
Mucho antes de que Buenos Aires se convirtiera en una metrópoli, enormes jaurías de perros cimarrones recorrían los campos próximos a la ciudad. Se alimentaban de animales silvestres, restos de las faenas y ganado, y podían acercarse peligrosamente a ranchos y caminos.
No pertenecían a una especie desconocida. Eran descendientes de perros domésticos llegados durante las expediciones españolas que, tras perderse o ser abandonados, se adaptaron a vivir sin contacto con los seres humanos.
El problema alcanzó tal dimensión que, en 1621, el Cabildo de Buenos Aires ordenó perseguirlos para frenar los ataques contra las haciendas. Sin embargo, aquella disposición fue apenas el comienzo de una lucha que se extendió durante siglos.
Los perros que llegaron con los conquistadores
Los perros acompañaban a los navegantes europeos y eran utilizados para vigilar los campamentos, participar en cacerías y proteger a las expediciones.
Algunas reconstrucciones históricas relacionan su llegada al Río de la Plata con la expedición de Pedro de Mendoza, fundador del primer asentamiento de Buenos Aires en 1536. Durante las salidas de caza, algunos animales habrían quedado separados de los grupos y encontrado refugio en pajonales y montes.

El abandono del asentamiento porteño en 1541 y los posteriores desplazamientos de población también pudieron incrementar la cantidad de perros sin dueño. Con el paso del tiempo, esos animales domésticos se transformaron en cimarrones.
La orden de 1621 para combatir las jaurías
Los documentos coloniales demuestran la gravedad del problema. El 27 de septiembre de 1621, el Cabildo de Buenos Aires dejó asentada una de las primeras quejas por los daños que provocaban los perros y ordenó cazarlos.
Los cimarrones no recorrían la campaña de manera aislada. Formaban jaurías capaces de atacar ovejas, terneros, potrillos y animales adultos debilitados.
Las autoridades organizaron periódicamente expediciones para eliminarlos. También buscaron impedir que los vecinos llevaran grandes grupos de perros sueltos, ya que algunos se alejaban y terminaban incorporándose a las jaurías.
A pesar de esas medidas, el territorio era demasiado extenso y continuamente aparecían nuevos ejemplares abandonados.
Por qué dominaron la campaña bonaerense
La llanura pampeana ofrecía condiciones ideales para su supervivencia: agua, pastizales, escondites y una enorme disponibilidad de alimento.
Durante el período colonial, grandes cantidades de ganado vacuno se reproducían libremente. Los perros podían atacar animales jóvenes y alimentarse de ejemplares muertos o restos de las faenas.

Además, su capacidad para cazar en conjunto les permitía enfrentar presas mucho más grandes. Algunos relatos de viajeros describieron caminos donde las jaurías representaban un riesgo para quienes circulaban sin compañía.
Su presencia continuó durante el siglo XIX. En 1878, Estanislao S. Zeballos relató el ataque de perros cimarrones contra un campamento, donde los animales consiguieron llevarse parte del charqui almacenado.
De amenaza rural a problema sanitario
Durante el siglo XIX, los perros dejaron de ser vistos solamente como un peligro para el ganado. La propagación de la rabia los convirtió en un grave problema de salud pública.
La enfermedad hizo su aparición en el Río de la Plata durante 1807 y causó preocupación por su elevada mortalidad. Las autoridades impulsaron matanzas anuales, aunque los resultados fueron generalmente insuficientes.
La situación comenzó a cambiar hacia finales del siglo XIX, luego del desarrollo de la vacuna preventiva de Louis Pasteur. En Buenos Aires, la vacunación antirrábica comenzó a aplicarse en 1886.
La huella de los perros cimarrones en la Argentina
Mientras las jaurías eran perseguidas, los perros domesticados resultaban fundamentales para la vida rural. Ayudaban a cuidar viviendas, reunir animales y acompañar a los gauchos durante sus recorridos.
Con el avance de las poblaciones, la división de las tierras y el crecimiento de las estancias, las grandes jaurías fueron desapareciendo progresivamente.
Su historia revela un capítulo poco conocido de la Argentina colonial. Durante siglos, los perros cimarrones modificaron la actividad ganadera, condicionaron la circulación por los campos y obligaron a las autoridades a organizar algunas de las primeras campañas de control animal del territorio.

















