
A comienzos del siglo XX, cuando las consecuencias ecológicas de trasladar animales entre continentes eran prácticamente desconocidas, un grupo de ciervos colorados llegó desde Europa a la Argentina.
La iniciativa fue impulsada por Pedro Olegario Luro, médico, empresario y aficionado a la caza deportiva. Durante sus viajes por Europa había conocido las tradicionales jornadas cinegéticas organizadas en países como Austria, Hungría y Rumania. Fascinado por aquellas costumbres, decidió trasladarlas al territorio argentino.
Sin embargo, aquel proyecto recreativo terminó provocando un cambio ambiental que todavía afecta a los bosques del país.
El primer intento terminó bajo el agua
La primera introducción habría ocurrido en 1901, en la isla Vizcaíno, sobre el río Paraná, en Entre Ríos. Una fuerte crecida destruyó las instalaciones y acabó con aquel proyecto.
Luro volvió a intentarlo en 1906, cuando importó nuevos ejemplares desde Europa. Los animales viajaron en barco y luego fueron trasladados en tren hasta un campo de aproximadamente 24.000 hectáreas ubicado en Toay, La Pampa.

El objetivo era fomentar la caza deportiva y reproducir las grandes cacerías europeas. También fueron introducidos jabalíes y faisanes.
Los ciervos encontraron alimento abundante, grandes extensiones y condiciones favorables. Con el paso del tiempo, escaparon o fueron liberados y comenzaron a reproducirse en estado silvestre.
De La Pampa a los bosques patagónicos
Durante las décadas siguientes, el ciervo colorado fue trasladado a distintos puntos de la Patagonia, entre ellos Isla Victoria, Junín de los Andes y zonas de los actuales parques nacionales Lanín y Nahuel Huapi.
La combinación de liberaciones, escapes y reproducción natural facilitó su avance. Actualmente puede encontrarse en provincias como La Pampa, Buenos Aires, Neuquén, Río Negro, Chubut y San Luis.
Originario de Europa, Asia y el norte de África, este animal logró adaptarse a bosques, pastizales, matorrales y regiones montañosas. Los machos desarrollan grandes astas ramificadas, una característica que los convirtió en trofeos muy buscados por los cazadores.
El impacto que nadie calculó en 1906
Aunque su presencia puede resultar atractiva para visitantes y fotógrafos, el ciervo colorado no pertenece a la fauna nativa argentina.
Se alimenta de hierbas, hojas, cortezas, frutos y brotes jóvenes. Su avance puede impedir la regeneración de árboles y arbustos, modificar el suelo y deteriorar sectores del bosque andino-patagónico.

Además, compite por alimento y territorio con el huemul y el pudú, dos cérvidos autóctonos. Esta presión se vuelve especialmente peligrosa en ambientes degradados o durante épocas de escasez.
También existe preocupación por la posible transmisión de enfermedades hacia la fauna silvestre y el ganado, por lo que los especialistas recomiendan realizar monitoreos sanitarios y controles poblacionales.
Una decisión que cambió el paisaje argentino
El ciervo colorado también genera ingresos mediante la caza deportiva, el turismo rural, los criaderos y la producción de carne. Esa doble condición complica su manejo: mientras representa una actividad económica, también provoca importantes consecuencias ambientales.
Cuando los primeros ejemplares llegaron a La Pampa, introducir animales europeos era considerado un símbolo de progreso. Nadie imaginaba que aquella decisión tendría efectos durante más de un siglo.
Hoy, el ciervo colorado forma parte del paisaje patagónico, pero también representa una amenaza para sus ecosistemas. Su historia demuestra cómo una iniciativa privada y aparentemente controlada puede alterar la naturaleza durante generaciones.


















