
En 1827, el general Juan José Viamonte caminaba por Buenos Aires cuando reconoció entre quienes pedían ayuda a una mujer que había conocido en circunstancias muy diferentes. Vendía pasteles y dependía de la caridad para sobrevivir.
Era María Remedios del Valle, una de las protagonistas más extraordinarias y menos recordadas de la Independencia argentina.
Su participación militar había comenzado dos décadas antes. Durante las Invasiones Inglesas de 1807, colaboró con el Tercio de Andaluces en la defensa de Buenos Aires. Aquel episodio fue apenas el comienzo de una vida marcada por las batallas, las heridas y el abandono.
De auxiliar a capitana del Ejército del Norte
Nacida alrededor de 1766, María Remedios era afrodescendiente y fue identificada como “parda” en los documentos coloniales. Su condición de mujer y su origen humilde no le impidieron ocupar un lugar excepcional dentro del ejército revolucionario.
Después de la Revolución de Mayo, partió hacia el Alto Perú junto con la 6.ª Compañía de Artillería Volante. La acompañaban su marido y sus dos hijos, uno de ellos adoptivo. Ninguno sobrevivió a las campañas militares.

María Remedios atendía heridos, transportaba provisiones y acompañaba a los soldados. Pero su actuación no se limitó a las tareas de asistencia: también participó directamente en los combates.
Desobedeció a Belgrano y se convirtió en la “Madre de la Patria”
Antes de la batalla de Tucumán, María Remedios le pidió autorización a Manuel Belgrano para atender a los heridos en la primera línea. El jefe del Ejército del Norte se la negó, pero ella avanzó cuando comenzó el enfrentamiento.
Durante la batalla, asistió a los soldados y permaneció cerca del frente. Luego de la victoria patriota, Belgrano reconoció su valentía y la nombró capitana.
Desde entonces, los combatientes comenzaron a llamarla “Madre de la Patria”, un reconocimiento excepcional para una mujer afrodescendiente en los primeros años del siglo XIX.
Fue capturada y recibió nueve días de azotes
María Remedios también participó en las batallas de Salta, Vilcapugio y Ayohúma. En esta última, librada el 14 de noviembre de 1813, resultó herida de bala y cayó prisionera de las fuerzas realistas.

Durante su cautiverio ayudó a escapar a varios oficiales patriotas. Como castigo, fue sometida a nueve días de azotes públicos, que le dejaron cicatrices permanentes.
A pesar de las heridas, consiguió escapar y volvió a incorporarse a las fuerzas que continuaban combatiendo en el norte.
El general que la reconoció mientras pedía ayuda
Cuando regresó a Buenos Aires, su rango y sus servicios militares no fueron reconocidos de inmediato. Vivió en condiciones de extrema pobreza y frecuentó las cercanías de las iglesias porteñas para vender alimentos o pedir ayuda.
En 1827, Viamonte la reconoció en la calle y exclamó que allí estaba “la Madre de la Patria”. El militar impulsó entonces el otorgamiento de una pensión, respaldado por otros dirigentes y oficiales que conocían su actuación.

Durante sus últimos años apareció en los registros con el nombre de Remedios Rosas y alcanzó el rango de sargento mayor. Murió en noviembre de 1847.
Actualmente, cada 8 de noviembre se conmemora en la Argentina el Día Nacional de los Afroargentinos y de la Cultura Afro en su homenaje.
Su vida conserva una de las contradicciones más dolorosas de la historia nacional: la mujer que fue nombrada capitana y arriesgó su vida por la Independencia terminó pidiendo ayuda en las calles de la misma ciudad que había defendido.



















