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El presidente doctor que pudo no nacer: Illia y la masacre xenófoba que marcó a su familia

Antes de convertirse en símbolo de austeridad y honestidad política, Arturo Illia quedó unido a una historia familiar atravesada por sangre, odio y una huida que pudo cambiar el destino argentino.

Arturo Illia
Arturo Illia Foto: Archivo
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Arturo Umberto Illia quedó en la memoria colectiva como el presidente doctor, el hombre austero que caminaba sin estridencias por los pasillos del poder y que, antes de llegar a la Casa Rosada, había dedicado buena parte de su vida a atender enfermos en Cruz del Eje. Pero detrás de esa imagen serena se esconde una historia mucho más inquietante: Illia pudo no haber nacido jamás si su familia no hubiese logrado escapar, por minutos, de una de las matanzas xenófobas más brutales del siglo XIX argentino.

La escena ocurrió lejos de los discursos presidenciales y de los salones oficiales. Fue en Tandil, en la madrugada del 1 de enero de 1872, cuando un grupo de gauchos exaltados salió a matar extranjeros al grito de “¡Mueran los extranjeros y los masones!”. Aquella jornada terminó con 36 personas asesinadas, entre ellas inmigrantes y niños, en un episodio que quedó grabado como una de las masacres más oscuras de la historia argentina.

La Matanza de Tandil: odio, fanatismo y una madrugada de terror

Para entender la tragedia hay que retroceder a un país en formación, atravesado por tensiones sociales, miedo al extranjero, disputas por la tierra y supersticiones que podían encender la violencia. En ese clima apareció Gerónimo G. Solané, conocido como Tata Dios, un curandero que ganó influencia entre sectores rurales y alimentó un discurso contra inmigrantes y masones, a quienes acusaba de robar trabajo, tierras y de traer males al país.

Litografía de Miguel Potel Junot con los principales integrantes de la banda de fanáticos que asesinaron a 36 personas en Tandil (La5tapata.net)
Litografía de Miguel Potel Junot con los principales integrantes de la banda de fanáticos que asesinaron a 36 personas en Tandil (La5tapata.net)

Según las reconstrucciones históricas, la madrugada de Año Nuevo de 1872 cerca de 50 paisanos armados avanzaron sobre el pueblo. Antes, habían liberado presos para sumar hombres al ataque. La consigna era tan simple como brutal: eliminar a quienes consideraban enemigos de la “patria” y de la religión. Lo que siguió fue una cacería. Casas, pulperías y comercios quedaron atravesados por el terror de una violencia que mezclaba fanatismo, xenofobia y manipulación.

Entre los inmigrantes que vivían en la zona estaba la familia Illia. Martín Illia, padre del futuro presidente Arturo Illia, había llegado desde Lombardía siendo niño junto a su familia, y se había instalado en Tandil con un pequeño tambo. La noche de la masacre, los Illia fueron advertidos a tiempo y lograron salvar sus vidas. Esa huida silenciosa fue mucho más que un escape familiar: fue una curva escondida en la historia argentina.

La familia que volvió a empezar después del horror

Después de aquella matanza, la familia Illia decidió regresar a Italia. Pero el vínculo con Argentina no se rompió. Años más tarde, Martín Illia volvió solo al país, trabajó como jornalero en la construcción de ferrocarriles, reunió ahorros y finalmente compró tierras cerca de Pergamino, donde formó una familia numerosa junto a Emma Francesconi. De ese hogar rural, humilde y atravesado por la cultura inmigrante, nacería el 4 de agosto de 1900 Arturo Umberto Illia.

La familia Illia
La familia Illia

El dato adquiere una fuerza especial cuando se lo mira en perspectiva: si la familia Illia hubiese sido alcanzada por la violencia de Tandil, la Argentina podría no haber tenido al presidente que décadas más tarde sería reivindicado por su honestidad, su austeridad y su defensa de las instituciones. La historia nacional, muchas veces, no se decide únicamente en los grandes palacios, sino también en corridas desesperadas, advertencias a último momento y decisiones familiares tomadas bajo el miedo.

De Pergamino a Cruz del Eje: el médico que atendía a los pobres

Arturo Illia nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en una familia de inmigrantes italianos. Estudió Medicina en la Universidad de Buenos Aires y se graduó en 1927. Poco después, una entrevista con Hipólito Yrigoyen lo llevó a aceptar un destino que marcaría su vida: ejercer como médico ferroviario en el interior. Así llegó a Cruz del Eje, Córdoba, donde se instaló y se convirtió en una figura profundamente querida.

Illia, el presidente que pudo no existir por una matanza
Arturo Illia Foto: Archivo

Allí nació el hombre público, pero también el mito íntimo. Illia recorría largas distancias para atender pacientes sin recursos, muchas veces a caballo, en sulky o a pie, y compraba medicamentos de su propio bolsillo para quienes no podían pagarlos. Por esa entrega, muchos lo llamaron“el Apóstol de los Pobres”, una imagen que explica mejor que cualquier consigna política por qué su figura sobrevivió al paso del tiempo.

Su carrera política creció de manera gradual. Fue senador provincial, vicegobernador de Córdoba y diputado nacional. En 1962 fue elegido gobernador cordobés, pero no llegó a asumir por la crisis institucional que terminó con el derrocamiento de Arturo Frondizi. Un año después, en medio de una democracia condicionada y con el peronismo proscripto, Illia llegó a la Presidencia de la Nación.

La presidencia breve que dejó huellas profundas

Illia asumió el 12 de octubre de 1963 y gobernó hasta el 28 de junio de 1966, cuando fue derrocado por un golpe militar encabezado por Juan Carlos Onganía. Su mandato fue breve, pero dejó políticas que aún hoy aparecen en los debates históricos: la Ley de Salario Mínimo, Vital y Móvil, la Ley de Medicamentos, el aumento del presupuesto educativo, el impulso a la alfabetización, la defensa de la industria nacional y la inclusión de Malvinas en el proceso de descolonización a través de la Resolución 2065 de la ONU.

Arturo Illia, expresidente de la Nación 1963-1966
Arturo Illia, expresidente de la Nación 1963-1966

También anuló contratos petroleros firmados durante el gobierno de Frondizi, una decisión que le generó resistencia de sectores económicos y militares. Su estilo sobrio, lejos de la espectacularidad, fue utilizado por sus opositores para instalar la idea de un presidente “lento”. Sin embargo, con el paso de los años, esa misma sobriedad comenzó a leerse de otro modo: no como debilidad, sino como una forma de ejercer el poder sin convertirlo en propiedad personal.

El golpe de 1966 interrumpió su gobierno y abrió una nueva etapa autoritaria en la Argentina. Tras ser expulsado del poder, Illia no acumuló riquezas ni buscó refugiarse en privilegios. Rechazó beneficios, mantuvo un bajo perfil y siguió siendo recordado como un dirigente de manos limpias. Murió el 18 de enero de 1983, pocos meses antes del retorno democrático, como si su figura hubiese quedado esperando el momento exacto para ser reivindicada.

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