
En la historia del espectáculo argentino hay artistas que no necesitaron una carrera larga para dejar una marca imborrable. Batato Barea fue uno de ellos. Su nombre sigue asociado al under porteño de los años 80, a una escena artística explosiva, nocturna, experimental y profundamente libre, donde el teatro, la poesía, el humor y la performance se mezclaban sin pedir permiso.
Pero Batato no fue solamente una figura de culto. También logró cruzar fronteras entre el mundo alternativo y la cultura popular. En ese recorrido, su nombre aparece vinculado a personalidades masivas como Moria Casán, una de las grandes divas argentinas, que supo mirar más allá del espectáculo tradicional y acercarse a artistas que venían de los márgenes con una potencia escénica distinta.
Quién fue Batato Barea
Salvador Walter Barea, conocido artísticamente como Batato Barea, nació el 30 de abril de 1961 en Junín, provincia de Buenos Aires. Con los años se convirtió en una de las figuras más singulares de la escena teatral argentina, especialmente dentro del circuito alternativo que creció en Buenos Aires durante la década del 80.

Actor, performer y clown, Batato escapaba de cualquier definición cerrada. Su trabajo combinaba el humor del payaso, la intensidad de la poesía, el transformismo, la improvisación y una sensibilidad escénica completamente personal. Él mismo se definía como “clown travesti literario”, una frase que resume buena parte de su universo creativo.
Su propuesta era distinta a todo lo que el teatro más convencional podía ofrecer. Batato no buscaba encajar, sino romper. No actuaba desde la comodidad de un personaje clásico, sino desde el cuerpo, el gesto, la palabra y el desborde. En cada aparición construía una experiencia imprevisible, capaz de hacer reír, incomodar y emocionar al mismo tiempo.
El under porteño de los 80: la escena donde nació el mito
Para entender por qué Batato Barea es tan importante, hay que mirar el contexto en el que apareció. Tras el regreso de la democracia, Buenos Aires vivió una verdadera explosión cultural. Nuevos espacios, nuevos lenguajes y nuevas formas de estar en escena empezaron a ocupar la noche porteña.
Lugares como el Centro Parakultural, Cemento, el Café Einstein y el Centro Cultural Ricardo Rojas se convirtieron en puntos clave para una generación de artistas que no encontraba lugar en los circuitos tradicionales. Allí, Batato desplegó su imaginación junto a otros nombres fundamentales de la escena alternativa.
Sus performances podían tener forma de monólogo, intervención poética, número breve o happening. No necesitaba grandes escenografías ni producciones enormes. Con una peluca, una frase, un poema o una mirada podía dominar la atención del público y convertir cualquier espacio en un acontecimiento teatral.
Batato Barea y Moria Casán: el cruce entre el under y la cultura popular
Uno de los aspectos más interesantes de la figura de Batato es que, aunque surgió del circuito under, su magnetismo logró proyectarse hacia espacios más amplios. En ese cruce aparece Moria Casán, una figura central del entretenimiento argentino, siempre asociada a la transgresión, la libertad verbal y la capacidad de detectar personajes únicos.
Moria, reconocida por su olfato escénico y su vínculo con artistas disruptivos, representa el universo popular y televisivo que en los años 80 y 90 empezó a dialogar con zonas más alternativas de la cultura. En ese contexto, la presencia de Batato cerca de figuras como ella demuestra hasta qué punto su arte excedía los límites del teatro independiente.
Batato Barea no era un artista pensado para pasar desapercibido. Su energía, su humor y su forma de habitar el cuerpo lo convertían en alguien imposible de ignorar. Y Moria Casán, acostumbrada a moverse entre el brillo, la provocación y el espectáculo, supo reconocer esa potencia diferente.
El clown literario que llevó la poesía a la noche porteña
Una de las marcas más originales de Batato fue su relación con la literatura. En sus trabajos aparecían textos, climas y referencias de autoras y autores como Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Néstor Perlongher, Fernando Noy y Marosa di Giorgio. Pero no los llevaba a escena de manera solemne, sino desde una teatralidad física, humorística y profundamente libre.

Batato convertía la poesía en acción. La sacaba del libro y la llevaba al escenario, al cuerpo, a la noche, al contacto directo con el público. Esa mezcla entre cultura letrada, humor popular y performance fue una de las claves de su originalidad.
Su arte era sofisticado y callejero a la vez. Podía partir de un texto poético y transformarlo en una escena absurda, tierna o descontrolada. Esa capacidad para unir mundos aparentemente opuestos lo convirtió en una figura adelantada a su tiempo.
Batato, Urdapilleta y Tortonese: una generación inolvidable
Dentro de su recorrido, Batato compartió escenario y búsquedas creativas con artistas como Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, otros dos nombres esenciales para entender la renovación del teatro argentino. Juntos formaron parte de una escena que mezclaba humor negro, poesía, grotesco, improvisación y crítica social.
Esa generación no solo cambió la manera de actuar. También abrió espacio para corporalidades, identidades y discursos que hasta entonces habían sido marginados por la cultura oficial. En ese sentido, Batato fue mucho más que un performer talentoso: fue una presencia política desde el arte, aunque su lenguaje fuera el humor, el exceso y la belleza inesperada.

















