la verdad, es realmente impresionante”.

Los compañeros de banda como un refugio al estar lejos de casa
Porque de eso se trata, en el fondo, buena parte de esta historia: de sostenerse en otros. “Nos hicimos muy amigos. Nos juntamos a comer aunque no tengamos show”, cuenta, y no lo dice como frase hecha: para Luján, ese vínculo humano es condición necesaria del resultado artístico.
“Al final la música y el arte están hechos por humanos, y necesito de esa buena onda para que las cosas funcionen”. En gira, esa cercanía se profundiza hasta parecerse a otra cosa: “Se convierte por momentos en una familia, porque estás mucho tiempo juntos: viajás juntos en el micro, en el hotel. Ahí es clave estar acompañado, y eso de levantar al otro si tuvo un bajón”.
Esa red de contención no es un detalle menor cuando la vida personal no siempre acompaña, porque la exigencia del escenario no entiende de días difíciles. “Creo que no estamos acostumbrados a estar acompañados, a compartir cosas, y las redes ayudaron a eso. Es lo más importante: tener gente de buena onda que te levante”.
El show de Lali en Córdoba, con su familia y amigos entre el público, quedó marcado como uno de los más emotivos; uno en Mendoza, en cambio, lo encontró agotado tras días de gira y le enseñó algo sobre la autoexigencia: “Siempre está ese fantasma, creo que nos pasa a todos, no solo a los músicos, que uno no se la cree. Hay que aprender a dominarlo”.

Volver al chico que empezó a tocar la batería a los seis años
Fuera del escenario, Tomi empezó a dar clases grupales de batería que terminan pareciéndose más a terapia de grupo que a una clase de instrumento. Pensadas para durar dos horas, muchas veces se estiraron a cinco: “Se armaban charlas entre todos, de compartir los mismos miedos. Me di cuenta de que la gente necesita mucho compartir esas cosas”.
De esa misma inquietud nace un proyecto que está por concretar en Córdoba: una clínica de música y batería para hablar de todo lo que no se habla en una clase tradicional, incluida la primera regla de supervivencia en un oficio inestable: “Va a haber un momento en que, si entra plata, hay que guardarla”.
Porque la incertidumbre, dice sin dramatismo, es parte del trato: “Es un trabajo bastante raro. Por momentos está todo espectacular y por momentos no tenés nada”. Lo que lo sostiene, en el medio de esa montaña rusa, es no perder al pibe que empezó a los seis años.
“Trato de seguir jugando de alguna manera, de que esto no se vuelva completamente laburo y me aburra, porque la música fue mi vida siempre y no me imagino mi vida sin eso”.

Los próximos meses ya tienen forma en su cabeza: retomar en octubre un curso de formación, armar un workshop con el guitarrista Sebastián Lans, componer con Juan Jiménez y, sobre todo, avanzar con un proyecto propio, probablemente más cerca del jazz y la improvisación, sin resignar el folklore latinoamericano que sonaba de fondo en su casa de la infancia.
Y después, siempre, Córdoba: “Extraño a la familia, a los amigos que tenemos allá. Hace poco fui a visitar, cinco días, y es increíble cómo cambia todo: respirar es más tranquilo. Pero cargo pilas y vuelvo”.
Antes de girar por México y España con el trapero Lit Killah, antes de las salas chicas, antes del llamado de Juan Jiménez, estaba ese chico cordobés mirando una batería como quien mira su destino. El Estadio River Plate, en unas semanas, va a ser apenas el escenario más grande donde ese chico siga jugando.





















