El 10 de abril de 1938, el Luna Park dejó de ser, por unas horas, el gran templo popular del deporte y los espectáculos para convertirse en el escenario de una de las postales más inquietantes de la historia argentina: miles de personas reunidas bajo banderas con esvásticas, saludos nazis y vítores a Adolf Hitler. Aquel acto, realizado en Corrientes y Bouchard, fue convocado para celebrar la anexión de Austria a la Alemania nazi, conocida como Anschluss, ocurrida semanas antes, entre el 11 y el 13 de marzo de 1938.
La imagen resulta todavía más impactante por el lugar elegido. El Luna Park, fundado en 1931 y asociado a grandes peleas de boxeo, actos políticos y espectáculos masivos, fue decorado esa mañana con símbolos del Tercer Reich. Según reconstrucciones históricas, la asistencia osciló entre 12.000 y 20.000 personas, entre alemanes, austríacos y argentinos simpatizantes del régimen.
Qué se celebraba realmente en el Luna Park
El acto no fue una reunión aislada ni una extravagancia local. Formó parte de una estrategia global de propaganda del nazismo para mostrar apoyo internacional a la incorporación de Austria al Reich. La Anschluss fue el primer gran paso expansionista de la Alemania nazi y violó los tratados de Versalles y Saint-Germain, que prohibían la unión entre Austria y Alemania.

Hitler había ordenado después un plebiscito para revestir de legalidad una anexión consumada por la presión política y militar. El resultado oficial fue presentado como un apoyo casi total, con cifras superiores al 99%, aunque el proceso estuvo controlado por el aparato nazi. En Argentina, también se organizó una votación simbólica en instituciones alemanas, clubes y colegios, a la que se estima que asistieron unas 25.000 personas.
Esvásticas, himnos y una multitud frente al escenario
La puesta en escena fue cuidadosamente diseñada. El estadio apareció cubierto por banderas, emblemas y consignas del régimen. En el escenario se ubicaron abanderados con uniformes y brazaletes, mientras el lema“Ein Volk, ein Reich, ein Führer”, es decir, “un pueblo, un imperio, un líder”, dominaba el fondo del Luna Park.
Uno de los datos más perturbadores fue que la multitud cantó el Himno Nacional Argentino mientras muchos asistentes realizaban el saludo nazi. La escena condensaba una contradicción histórica: en un estadio porteño, bajo autorización de las autoridades, se celebraba una expansión militar extranjera promovida por una dictadura racista y totalitaria.
La Argentina de los años 30 y el avance de la propaganda nazi
Para entender cómo pudo ocurrir algo así, hay que mirar el clima político de la época. En 1938 gobernaba Roberto M. Ortiz, en un país atravesado por tensiones ideológicas, nacionalismos autoritarios y una fuerte presencia de comunidades europeas. El nazismo ya tenía actividad organizada en Argentina desde comienzos de la década de 1930, a través de grupos vinculados al Partido Nazi en el exterior.
La influencia alemana no era solo cultural. Archivos estadounidenses señalan que, al estallar la Segunda Guerra Mundial, existía en Argentina una importante población alemana, con decenas de miles de personas vinculadas a organizaciones nacionalsocialistas, además de presencia económica en sectores como bancos, industria química, farmacéutica, construcción, seguros y metalurgia.
Las protestas que terminaron en represión
Mientras dentro del Luna Park se celebraba el acto, afuera crecía el rechazo. Organizaciones estudiantiles, sectores políticos y entidades judías repudiaron la convocatoria. La Federación Universitaria Argentina intentó movilizarse desde Plaza San Martín, pero el gobierno no autorizó la concentración con el argumento de que no había suficientes policías disponibles, ya que una gran cantidad de efectivos había sido destinada a custodiar el acto nazi.
La protesta se realizó igual y fue reprimida con dureza. Hubo heridos, detenidos y disturbios en el centro porteño. Las crónicas posteriores registran incluso dos muertes vinculadas al caos en las calles: Toribio Santos y Juan Camino, personas que no formaban parte directa de la manifestación, pero quedaron atrapadas en la violencia de aquella jornada.
El argentino que llegó a ser ministro de Hitler
Otro capítulo poco conocido de esta historia es el de Richard Walther Darré, nacido en Buenos Aires en 1895 y convertido años después en ministro de Alimentación y Agricultura del régimen nazi. Darré fue una figura clave dentro del aparato ideológico del Tercer Reich, especialmente por su vínculo con las teorías raciales aplicadas al campo y la población rural.
Su nombre también aparece relacionado con investigaciones sobre activos nazis y movimientos financieros hacia Argentina. Documentos y estudios citados por archivos históricos señalan que empresas, bancos y redes comerciales alemanas tuvieron un papel relevante en la región durante la guerra, y que Argentina fue observada por los Aliados por sus vínculos económicos con intereses alemanes.
El acto nazi del Luna Park no fue apenas una rareza del pasado. Fue una demostración de hasta qué punto el Tercer Reich logró proyectar su propaganda fuera de Europa y encontrar eco en sectores de la sociedad argentina. También dejó expuesta la fragilidad institucional de una época en la que una manifestación totalitaria pudo realizarse con custodia oficial, mientras quienes la repudiaban eran reprimidos.

















