
Florencia Dapiaggi es una escritora argentina que se hizo camino vía redes sociales recitando sus poemas y compartiendo escritos hasta lograr publicar dos libros: "Ella es mi chica solar" (2024) y “Cerezas y Fuego” (2025). Coordina talleres de poesía y toma un amplio rol político como activista por los derechos humanos haciendo hincapié en su identidad como “poeta y lesbiana”.
Hace poco tiempo protagonizó más de un encuentro en la Feria Internacional del Libro del 2026 en el predio de La Rural y le dio una entrevista exclusiva a Canal 26 en la cual anticipó la novela que acaba de escribir y se encuentra en proceso de edición.

¿Cómo comenzó su relación con la literatura?
Florencia comenta que su vínculo con la lectura se remonta a las historietas de Mafalda y a las sagas juveniles más famosas como Harry Potter. En cuanto a la poesía, comenzó a leerla alrededor de los 14 años con textos de Elvira Sastre y Alfonsina Storni. “Pensé que no iba a poder entenderla pero fue super amena”, comenta sobre la célebre autora de “La inquietud del rosal” (1916), “El dulce daño” (1918) y “Ocre” (1925).
“La verdad que la escritura es algo que siempre me gustó mucho, me gustaba escribir sobre todo poesía, pero me acuerdo que cuando escribía trabajos para el colegio, como tareas, yo era la que escribía cinco carillas de algo que capaz necesitaba dos para su resolución porque me encantaba hacerlo”, comenta.

Florencia afirma que comenzó a escribir por necesidad en el contexto de pandemia en el que termina el colegio. “Soy de esa generación rara”, dice. La marcó completamente el contexto y el estar “encerrada” en su casa en aquel momento bisagra para la humanidad. Se planteó además comenzar una carrera universitaria relacionada a sus intereses y se inscribió así en la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes, donde hoy es también profesora adjunta.
La llegada de su primer libro
Las redes sociales fueron para la escritora un medio para un fin. Se preguntó cómo podía hacer visibles sus textos y lograr publicar un libro sin ningún contacto en el mundo editorial. Primero empezó con posteos de sus versos y después de mucho esfuerzo sumó su cara y su voz a los relatos.
Sobre su primer libro, “Ella es mi chica solar”, cuenta que lo publicó en la adolescencia y que se compone de poemas que ni ella imaginaba que algún día saldrían a la luz y que podría haber un lector o lectora del otro lado. “Escribí esos poemas con 15 o 16 años y lo edité con 20 años estudiando en la carrera que estoy cursando con otra visión”, agrega.
Por otro lado, “Cerezas y fuego” fue escrito alrededor de sus 20 años y lo siente mucho más pegado a su identidad. “Creo que si leés los poemas que escribí este año y los comparás con los poemas de ese libro, son muy parecidos. Ya siento que encontré un estilo, una voz”, afirmó.

“Tracé un límite”, comenta cuando se le pregunta acerca de cuáles textos decide que verán la luz y cuáles no. Así, diferenció entre poemas que pueden ser leídos por todos, aquellos que se quedan para siempre en sus notas o aquellos que llegan a leer sus allegados como sus amigas o su pareja.
¿Cuál fue su rol en la Feria Internacional del Libro 2026?
Florencia va a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires desde muy chica y siempre le pareció algo muy imponente. “Que loco estar del otro lado”, define.
“Siento que mi oficio es muy solitario porque escribo y edito mucho sola o junto a mis editores pero valoro mucho aquellos momentos en los que puedo tener un contacto intenso y real durante varias semanas con la gente que me lee. Es hermoso y muy gratificante ponerle una cara a aquellas personas que están del otro lado de la pantalla o del libro, que te hablen o te cuenten por qué eligen leerte justo a vos de tanta poesía que hay”, sentencia. Y agrega: “Siento que ahí encuentro la razón por la cual publico”.

Mundo virtual versus mundo real
Lejos de los prejuicios académicos, Florencia Dapiaggi defiende el rol de las plataformas digitales. Al habitar los dos mundos, el de la viralidad digital y las aulas de la Universidad Nacional de las Artes, la escritora rechaza la etiqueta de “poesía de Instagram”. Sostiene que es un “error conceptual” porque el género no nace en la plataforma, sino en la intimidad de “chicas o chicos que están escribiendo en sus casas con el celular o con el cuaderno”.
Para la autora, la tensión entre los sectores consagrados y las nuevas voces es la misma disputa de años entre lo nuevo y lo antiguo. Sin embargo, considera que el debate carece de sentido en un contexto donde los lectores de literatura siguen siendo minoría. “En este momento que estamos con tantas redes sociales, pero no sociales para compartir lecturas —vamos a decir la verdad, somos los menos— andar peleándonos por eso me parece que no tiene sentido”, reflexiona.

Asimismo, resalta que el verdadero valor de la virtualidad radica en romper el elitismo y transformar el imaginario de quién tiene derecho a ser escuchado. Frente a la figura tradicional del poeta como un intelectual de larga trayectoria, Dapiaggi asegura que las redes derribaron barreras: “Una persona de 15 años puede escribir un poema y puede ser hermoso”. El entorno digital funciona así como un puente ameno hacia el formato físico del libro.
El “duelo” de romper con los mandatos tradicionales
Para Florencia, la poesía y la militancia son inseparables. Su definición como “poeta y lesbiana” no es una mera etiqueta, sino un posicionamiento político que demandó un proceso personal complejo. “Sé que me gustan las chicas desde mi preadolescencia y, sin embargo, lo que más me costó fue entender que no me gustaban los hombres”, confiesa, al detallar el “duelo” que significó romper con los mandatos tradicionales.
Ese distanciamiento la llevó a encontrar un refugio en la comunidad queer, pero también le dio un propósito a su literatura: disputar el sentido de las palabras. La autora utiliza la poesía para desarmar los estigmas históricos que pesan sobre la orientación sexual. “Creo que la poesía ayuda a sacarle el peso simbólico que tiene que ver tanto con la pornografía o la sexualización también como insulto”, señala de forma tajante.
Frente a esos discursos, su escritura busca operar como una resistencia que plasme el erotismo y el afecto desde una óptica propia, libre de la mirada masculina. El objetivo de sus versos es, en última instancia, “hackear la norma”. Para la escritora, visibilizar “formas de amar que se sientan propias” y que queden por fuera de las reglas del mundo permite, finalmente, inventar nuevas maneras de construir los vínculos.













