
Buenos Aires acaba de despedir a uno de esos lugares que no eran simplemente un bar, sino una parte viva de la identidad porteña. Los Laureles, el histórico bodegón milonguero de Barracas, cerró sus puertas de manera definitiva después de más de 130 años de historia, a pocos meses de alcanzar los 133 años desde su fundación. El local había nacido en 1893 en la esquina de avenida Iriarte y Gonçalves Díaz, primero como pulpería y almacén de ramos generales, y con el tiempo se convirtió en un café-bar, bodegón y escenario de noches de tango.
La noticia golpeó fuerte entre vecinos, artistas, tangueros y amantes de los Bares Notables de Buenos Aires, porque Los Laureles formaba parte de ese mapa sentimental que todavía conserva rastros del arrabal, de las conversaciones largas, del café compartido y de la música sonando entre mesas gastadas. Su cierre fue confirmado luego de años de esfuerzo por sostener el espacio en medio de un contexto económico adverso para la gastronomía y la cultura barrial.
De pulpería de barrio a refugio del tango porteño
La historia de Los Laureles comenzó en una Buenos Aires muy distinta. A fines del siglo XIX, Barracas era un barrio marcado por el movimiento comercial, la cercanía con el ferrocarril y una vida social intensa. Según el sitio oficial de turismo de la Ciudad, el lugar abrió en 1893 como una pulpería y almacén de ramos generales, y luego evolucionó hasta convertirse en café-bar con billares, manteniendo parte de su identidad original.

Con el paso de las décadas, el bar se transformó en un verdadero templo del tango y la milonga. Los pisos calcáreos, las aberturas antiguas, los afiches, las fotografías y el piano componían una escenografía auténtica, sin artificios, que parecía detener el tiempo. En ese salón, el barrio no solo iba a comer o tomar algo: iba a encontrarse, a bailar, a escuchar historias y a mantener viva una tradición porteña que cada vez encuentra menos refugios.
Las figuras que pasaron por sus mesas
Los Laureles no fue un bar más. Por sus mesas pasaron nombres ligados a la cultura popular, la política, el tango y el deporte argentino. Entre sus habitués se mencionan al dirigente socialista Alfredo Palacios, al poeta y letrista Enrique Cadícamo, al artista Benito Quinquela Martín, al cantor Ángel Vargas y al boxeador Oscar “Ringo” Bonavena. También se lo recuerda como punto de encuentro de tangueros, trabajadores, vecinos y personajes del sur porteño.

La memoria del lugar también quedó atada al mundo del boxeo, por su cercanía con el Club Sportivo Barracas, y a la historia del tango de la Guardia Vieja. Distintos registros periodísticos recuerdan que por allí circularon figuras como Ángel Villoldo, Agustín Bardi, Anselmo Aieta y otros nombres fundamentales del dos por cuatro. Esa mezcla entre tango, política, barrio y deporte convirtió a Los Laureles en un espacio difícil de clasificar, pero profundamente porteño.
Barracas, el barrio que perdió una parte de su memoria
El cierre de Los Laureles duele especialmente porque Barracas es uno de los barrios con mayor densidad histórica de la Ciudad de Buenos Aires. Durante el siglo XIX fue una zona elegida por sectores acomodados, pero tras la epidemia de fiebre amarilla de 1871 muchas familias se trasladaron hacia el norte porteño. Con el tiempo, el barrio pasó a consolidarse como un área fabril, obrera y popular, con fuerte identidad propia.

En ese contexto, bares como Los Laureles cumplieron una función social que excedía por completo lo gastronómico. Eran lugares de reunión, de circulación de noticias, de pertenencia y de transmisión cultural. En sus mesas se cruzaban generaciones, oficios, acentos, canciones y recuerdos. Por eso, cuando un bar notable baja la persiana, no desaparece únicamente un comercio: se pierde un archivo emocional de la ciudad.
El intento de rescate y una pelea desigual contra la crisis
El bar había atravesado momentos difíciles en los últimos años. Durante el siglo XXI, bajo la gestión de Doris Brennan, Los Laureles se consolidó como un espacio cultural con milongas y actividades artísticas. Después de la pandemia, el futuro del lugar quedó en duda, hasta que dos vecinos de Barracas, Sergio Mosquera y Claudio Sodini, decidieron apostar por su recuperación y devolverle vida al bodegón.

Ese esfuerzo permitió que el lugar volviera a recibir público, músicos, bailarines y visitantes atraídos por su historia. Sin embargo, la continuidad se volvió cada vez más difícil. Según la información difundida, el cierre fue producto de una combinación de factores económicos y del desgaste que implicó sostener un proyecto patrimonial en un escenario complejo para el rubro gastronómico.
Un bar que también fue escenario de cine, televisión y cultura popular
Además de su peso barrial, Los Laureles también tuvo una presencia destacada en producciones audiovisuales argentinas. El bar fue utilizado como locación para películas, series y trabajos vinculados a figuras populares, entre ellas producciones relacionadas con José María Gatica y Tita Merello, lo que reforzó su imagen como un espacio cargado de estética porteña, bohemia y arrabalera.

No era casual que directores y realizadores eligieran ese rincón de Barracas: allí todavía se conservaba una atmósfera difícil de recrear en un set. Las paredes, el piso, el piano, las fotos y la luz del salón contaban una historia propia. Cada objeto parecía formar parte de una Buenos Aires que resiste, incluso cuando la ciudad cambia a toda velocidad.
Qué significa la despedida de Los Laureles para Buenos Aires
La despedida de Los Laureles abre una pregunta incómoda: ¿qué ciudad queda cuando cierran sus lugares con memoria? En tiempos de consumo rápido, alquileres altos y cambios de hábitos, los bares notables enfrentan el desafío de sobrevivir sin perder su esencia. Muchos de ellos no son rentables en los términos tradicionales, pero tienen un valor cultural incalculable.
Los Laureles fue pulpería, almacén, café, bar con billares, bodegón, milonga y refugio de artistas. Fue también una postal viva del sur porteño, una esquina donde el tango no era una atracción turística sino una práctica cotidiana. Su cierre deja tristeza, pero también una certeza: la historia que se construyó entre esas paredes ya forma parte de la memoria de Buenos Aires.
Los Laureles cerró, pero su historia seguirá latiendo
Aunque la persiana haya bajado, el legado de Los Laureles no termina con su cierre. Queda en los vecinos que lo defendieron, en las parejas que bailaron sobre su piso, en los músicos que hicieron sonar guitarras y bandoneones, en los clientes que encontraron allí una mesa familiar y en cada historia que Barracas seguirá contando sobre esa esquina.


















