
En un pequeño paraje del desierto mendocino, las familias se organizaron para evitar que sus hijos tuvieran que alejarse de sus hogares durante días. Con donaciones, rifas y trabajo voluntario, transformaron un terreno vacío en un símbolo de esperanza.
Había niños que corrían a esconderse entre los puestos cuando veían llegar el colectivo escolar. No lo hacían por rebeldía ni porque no quisieran aprender. Sabían que subir a ese vehículo significaba alejarse de sus familias durante varios días. La escena se repetía en El Puerto, un pequeño paraje del departamento de Lavalle, en Mendoza, donde los estudiantes debían recorrer aproximadamente 35 kilómetros hasta una escuela albergue en San Miguel.
Para sus padres, aquella separación era cada vez más difícil de aceptar. Querían que sus hijos recibieran educación, pero también que pudieran regresar a casa cada tarde. Así comenzó una historia de solidaridad que, dos décadas después, volvió a cobrar protagonismo gracias al documental Güentota, una escuela para El Puerto, del realizador mendocino Miguel Ángel “Patán” Púrpora.
Los niños de Mendoza que debían alejarse 35 kilómetros de sus familias para estudiar
En esta comunidad del secano mendocino, asistir a clases implicaba mucho más que recorrer una distancia considerable. El sistema de escuelas albergue obligaba a los alumnos a permanecer lejos de sus hogares durante períodos prolongados. Para muchos niños, separarse de sus padres resultaba angustiante.

En 2004, el docente Eduardo Chirola Ruiz llegó a El Puerto y conoció la preocupación de las familias, entre ellas integrantes de la comunidad huarpe Huentota. El referente comunitario Ramón Azaguate había planteado una pregunta que parecía imposible de responder: ¿cómo conseguir una escuela cerca de sus casas?
Las primeras reuniones permitieron identificar una necesidad compartida. Sin embargo, las autoridades consideraban que la cantidad de alumnos era insuficiente para justificar un nuevo establecimiento.
La decisión de los padres: construir una escuela con sus propias manos
Frente a las dificultades, los pobladores tomaron una decisión extraordinaria: levantarían ellos mismos el edificio. “Nos ponemos a construir nosotros, si es necesario, a conseguir materiales de construcción y hacer una escuela”, recordó Ruiz en declaraciones recogidas por Los Andes.

En 2006, comenzaron los trabajos sobre un terreno comunitario. Primero colocaron las estacas y excavaron las zanjas. Después llegaron los ladrillos, el cemento y las primeras paredes.
Los vecinos organizaron rifas, peñas y fiestas para reunir dinero. También recibieron donaciones de materiales y ayuda de voluntarios. Durante numerosos fines de semana, familias, colaboradores y albañiles trabajaron todos juntos, convencidos de que cada ladrillo acercaba a sus hijos a una vida diferente.
De un terreno vacío a una escuela pública: el logro de una comunidad de Lavalle
La construcción llegó a contar con dos aulas, una cocina y un baño. Sin embargo, todavía faltaba algo fundamental: conseguir que el establecimiento fuera reconocido oficialmente y tuviera docentes.
Las gestiones continuaron hasta que, en 2008, comenzó a funcionar la Escuela N.º 1-737, incorporada al sistema educativo provincial. Posteriormente recibió el nombre de Máximo Arias, fotógrafo mendocino que había acompañado y colaborado con la comunidad durante la construcción.

El logro también impulsó nuevas oportunidades laborales y educativas para los habitantes de la zona. Aquella escuela había nacido para evitar que los niños se alejaran de sus familias, pero terminó convirtiéndose en un punto de encuentro para todo el pueblo.
La historia de la escuela que inspiró a otros pueblos de Mendoza
La experiencia de El Puerto tuvo un inesperado efecto: otras comunidades rurales comenzaron a organizarse para conseguir sus propios establecimientos. Así surgieron iniciativas similares en La Majada y El Cavadito. Entre 2007 y 2009, tres escuelas primarias quedaron en funcionamiento en aquella región.
También se impulsó un centro educativo para jóvenes y adultos, destinado a quienes necesitaban completar sus estudios. En septiembre de 2026, la historia volvió a difundirse mediante el documental testimonial de Púrpora, que recupera imágenes y recuerdos de quienes participaron en aquella construcción colectiva.
Lo que comenzó con niños escondiéndose para evitar una despedida terminó demostrando la fuerza de una comunidad organizada. En El Puerto, las familias no construyeron solamente paredes y aulas: levantaron una escuela para que sus hijos pudieran estudiar sin tener que abandonar, durante días, el lugar al que pertenecían.




















