
En pleno corazón de La Matanza, donde hoy conviven barrios, rutas, comercios y el ritmo acelerado del conurbano bonaerense, existe un lugar que parece detenido en el tiempo. Se trata de la Estancia El Pino, ubicada en la localidad de Virrey del Pino, un sitio considerado por distintos registros históricos como la estancia más antigua de Buenos Aires. Sus antecedentes de propiedad se remontan a 1698, cuando ya figuraba vinculada a don Felipe de Argibel, también mencionado en documentos como Arguibel.
Pero la historia de este predio comienza incluso antes. En el antiguo Pago de La Matanza, una suerte de estancia había sido asignada al capitán Cristóbal de Loyola, y a través de su descendencia llegó más tarde a manos de Felipe de Arguibel, una de las familias que marcaría el destino del lugar durante generaciones.
Lo que hoy se observa como un casco histórico fue, durante siglos, una pieza clave de la vida rural bonaerense. Allí hubo producción, decisiones políticas, circulación de personas, historias familiares y también episodios que mezclan documentos con leyendas, de esas que la tradición oral se encarga de agrandar con el paso del tiempo.
De San Martín a El Pino: el origen de un nombre con historia
Antes de ser conocida como Estancia El Pino, la propiedad tuvo otro nombre: San Martín. Según la reconstrucción oficial, esa denominación popular se relacionaba con construcciones levantadas en el terreno por un hombre llamado Juan de San Martín, quien habría ocupado parte del predio de manera irregular.

El nombre que luego quedaría para siempre llegó a comienzos del siglo XIX. En 1805, la propiedad fue comprada por Mercedes Saraza, casada con José María del Pino, hijo del virrey Joaquín del Pino. A partir de entonces, el establecimiento comenzó a ser identificado como Estancia del Pino, nombre que atravesó generaciones y que todavía hoy mantiene su peso simbólico en La Matanza.
La Nación aporta otro dato clave: en una compraventa de comienzos del siglo XIX se mencionaba la existencia de una capilla, una pulpería y personas esclavizadas, una información que permite dimensionar cómo funcionaban aquellas grandes propiedades rurales de la campaña bonaerense.
Rosas, Terrero y Dorrego: cuando la estancia entró en la gran política argentina
La Estancia El Pino no fue solo un campo productivo. También fue escenario de poder. Entre 1822 y 1830, perteneció a la sociedad integrada por Juan Manuel de Rosas, Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego. Luego, tras la disolución de esa sociedad, Rosas quedó como único propietario del establecimiento.
Durante esa etapa, el lugar adquirió una relevancia central. Rosas transformó la estancia en un establecimiento modelo, impulsó mejoras productivas e incorporó prácticas vinculadas al refinamiento vacuno, inspiradas en experiencias cercanas como las de John Miller en la estancia “La Caledonia”. También plantó un gran monte con acacias, paraísos, nogales, olivos y frutales, además de una avenida de ombúes que reforzaba el carácter paisajístico del predio.

El casco original de los Arguibel, construido hacia 1792, tenía tres cuerpos con techos de teja, habitaciones, capilla y pulpería. Sus muros de ladrillo, aberturas escarzanas y rejas de estilo borbónico revelan la arquitectura rural de fines del período colonial. En 1828, Rosas amplió el conjunto y unió construcciones existentes mediante una nueva edificación con azotea y galería hacia un patio en forma de “U”.
El encuentro de Rosas y Lavalle: entre la historia y la leyenda
Uno de los episodios más atrapantes asociados a la estancia tiene como protagonistas a Juan Manuel de Rosas y Juan Lavalle. La tradición sostiene que Lavalle llegó al lugar agotado, se recostó en una cama y, al despertar, fue recibido por Rosas con un mate. Ese encuentro habría quedado vinculado a las negociaciones que derivaron en el Pacto de Cañuelas, un acuerdo clave en medio de la tensión política bonaerense de 1829.

Como ocurre con muchos sitios históricos, la Estancia El Pino conserva una frontera difusa entre el dato comprobado y la leyenda. La Nación señala que algunas versiones ubican allí el descanso de Lavalle y otras lo reducen a una siesta, pero también destaca que en el cuarto de Rosas existían indicios de una puerta hermética, pasadizos y una posible salida de emergencia hacia un caballo ensillado.
Ese detalle, casi cinematográfico, alimenta el misterio del lugar: una habitación, un pasadizo, un líder político en tiempos violentos y la posibilidad de una huida silenciosa en plena campaña bonaerense.
De los Ezcurra al museo: el largo camino hasta convertirse en patrimonio
Después de la batalla de Caseros y la caída política de Rosas, la estancia fue vendida a su cuñado José María Ezcurra y Arguibel. Más tarde, en 1872, la familia Ezcurra incorporó un cuerpo alto con habitaciones y mirador, modificó sectores antiguos y reemplazó elementos coloniales por materiales propios de una nueva etapa arquitectónica.
Con el avance del siglo XX, el entorno rural comenzó a transformarse. La Matanza creció, el territorio se urbanizó y las grandes extensiones de campo fueron dando lugar a nuevos barrios y loteos. Sin embargo, el casco de El Pino logró sobrevivir a ese proceso y fue declarado Monumento Histórico Nacional por el Decreto N° 120.411/1942.
Hoy, la antigua estancia se encuentra en Máximo Herrera entre Correa y Colastiné, en Virrey del Pino, y forma parte del patrimonio histórico de La Matanza.
















