
Con una heladera, algunas pipetas y recursos limitados, Luis Federico Leloir impulsó una investigación que transformaría la bioquímica mundial. Sus estudios permitieron explicar cómo el organismo procesa los azúcares, abrieron nuevas vías para comprender enfermedades metabólicas y lo llevaron a recibir el Premio Nobel de Química en 1970.
Leloir se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1932 y comenzó su actividad profesional en el Hospital de Clínicas. Sin embargo, quedó insatisfecho ante las pocas herramientas terapéuticas disponibles. Esa inquietud lo llevó a buscar respuestas dentro de la investigación científica.
El origen: cómo inició la investigación pionera dentro de un sótano de la Facultad de Medicina de la UBA
El primer giro decisivo ocurrió cuando ingresó al Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UBA. Allí conoció a Bernardo Houssay, quien dirigió su tesis doctoral sobre las glándulas suprarrenales y el metabolismo de los hidratos de carbono.
La influencia de Houssay fue fundamental. Bajo su orientación, Leloir comprendió que detrás de numerosos procesos del organismo había mecanismos químicos que podían investigarse. Para ampliar su formación, asistió también a cursos de química, física, matemática y biología.
Tras perfeccionarse en la Universidad de Cambridge y trabajar en laboratorios estadounidenses, regresó a la Argentina. En 1947, por iniciativa de Houssay y con el apoyo económico del empresario textil Jaime Campomar, nació el Instituto de Investigaciones Bioquímicas Fundación Campomar, que quedó bajo su dirección.

El proyecto comenzó con medios modestos. Durante aquella etapa, el equipo utilizó materiales básicos y adaptó espacios poco apropiados para la investigación. Más tarde, el instituto se instaló en una antigua casona de la calle Julián Álvarez 1917, convertida en laboratorio.
La precariedad no detuvo a Leloir. Él y sus colaboradores fabricaban instrumentos, reutilizaban materiales y analizaban colectivamente los resultados. Esa dinámica fue decisiva para sostener una línea científica innovadora.
La trayectoria científica de Luis Leloir hacia la consagración internacional
Junto con investigadores como Carlos Cardini, Ranwell Caputto, Raúl Trucco, Enrico Cabib y Alejandro Paladini, Leloir estudió la forma en que las células transforman distintas clases de azúcares.
El hallazgo central fue la identificación de la uridina difosfato glucosa, o UDP-glucosa, el primer nucleótido de azúcar descubierto. Estas moléculas actúan como intermediarias en reacciones esenciales y permiten transformar la galactosa en glucosa, además de intervenir en la producción de hidratos de carbono complejos.
El descubrimiento ayudó a comprender la galactosemia, una enfermedad hereditaria que impide metabolizar correctamente la galactosa, presente en la leche. Sin diagnóstico ni tratamiento, puede provocar daños en el hígado, los riñones y el sistema nervioso.
El 27 de octubre de 1970, la Real Academia Sueca de Ciencias anunció que Leloir recibiría el Premio Nobel de Química por sus descubrimientos sobre los nucleótidos de azúcar y su función en la biosíntesis de los hidratos de carbono. La ceremonia se realizó el 10 de diciembre en Estocolmo.
El galardón reconoció más de dos décadas de investigación desarrollada en la Argentina. Leloir se convirtió en el tercer argentino distinguido con un Nobel y en el segundo científico del país en obtenerlo, después de Houssay.
“El camino de Leloir”: cuál es el legado que dejó el médico para la ciencia argentina
La comunidad científica denominó “camino de Leloir” a la ruta bioquímica mediante la cual el organismo transforma la galactosa en glucosa y aprovecha la energía de los azúcares. Sus aportes impulsaron estudios en fisiología, medicina y enfermedades metabólicas.
Su legado fue mucho más amplio. Leloir consolidó una forma de investigar basada en la cooperación, el análisis de resultados y la formación de especialistas que luego fortalecieron numerosos centros científicos del país.
Actualmente, la Fundación Instituto Leloir continúa esa tarea con trabajos en biología celular y molecular, neurociencias, microbiología, cáncer, enfermedades infecciosas y biología vegetal. También forma investigadores y promueve la transferencia de conocimientos hacia la salud y el sector productivo.
Leloir demostró que era posible producir ciencia de excelencia desde la Argentina, incluso frente a restricciones económicas y escasez de equipamiento. Su recorrido, desde laboratorios modestos hasta el escenario del Nobel, permanece como una de las historias más extraordinarias de la ciencia nacional.
















