
En una sociedad donde las mujeres no podían votar, ejercer cargos públicos ni participar formalmente de las decisiones institucionales, Encarnación Ezcurra consiguió transformarse en una de las dirigentes más influyentes de la Argentina del siglo XIX. Su capacidad para construir alianzas, interpretar el clima social y movilizar a los sectores populares fue fundamental para el regreso de Juan Manuel de Rosas al poder.
Quién fue Encarnación Ezcurra y cómo desafió su época
María de la Encarnación Ezcurra y Arguibel nació el 25 de marzo de 1795 en Buenos Aires, dentro de una familia vinculada con la élite comercial. Su padre, Juan Ignacio de Ezcurra, tuvo funciones en el Cabildo y en el Consulado de Comercio. Ese entorno le permitió aprender lectura, escritura y matemática, conocimientos poco habituales para las mujeres de su época.

En 1813, cuando tenía 18 años, se casó con Juan Manuel de Rosas, que entonces tenía 20. La familia del futuro gobernador se oponía al enlace. Según una versión difundida por distintos historiadores, ambos hicieron creer que Encarnación estaba embarazada para conseguir la autorización. Finalmente, la boda se celebró el 16 de marzo de 1813.
El fusilamiento de Dorrego que cambió su participación política
La crisis de 1828 marcó un punto decisivo. El golpe encabezado por Juan Lavalle y el fusilamiento del gobernador federal Manuel Dorrego, ocurrido el 13 de diciembre de ese año, profundizaron la división política en Buenos Aires. Desde entonces, Ezcurra asumió un compromiso cada vez más visible con el federalismo y con el liderazgo rosista.
Rosas llegó a la gobernación en 1829. Cuando terminó su primer mandato, se negó a continuar sin facultades extraordinarias y partió para dirigir una campaña hacia territorios indígenas. Su alejamiento dejó un vacío dentro del Partido Federal. Encarnación aprovechó aquella ausencia para organizar a los seguidores más leales de su esposo y enfrentar a quienes buscaban limitar su influencia.
La revolución que organizó mientras Rosas estaba lejos
En 1833, el gobernador Juan Ramón Balcarce intentó debilitar al rosismo. El federalismo se dividió entre los partidarios del gobierno y los llamados “apostólicos”, que reclamaban el retorno de Rosas. Ezcurra se convirtió en la conductora política de ese sector.

Mediante una intensa correspondencia, evaluó lealtades, señaló adversarios y comunicó movimientos políticos. También promovió manifestaciones y fortaleció vínculos con trabajadores urbanos, habitantes de los barrios periféricos y comunidades afrodescendientes. Su intervención fue clave en la Revolución de los Restauradores, la movilización que terminó con la renuncia de Balcarce.
La Sociedad Popular Restauradora y su costado más controvertido
Tras la caída de Balcarce, impulsó la Sociedad Popular Restauradora, creada para sostener la causa rosista y presionar a las autoridades. La organización alcanzó gran influencia y quedó asociada con un período de creciente violencia política.
Más tarde apareció la Mazorca, vinculada con ese universo militante y recordada por perseguir opositores. Por ese motivo, la figura de Ezcurra genera interpretaciones encontradas. Algunos historiadores destacan que quebró barreras de género y ejerció un liderazgo extraordinario; otros remarcan su papel en la construcción de un sistema autoritario.
Sin embargo, existe una certeza: su actividad preparó el regreso de Rosas a la gobernación en 1835, cuando recibió la suma del poder público. En apenas dos años, reorganizó el federalismo, debilitó a sus rivales y convirtió el retorno de su esposo en una salida respaldada por amplios sectores porteños.
Murió joven y su funeral paralizó Buenos Aires
Encarnación Ezcurra murió el 20 de octubre de 1838, con solo 43 años. Su fallecimiento provocó una enorme manifestación de duelo y su funeral fue recordado entre los más multitudinarios del Buenos Aires decimonónico. Para entonces, sus seguidores la llamaban “Heroína de la Federación”.

Durante décadas, su trayectoria quedó resumida en la fórmula “esposa de Rosas”. No obstante, su correspondencia permitió reconstruir una historia mucho más compleja. Encarnación no contempló el poder desde un lugar secundario: lo organizó, lo disputó y ayudó a transformarlo, aun cuando las leyes ni siquiera la reconocían como ciudadana.


















