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La calesita: la historia del juego que nació como entrenamiento militar y terminó siendo el alma de las plazas argentinas

Tuvo un origen inesperado: estuvo ligada a prácticas de destreza ecuestre y ejercicios de combate. Siglos después, ese mecanismo giratorio cruzó océanos, llegó a Buenos Aires y se transformó en uno de los símbolos más queridos de la infancia argentina.

La Calesita
La Calesita Foto: Instagram @paseosconchicos
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Hay sonidos que no se olvidan. El tintineo de la música, el grito de “¡la sortija!”, el ruido suave de la plataforma al girar y esa ansiedad de elegir rápido entre el caballo, el autito, el avión o la carroza. Para muchas generaciones, la calesita no fue solamente un juego: fue una primera aventura, una promesa de vuelta gratis y una postal imborrable de la plaza del barrio.

Pero detrás de esa imagen simple y luminosa hay una historia mucho más larga de lo que parece. La calesita argentina, tan asociada a los domingos familiares, los abuelos y las tardes de plaza, tiene raíces que se remontan a antiguos entretenimientos europeos y a prácticas ecuestres que, en sus comienzos, poco tenían que ver con la infancia.

De los torneos de caballería a los caballitos de madera

La palabra “carrusel” tiene una historia tan curiosa como el juego mismo. Distintas fuentes señalan que proviene de términos vinculados a la idea de una “pequeña batalla” o juego ecuestre. Con el paso de los siglos, lo que había nacido como entrenamiento o espectáculo de habilidad empezó a transformarse en una atracción de feria.

Primero fueron dispositivos rudimentarios, movidos por fuerza humana o animal. Luego llegaron las plataformas, los caballos tallados en madera, la música, las luces y los mecanismos cada vez más sofisticados. En Europa, durante el siglo XIX, los carruseles comenzaron a multiplicarse en ferias y espacios públicos, impulsados por animales, vapor y, más adelante, motores.

Ese largo viaje mecánico y cultural terminó encontrando en Argentina una identidad propia. Acá no solo se instaló como entretenimiento: se volvió parte del paisaje emocional de las plazas.

Cuándo llegó la primera calesita a Buenos Aires

La historia local ubica la llegada de la primera calesita porteña entre 1867 y 1870, en el antiguo barrio del Parque, zona donde hoy se encuentra la Plaza Lavalle. Aquella atracción, de fabricación alemana, funcionaba impulsada por un caballo que caminaba alrededor del eje para hacer girar la estructura.

La calesita se encuentra en Villa Devoto Foto: Redes

La escena parece salida de otra Buenos Aires: calles de tierra, faroles, organitos y familias acercándose a mirar ese aparato circular que prometía diversión. Con el tiempo, las calesitas dejaron de ser rarezas itinerantes y empezaron a instalarse en esquinas, terrenos baldíos, parques y plazas. Así nacía una tradición urbana que se volvería inseparable de la vida barrial.

En 1891, según registros históricos, se fabricó una de las primeras calesitas en el país, vinculada a Cirilo Bourrel, Francisco Meric y De la Huerta, nombres asociados al desarrollo temprano de esta industria popular en Argentina.

La sortija: el invento que convirtió una vuelta en una hazaña

Si hay algo que distingue a la calesita argentina es la sortija. No se trata solo de un aro: es el instante de tensión, el pequeño desafío que hace que todos miren al mismo punto. El calesitero sostiene el brazo metálico, los chicos estiran la mano y, por un segundo, la vuelta parece una carrera heroica.

La tradición de la sortija se consolidó en Argentina durante el siglo XX y quedó asociada al premio más esperado: otra vuelta gratis. Su origen también dialoga con antiguas prácticas de destreza a caballo, similares a juegos criollos donde había que embocar una vara o lanza en una argolla.

Ese gesto mínimo explica buena parte de su magia. La calesita no era solo girar: era intentar, fallar, volver a probar, ganar. Era aprender que a veces la felicidad podía durar una canción más.

El calesitero, guardián de una memoria barrial

Detrás de cada calesita hubo y hay una figura clave: el calesitero. No es apenas quien cobra la vuelta o prende el motor. Es quien sabe qué caballo prefieren los chicos, quién le da una mano al más bajito para alcanzar la sortija y quién mantiene viva una ceremonia de barrio que sobrevive al paso del tiempo.

Un clásico que no podés dejar de visitar
La Calesita Foto: Instagram @paseosconchicos

Uno de los nombres más recordados es el de Don Luis Rodríguez, histórico calesitero de la esquina de Ramón Falcón y Miralla, en la zona de Liniers y Villa Luro. Nacido un 4 de noviembre, su figura quedó tan ligada al oficio que esa fecha se recuerda como el Día del Calesitero.

Su calesita, instalada en el patio de una casa, se convirtió en una rareza porteña y en un verdadero lugar de memoria para varias generaciones. Allí, muchos chicos hicieron su primera vuelta, muchos padres volvieron con sus hijos y muchos abuelos descubrieron que la infancia podía regresar, aunque fuera por unos minutos.

Un patrimonio que resiste al paso del tiempo

En la Ciudad de Buenos Aires, las calesitas y carruseles fueron reconocidos como bienes con valor histórico, cultural y estético. En 2015 se sancionó una ley específica para regular su instalación y funcionamiento en el espacio público porteño, además de proteger sus condiciones de seguridad y su valor patrimonial.

Actualmente, Buenos Aires conserva alrededor de 55 calesitas y carruseles distribuidos en sus comunas, y una de las más antiguas es la conocida Calesita de Tito, ubicada en Plaza Arenales, en Villa Devoto.

En tiempos de pantallas, redes sociales y juegos digitales, la calesita parece una sobreviviente de otra época. Sin embargo, quizás ahí esté su secreto. No compite con la tecnología: ofrece otra cosa. Una experiencia simple, presencial, compartida. Un adulto que mira desde afuera. Un chico que saluda cada vez que pasa. Una música que vuelve. Una vuelta que termina y otra que empieza.

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