
Detrás de las grandes batallas de la historia argentina existieron redes clandestinas que conseguían información y trasladaban mensajes. Una de sus integrantes más audaces fue Juana Gabriela Moro, la revolucionaria que desafió al poder español y pasó a la posteridad como “La Emparedada”.
Nació en una familia vinculada con el poder colonial
Juana nació el 26 de mayo de 1785 en San Salvador de Jujuy. Fue hija de Juan Antonio Moro Díaz, coronel de los Reales Ejércitos y funcionario de la Corona española, y de Faustina Rosa de Aguirre Pondal. Su padre colaboró con el gobernador Ramón García de León y Pizarro.
Por su origen, podía haber llevado una vida protegida y distante de la revolución. En 1802, cuando tenía 17 años, se casó con el coronel Jerónimo López y se instaló en Salta. Allí formó una familia y se involucró en la causa independentista, aunque podía costarle la libertad y la vida.
Convirtió su casa en un centro secreto de operaciones
Durante las ocupaciones realistas de Salta, Juana integró una red femenina de espionaje junto con María Loreto Sánchez Peón de Frías. Estas mujeres observaban tropas, escuchaban conversaciones, identificaban depósitos de armas y comunicaban las novedades a los patriotas. La vida cotidiana les permitía entrar donde un soldado habría despertado sospechas.

La vivienda de Juana, en la actual calle España 782, tenía dos frentes y facilitaba encuentros, mensajes y acciones clandestinas. También se afirma que ella recorría la zona a caballo, vestida con prendas humildes o masculinas, para vigilar al enemigo sin revelar su identidad.
El general realista Joaquín de la Pezuela reconoció en sus comunicaciones que los habitantes de las estancias, especialmente las mujeres, transmitían con enorme rapidez hasta las novedades más pequeñas de su ejército.
Su misión secreta influyó en la batalla de Salta
Antes de la batalla de Salta, librada el 20 de febrero de 1813, Juana habría intervenido en una operación decisiva. Consiguió que Juan José Feliciano Fernández Campero, marqués de Yavi, y otros oficiales se comprometieran a abandonar las filas realistas y respaldar la emancipación.

Durante el combate, el marqués comandaba un sector del ejército de Pío Tristán, pero retiró a sus hombres sin atacar. La maniobra debilitó la defensa española y favoreció la victoria del Ejército del Norte, dirigido por Manuel Belgrano. Su participación en las redes patriotas salteñas quedó reconocida.
La encadenaron y la dejaron encerrada entre paredes
Tras las derrotas patriotas de Vilcapugio y Ayohuma, las fuerzas de Pezuela volvieron a ocupar Salta en 1814. Juana fue detenida e interrogada. Los realistas buscaban que revelara los nombres de sus colaboradores, pero ella se negó a entregar información, incluso después de ser obligada a soportar pesadas cadenas.

El castigo fue brutal: la encerraron en una habitación y finalmente tapiaron la puerta con ladrillos, dejándola sin una salida visible. Así nació el apodo que atravesó dos siglos: “La Emparedada”. Tenía apenas 29 años.
Algunas versiones sostienen que vecinos solidarios perforaron secretamente el muro para acercarle agua y comida. Otras indican que fue liberada cuando los realistas debieron abandonar la ciudad. Juana sobrevivió y continuó como enlace de los revolucionarios.
Sobrevivió al cautiverio y vivió hasta los 89 años
Juana mantuvo contactos con las fuerzas patriotas que actuaban en Salta y el Alto Perú. Su trabajo se vinculó con los movimientos de Juan Antonio Álvarez de Arenales y con la resistencia organizada en el norte, donde la inteligencia era indispensable para enfrentar a ejércitos mejor equipados.
Tuvo al menos tres hijos: Serafina, Ramón y Bernabé López Moro. Este último desarrolló una importante trayectoria pública: fue intendente de Salta, ministro provincial y canciller durante la presidencia de Justo José de Urquiza.
Juana murió el 17 de diciembre de 1874, a los 89 años. Habían pasado seis décadas desde el encierro destinado a matarla. Su vida demuestra que la independencia no se decidió solamente en los campos de batalla, sino también mediante mensajes ocultos, reuniones secretas y mujeres que arriesgaron todo sin recibir grados militares.
Intentaron borrarla detrás de una pared, pero Juana Moro sobrevivió al castigo y al olvido. Su historia conserva la fuerza de una heroína que cambió la comodidad por el peligro y convirtió su silencio en un arma decisiva para la libertad.


















