
Hay caminos que conducen hacia un destino y otros que se convierten en el destino. La Ruta 40 pertenece al segundo grupo.
Desde Cabo Vírgenes, en Santa Cruz, hasta La Quiaca, en Jujuy, avanza junto a la Cordillera de los Andes y atraviesa estepas, bosques, lagos, volcanes, viñedos, salares y pueblos históricos. Su combinación de aventura, naturaleza y memoria la convirtió en la carretera más famosa de la Argentina.
¿Cuándo nació la Ruta Nacional 40?
La historia oficial de la Ruta 40 comenzó en 1935, cuando la Dirección Nacional de Vialidad organizó uno de los primeros sistemas de numeración de rutas nacionales.
El objetivo era mejorar la comunicación entre regiones muy alejadas y conectar localidades ubicadas cerca de la extensa frontera cordillerana. En aquel momento, numerosos sectores eran apenas caminos de tierra, huellas rurales o tramos de ripio.

Recorrerla podía transformarse en una verdadera expedición. Los viajeros debían enfrentar ríos crecidos, nevadas, fuertes vientos y enormes distancias sin combustible ni asistencia mecánica.
Durante décadas, además, estuvo dividida administrativamente en Ruta 40 Norte y Ruta 40 Sur, con Mendoza como punto de referencia. En 2004, Vialidad Nacional modificó el kilometraje y estableció el kilómetro cero en Cabo Vírgenes. Así comenzó a consolidarse como un único corredor entre la Patagonia y el límite con Bolivia.
Un camino moderno construido sobre huellas antiguas
Aunque su nombre apareció en el siglo XX, algunos sectores del corredor siguen caminos utilizados desde mucho antes.
Antes de la llegada de los europeos, diferentes pueblos indígenas transitaban los valles, mesetas y pasos de montaña para intercambiar alimentos, minerales, tejidos y conocimientos.

En el norte argentino, la Ruta 40 se aproxima al Qhapaq Ñan, la extensa red vial andina consolidada por el Imperio inca. Este sistema conectaba comunidades y territorios a través de ambientes de extrema dificultad.
En Santa Cruz, el camino permite acceder a la Cueva de las Manos, uno de los sitios arqueológicos más importantes del país. Sus célebres pinturas rupestres recuerdan que la presencia humana en la región se remonta a miles de años.
Por eso, viajar por la Ruta 40 también implica recorrer diferentes capas de la historia argentina.
¿Qué provincias atraviesa la Ruta 40?
La carretera cruza Santa Cruz, Chubut, Río Negro, Neuquén, Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy. En un solo viaje conecta la Patagonia, Cuyo y el Noroeste argentino.
En el sur avanza entre lagos, bosques y estepas azotadas por el viento. Uno de sus sectores más conocidos es el Camino de los Siete Lagos, entre San Martín de los Andes y Villa La Angostura, incorporado a la traza nacional después de distintas modificaciones viales.

En Mendoza y San Juan, el paisaje cambia y aparecen viñedos, montañas y zonas desérticas. Más al norte, el camino atraviesa los Valles Calchaquíes y se interna entre pueblos de adobe, quebradas de colores y extensas planicies de altura.
El contraste es sorprendente: un viajero puede comenzar rodeado por el frío patagónico y terminar bajo el cielo intenso de la Puna.
Abra del Acay: el tramo más extremo de la Ruta 40
Uno de los puntos más impactantes del recorrido se encuentra en Salta. Se trata del Abra del Acay, un paso de montaña ubicado cerca de los 5.000 metros sobre el nivel del mar, según el punto y la medición considerados.
Allí, la vegetación casi desaparece, el oxígeno disminuye y el camino serpentea entre montañas. El clima puede cambiar rápidamente, por lo que atravesarlo exige información previa, un vehículo adecuado y una cuidadosa planificación.

Para muchos motociclistas, ciclistas y aventureros, llegar al Abra del Acay representa uno de los mayores desafíos de toda la Ruta 40.
Una carretera rodeada de lugares históricos
El corredor permite acercarse a diferentes sitios declarados Patrimonio Mundial, como Los Glaciares, la Cueva de las Manos, el Parque Nacional Los Alerces, el Qhapaq Ñan y el conjunto de Ischigualasto y Talampaya. Algunos no se encuentran directamente sobre la calzada, pero son accesibles desde su amplia zona de influencia.
También une poblaciones que dependen de ella para recibir alimentos, trasladar su producción, acceder a hospitales y comunicarse con otras ciudades.
Lo que para un turista representa una aventura, para miles de habitantes es una conexión indispensable.















