
A unos 160 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, un pequeño pueblo estuvo cerca de desaparecer cuando cerró la fábrica que sostenía casi toda su economía. Sin embargo, sus habitantes se organizaron, recuperaron un hotel abandonado y consiguieron transformar una profunda crisis en una oportunidad.
Se trata de Pipinas, una localidad del partido de Punta Indio que dejó atrás el ruido de los hornos cementeros para convertirse en un destino de turismo comunitario. Sus calles tranquilas, su enorme chimenea y los edificios que sobrevivieron al esplendor industrial conservan una de las historias más conmovedoras de la provincia de Buenos Aires.
Pipinas, el pueblo bonaerense que nació gracias al ferrocarril
La historia de Pipinas comenzó en 1913, con la llegada del ferrocarril. Como ocurrió en numerosas localidades bonaerenses, la estación permitió transportar personas y productos agropecuarios, además de favorecer el crecimiento de un caserío rodeado de grandes estancias.

El nombre del lugar posee un origen particular. Según la tradición, proviene de dos hermanas llamadas Josefina, hijas de un estanciero de la zona, a quienes familiarmente conocían como “las Pipinas”. Aquel apodo terminó identificando a la estación y, posteriormente, a todo el pueblo.
Durante sus primeros años, la economía estuvo relacionada con el campo. Hasta que un descubrimiento cambió su destino: debajo de la tierra existían enormes depósitos de conchilla calcárea, un material indispensable para fabricar cal y cemento.
La fábrica que convirtió al pueblo en una potencia industrial
En 1936, el ingeniero cordobés Marcelo Garlot llegó a la zona con el supuesto objetivo de buscar caracoles. En realidad, comprobó la existencia del valioso yacimiento. Un año después, cerca de 1000 obreros arribaron para levantar la fábrica, muchos de ellos alojados inicialmente en galpones.
El 15 de abril de 1939 fue encendido el primer horno de CORCEMAR. La transformación resultó tan importante que el pueblo debió reorganizarse alrededor del complejo industrial. Pipinas recibió trabajadores e inmigrantes europeos que escapaban de la guerra y llegó a tener aproximadamente 3500 habitantes.

La cementera funcionaba como una especie de pequeño Estado. Además de ofrecer empleo, ayudaba a construir viviendas, entregaba útiles escolares, atendía necesidades sanitarias y sostenía espacios recreativos. La localidad llegó a contar con club, cine, pileta, hotel y una usina propia, mucho antes de recibir el servicio eléctrico general en 1970.
Durante décadas, la chimenea expulsó humo las 24 horas. Para los vecinos, aquella imagen representaba trabajo, crecimiento y la posibilidad de construir un futuro sin abandonar el lugar.
El cierre que dejó a Pipinas al borde de la desaparición
El primer golpe llegó durante la década de 1980 con el cierre del ramal ferroviario. La crisis se profundizó en 1994, cuando Loma Negra compró CORCEMAR, despidió a unos 250 de sus 300 trabajadores y convirtió el establecimiento en una calera. Siete años después, la planta cerró definitivamente.
La clausura de 2001 no solo eliminó empleos. También provocó el cierre de negocios y la partida de numerosas familias. Las casas comenzaron a quedar vacías y la chimenea apagada se transformó en el símbolo de una prosperidad perdida.

Frente a esa situación, algunos habitantes decidieron no marcharse. En 2003 impulsaron la Cooperativa de Trabajo Pipinas Viva, con la intención de generar empleo, fortalecer el arraigo y recuperar la identidad local.
Los vecinos que recuperaron un hotel abandonado
El proyecto más ambicioso fue reconstruir el antiguo hotel de la cementera, que llevaba alrededor de diez años cerrado. El edificio tenía cañerías obstruidas, paredes deterioradas y prácticamente no conservaba muebles.
Los cooperativistas realizaron buena parte de las tareas: pintaron las habitaciones, compraron camas, repararon el camping y reabrieron la pileta. Un contrato para alojar durante tres meses a trabajadores que instalaban fibra óptica les permitió reunir dinero para terminar las obras.
Así nació el Hotel Pipinas, administrado por los propios trabajadores. Actualmente dispone de 16 habitaciones con baño privado y puede recibir aproximadamente a 50 huéspedes. Su propuesta también incluye restaurante con comida casera y una experiencia vinculada con las costumbres locales.
Qué conocer en Pipinas durante una escapada
Además del hotel, los visitantes pueden descubrir la antigua chimenea cementera, recorrer murales relacionados con la identidad local y conocer espacios que recuerdan la vida obrera. El complejo municipal conserva un parque de 13 hectáreas, polideportivo, cancha de bochas, pileta y un antiguo teatro-cine.
Pipinas también se encuentra camino a la Bahía de Samborombón y cerca del Parque Costero del Sur, una reserva de biosfera reconocida por la UNESCO. Su combinación de naturaleza, patrimonio industrial y tranquilidad la convierte en una alternativa singular para una escapada.
El pueblo abandonó el cemento, pero no su memoria. Cuando parecía condenado al olvido, sus vecinos recuperaron los edificios del pasado y demostraron que una comunidad puede reinventarse sin renunciar a su identidad.


















