Las usas cada día desde niño y seguro que no sabes cómo se llaman: las partes de una persiana

Este es el diccionario de un mecanismo que llevas manejando desde que alcanzabas el alféizar.

Persianas. Soluciones para el hogar. Imagen cedida por anunciante.
Persianas. Soluciones para el hogar. Imagen cedida por anunciante.
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Hay pocos objetos que un español toque más veces en su vida y conozca menos. Las partes de una persiana tienen todas nombre propio — recogedor, capialzado, testero, pasacintas — y sin embargo la mayoría de la gente solo sabe decir “la cuerda”, “la caja” y “eso de la pared”. Este es el diccionario de un mecanismo que llevas manejando desde que alcanzabas el alféizar.

Empecemos con un examen rápido

Piensa en la pieza de plástico empotrada en la pared, esa con la ranura por donde asoma la cinta y que tiene un tambor con muelle dentro. La accionas a diario. ¿Cómo se llama?

Se llama recogedor, y su nombre describe exactamente lo que hace: recoger y almacenar la cinta enrollada en su interior gracias a un muelle que mantiene la tensión. Es, probablemente, la palabra más buscada en internet por gente que necesita repararlo y no sabe cómo pedirlo. “La cosa de la cuerda de la persiana” es una de las búsquedas reales más repetidas del sector.

Y no es la única pieza con identidad oculta. El despiece completo de una persiana doméstica supera la veintena de componentes con nombre y apellido, como puede comprobarse en el catálogo de recambios de cualquier tienda especializada, de Comprogar a la ferretería del barrio. Lo curioso es que casi todos se venden sueltos por pocos euros, aunque eso lo dejamos para el final.

Persiana, clave para la decoración y la aislación de un espacio. Foto: Imagen cedida por anunciante.

Vamos pieza a pieza, de fuera hacia dentro.

Las lamas y sus rendijas: el detalle en el que nunca te has fijado

El cuerpo visible de la persiana, ese telón de tablillas horizontales, se compone de lamas: piezas alargadas de PVC, aluminio o madera enlazadas entre sí formando el paño. Hasta ahí, fácil. Lo que casi nadie sabe es que esas rendijas por las que entra la luz cuando la persiana no está del todo bajada no son una holgura casual: son ranuras de ventilación diseñadas a propósito.

Cuando la persiana baja sin llegar a apoyarse, las lamas cuelgan estiradas y las ranuras quedan abiertas para dejar pasar aire y claridad. Al apoyar la persiana en el alféizar, el peso comprime las lamas entre sí y las ranuras se cierran, sellando la oscuridad. Ese doble modo — colgada con rendijas o comprimida a oscuras — es uno de los diseños más elegantes del objeto, y lo usamos todos sin haber reparado jamás en él

La última lama, más gruesa y rematada, también tiene nombre: lama terminal o de cierre, y suele llevar el tirador y los burletes que amortiguan el apoyo

El cajón: la caja misteriosa que tiene hasta apellido técnico

La caja superior donde desaparece la persiana al subirla se llama cajón, pero en el oficio tiene un nombre más solemne: capialzado. Si alguna vez has oído a un instalador usar esa palabra y has asentido sin entender nada, ya tienes la traducción.

Dentro del capialzado vive el corazón del sistema: el eje, un tubo metálico — casi siempre octogonal, porque las caras planas agarran mejor el paño — alrededor del cual se enrolla la persiana. El eje gira apoyado en cojinetes o rodamientos encajados en las tapas laterales del cajón, que también tienen nombre: testeros.

El paño no va pegado al eje: cuelga de él mediante unas piezas llamadas flejes o cintas de sujeción, que enganchan las primeras lamas al tubo. Cuando una persiana “se descuelga” y deja de responder, lo que ha pasado casi siempre es que esos flejes han cedido. Y completando el equipo, en un extremo del eje va la polea, el disco acanalado donde se enrolla la cinta y que convierte cada tirón en giro

El viaje secreto de la cinta

La cinta es la pieza con la que todos hemos jugado de niños, pero su recorrido completo es menos conocido. Sale de la polea, dentro del cajón, y baja por el interior de la pared o del premarco hasta el recogedor. En su entrada y salida atraviesa una pieza pequeña y brillante de la que nadie sabe el nombre: el pasacintas o guíacintas, ese marquito con rodillo — los buenos llevan cepillo — que evita que la cinta roce y se deshilache contra la obra

El pasacintas es el héroe anónimo del sistema: cuesta un par de euros y, cuando falta o está roto, la cinta se sierra a sí misma con cada maniobra hasta romperse. La mayoría de cintas que “se rompen de viejas” en realidad murieron limadas por un pasacintas gastado

En las persianas de manivela, todo este conjunto se sustituye por un cardán y un mecanismo reductor; en las motorizadas, el motor tubular se esconde directamente dentro del eje. Pero la arquitectura de cinta sigue siendo la reina del parque español de viviendas

Guías, topes y discos: los secundarios con papel principal

A los lados de la ventana, los dos carriles metálicos por donde viaja el paño se llaman guías, y los de calidad llevan dentro un cepillo o fieltro que silencia el roce. Sin guías, la persiana sería literalmente una cortina rígida bailando al viento

En la lama terminal, o en las guías, van los topes: esas piezas pequeñas, a menudo con forma de seta, cuya única misión es impedir que la persiana se trague a sí misma dentro del cajón al subirla. Media España los ha perdido y no lo sabe, hasta el día que la persiana sube de más y desaparece

Y dentro del cajón quedan los discos o poleas de paño, unos aros que acompañan al eje para que la persiana se enrolle alineada y con el diámetro correcto. Invisibles, mudos y absolutamente imprescindibles

La mejor noticia: todo esto se vende por céntimos

Aquí viene la moraleja práctica de conocer las partes de una persiana por su nombre: todas se venden sueltas, y casi todas cuestan menos que un menú del día. Un pasacintas, un par de topes o diez metros de cinta se compran por pocos euros; un recogedor completo, por poco más. Hasta las lamas individuales se reponen una a una

La persiana es, en plena era del “todo se tira y se cambia”, uno de los últimos objetos domésticos completamente reparables pieza a pieza. El motivo por el que tanta gente acaba sustituyendo una persiana entera no suele ser económico ni técnico: es lingüístico. No saber que “eso de la cuerda” se llama recogedor convierte una reparación de quince minutos en un presupuesto de instalador

Un vocabulario que heredamos sin aprender

Lo fascinante de este pequeño diccionario es lo que revela: convivimos con un mecanismo que manejamos miles de veces al año, que nuestros padres y abuelos manejaron antes, y del que nunca nadie nos enseñó ni una palabra. El conocimiento de las partes de una persiana se quedó en los talleres y las ferreterías, mientras en las casas sobrevivíamos con “la caja”, “la cuerda” y “eso”

La próxima vez que subas la persiana del salón — agarrando la cinta que sale del recogedor, haciendo girar la polea del eje octogonal dentro del capialzado mientras el paño de lamas trepa por sus guías — sabrás que acabas de ejecutar una pequeña coreografía mecánica con nombres y apellidos. ¿Cuántos objetos más de tu casa crees que esconden un vocabulario entero que nadie te contó?