
En 1838, la muerte de Encarnación Ezcurra provocó un cambio definitivo en el entorno de Juan Manuel de Rosas. Su hija, Manuela Robustiana Ortiz de Rozas, conocida como Manuelita Rosas, dejó el discreto lugar que había ocupado dentro de la familia y comenzó a acompañar públicamente a su padre.
Tenía solamente 21 años, pero pronto quedó a cargo de recibir a diplomáticos, militares, funcionarios y representantes extranjeros. Aunque no tenía un puesto oficial, se transformó en una figura central de la vida social y ceremonial del rosismo.
Su personalidad amable contrastaba con la imagen severa del gobernador bonaerense. Esa diferencia hizo que muchas personas comenzaran a verla como una posible intermediaria frente a un poder al que no todos podían acercarse directamente.
La joven que se convirtió en el rostro amable del rosismo
Manuelita nació en Buenos Aires el 24 de mayo de 1817. Fue hija de Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra, una mujer decisiva para el ascenso político de su esposo.
Después de la muerte de su madre, comenzó a acompañar al gobernador en reuniones y ceremonias. Además, recibía solicitudes de personas que deseaban plantearle problemas personales o políticos.

No fue una gobernante en las sombras, pero tampoco una presencia meramente decorativa. Su cercanía con Rosas la convirtió en un canal informal para quienes buscaban pedir clemencia, evitar un destierro o recuperar bienes confiscados.
El viajero británico William Mac Cann describió la presencia de numerosas personas que esperaban en las galerías y jardines de la residencia de Palermo para resolver sus asuntos. Según su testimonio, Manuelita era una intermediaria necesaria para quienes pretendían llegar de manera extraoficial hasta su padre.
El Aromo del Perdón, el árbol de la quinta de Palermo
Una de las leyendas más conocidas sobre Manuelita tuvo como escenario la residencia de Rosas en Palermo, ubicada en terrenos que posteriormente formarían parte del Parque Tres de Febrero.
En los jardines crecía un árbol conocido como el Aromo de Manuelita o el Aromo del Perdón. La tradición sostiene que, bajo su sombra, la joven le solicitaba a su padre mayor indulgencia para determinados adversarios políticos que habían caído en desgracia.

Familiares de presos, desterrados y perseguidos habrían acudido a Manuelita como una última posibilidad para hacer llegar sus pedidos al gobernador. Sin embargo, la escena debe entenderse como una tradición histórica, porque no existen documentos que permitan comprobar cada uno de los perdones atribuidos a su intervención.
El relato coincide, de todos modos, con los testimonios que describen su papel como mediadora. De esa manera, el aromo terminó convertido en un símbolo de clemencia en medio de uno de los períodos más conflictivos del siglo XIX argentino.
La residencia desapareció y el paisaje de Palermo fue completamente modificado. Durante el siglo XX se preservó y señalizó el lugar asociado a un retoño del árbol, aunque el ejemplar identificado con aquella historia finalmente desapareció.
El retrato que la convirtió en un símbolo federal
En 1851, Prilidiano Pueyrredón realizó el célebre Retrato de Manuelita Rosas, una de las imágenes más reconocidas del arte argentino del siglo XIX.
La obra la presenta con un amplio vestido rojo, color estrechamente relacionado con el federalismo. Actualmente pertenece a la colección del Museo Nacional de Bellas Artes.
El origen de la pintura encierra una paradoja: Pueyrredón era hijo de Juan Martín de Pueyrredón, protagonista de la independencia y adversario de Rosas. Su propia familia había abandonado anteriormente el país por las tensiones políticas del período rosista.
El vestido rojo, la postura y el entorno cuidadosamente dispuesto consolidaron la imagen pública de Manuelita como una mujer elegante, cercana al poder y plenamente identificada con el régimen de su padre.
La batalla que terminó con el poder de Rosas
El 3 de febrero de 1852, la batalla de Caseros terminó con el prolongado predominio político de Juan Manuel de Rosas.

Derrotado por las fuerzas comandadas por Justo José de Urquiza, el gobernador abandonó Buenos Aires y buscó protección británica. Manuelita lo acompañó en la huida y luego viajó con él hacia Inglaterra.
Así, 14 años después de asumir el lugar social dejado por su madre, pasó de recibir a diplomáticos en Buenos Aires a comenzar una nueva vida como exiliada.
El casamiento que su padre había intentado impedir
En octubre de 1852, pocos meses después de llegar a Inglaterra, Manuelita se casó en Southampton con Máximo Terrero. La relación llevaba años, pero Rosas se había opuesto al matrimonio.
La pareja se instaló en Londres y tuvo dos hijos. Manuelita mantuvo el vínculo con su padre, aunque ya no volvió a ocupar el lugar inseparable que había tenido durante los años del gobierno federal.

Murió en Londres el 17 de septiembre de 1898, a los 81 años. Había pasado casi medio siglo lejos de la Argentina.
Su historia quedó atravesada por el poder, la caída y el exilio. Sin embargo, la memoria también la vinculó con una faceta diferente: la joven que escuchaba pedidos desesperados y que, según la tradición, buscaba obtener la clemencia de su padre bajo las ramas del Aromo del Perdón.




















