
Buenos Aires perdió una de esas esquinas donde el tiempo parecía haberse quedado sentado a tomar un café. Los Laureles, el histórico bar de Barracas ubicado en avenida Iriarte y Gonçalves Díaz, bajó la persiana tras 133 años de historia, dejando un vacío enorme entre vecinos, milongueros y amantes de los viejos bodegones porteños.
El lugar había vuelto a abrir en 2021, en plena etapa de recuperación posterior a la pandemia, de la mano de Sergio Mosquera, vecino de Barracas y custodio sentimental de la esquina. Sin embargo, el final llegó entre dificultades económicas, el vencimiento del contrato de alquiler y la decisión de los propietarios de poner en venta el inmueble.
Pero hablar de Los Laureles no es hablar solamente de un cierre gastronómico. Es hablar de una parte viva de la memoria porteña, de un salón donde se mezclaron el tango, el fútbol, el boxeo, la política, la inmigración y la historia obrera del sur de la Ciudad.
De pulpería de 1893 a templo del tango y la milonga
La historia comenzó en 1893, cuando el local abrió como pulpería y almacén de ramos generales, en una Buenos Aires todavía marcada por carros, adoquines, inmigrantes recién llegados y barrios que crecían alrededor del puerto, el Riachuelo y el ferrocarril. Con los años, aquella pulpería se transformó en café-bar con billares y luego en bodegón milonguero.

Según el sitio oficial de turismo porteño, el bar conservaba una chapa esmaltada que recordaba a sus fundadores: Hidalgo, González y Santamariña, tres inmigrantes españoles que apostaron por crear un lugar de encuentro entre cafés, cañas, comidas sencillas y conversaciones largas.
Su salón era una cápsula del tiempo: pisos calcáreos, aberturas antiguas, afiches, fotografías, piano, mesas gastadas y una atmósfera capaz de trasladar a cualquiera a fines del siglo XIX. En ese escenario, cada noche de tango parecía una ceremonia barrial, con parejas sacándole brillo al piso y músicos devolviéndole pulso al arrabal.
Barracas, fiebre amarilla y la transformación del sur porteño
Para entender la importancia de Los Laureles también hay que mirar la historia de Barracas. Antes de convertirse en un barrio fabril y obrero, la zona estuvo ligada al movimiento comercial del Riachuelo, a los depósitos de cueros, sebo y otros productos derivados de la actividad ganadera. El nombre del barrio, de hecho, remite a esas construcciones precarias usadas como depósitos durante los siglos XVIII y XIX.

La epidemia de fiebre amarilla de 1871 marcó un antes y un después en Buenos Aires. La enfermedad golpeó con fuerza a la zona sur, especialmente a barrios como Barracas, La Boca, Pompeya y San Telmo, donde el hacinamiento, la falta de cloacas y la contaminación del Riachuelo agravaban las condiciones sanitarias.
Tras esa tragedia, muchas familias acomodadas se mudaron hacia el norte de la Ciudad, mientras el sur se consolidó como territorio de trabajadores, fábricas, curtiembres, saladeros, inmigrantes y vida popular. En ese paisaje creció Los Laureles, acompañando el paso de Barracas de zona comercial a barrio obrero, de frontera urbana a emblema del arrabal.
Las figuras que pasaron por sus mesas
Los Laureles no fue un bar anónimo. Por sus mesas pasaron nombres que hoy forman parte del imaginario argentino. Entre los habitués se recuerda al dirigente socialista Alfredo Palacios, quien solía almorzar allí antes de dar discursos desde un balcón cercano.

También fue elegido por figuras del tango como Ángel Vargas, Enrique Cadícamo y Ángel Villoldo, además de boxeadores ligados al cercano Club Sportivo Barracas, entre ellos José María Gatica, Oscar “Ringo” Bonavena y los hermanos Cañete.
Esa mezcla de tango, política, deporte y barrio convirtió al lugar en una especie de archivo vivo de Buenos Aires. Allí no solo se iba a comer una milanesa, tomar un vermut o escuchar una guitarra: se iba a pertenecer.
El vínculo con el primer gol olímpico de la historia
A pocas cuadras de Los Laureles funcionó la vieja cancha de Sportivo Barracas, donde el 2 de octubre de 1924 Cesáreo Onzari marcó el primer gol olímpico reconocido de la historia, en un partido entre Argentina y Uruguay. Uruguay venía de consagrarse campeón olímpico en París 1924, y el tanto directo desde el córner quedó para siempre asociado a ese contexto deportivo.

La leyenda barrial incluso relaciona el nombre del bar con festejos posteriores a aquel partido, aunque también existe otra versión vinculada al mundo del boxeo y a los “laureados” que frecuentaban la esquina. Como ocurre con las mejores historias porteñas, la verdad completa parece haber quedado guardada entre paredes, humedad y memoria oral.
Un cierre que duele porque apaga una forma de vivir la Ciudad
Los Laureles formaba parte de los Bares Notables de Buenos Aires, espacios protegidos por su valor histórico, cultural y afectivo. No eran simples locales gastronómicos: eran puntos de encuentro donde la Ciudad conservaba una parte de su identidad más profunda.
En los últimos años, el bar había funcionado como escenario de milongas, cenas show, peñas, presentaciones culturales y encuentros vecinales. También había sido impulsado como espacio cultural en el siglo XXI bajo la dirección de Doris Brennan, antes de quedar en riesgo durante la pandemia y ser recuperado luego por vecinos de Barracas.


















