
En una de las zonas más emblemáticas del sur de la Ciudad de Buenos Aires existe un edificio que parece custodiar los secretos de otra época. Su imponente fachada, sus grandes ventanales y sus reconocibles cúpulas despiertan la curiosidad de quienes recorren la avenida Martín García.
Actualmente se lo conoce como Palacio Lezama, pero durante buena parte del siglo XX fue el corazón productivo de una de las empresas alimenticias más recordadas del país: Canale.
Ubicado en avenida Martín García 320, frente al Parque Lezama, el complejo ocupa aproximadamente 30.000 metros cuadrados, distribuidos entre la planta baja y seis pisos. Aunque suele ser relacionado con San Telmo, se encuentra en una zona donde confluyen también las identidades de La Boca y Barracas.
De una pequeña panadería a un imperio familiar
La historia comenzó en 1875, cuando José Canale, un inmigrante genovés, abrió junto con su esposa, Blanca Vaccaro, una pequeña panadería en la esquina de Defensa y Cochabamba.
El comercio ganó popularidad entre los vecinos, pero José murió pocos años después. El emprendimiento quedó entonces en manos de su viuda y sus cinco hijos, quienes decidieron continuar y expandir el negocio familiar.

Uno de ellos, Amadeo Canale, tuvo un papel fundamental en el crecimiento de la compañía y quedó relacionado con la creación de los famosos bizcochos y del tradicional pan dulce de la marca.
La demanda aumentó tanto que la familia necesitó un espacio más grande. A comienzos del siglo XX trasladó la producción frente al Parque Lezama, donde levantó una fábrica que abrió sus puertas hacia 1910.
El secreto arquitectónico del Palacio Lezama
El edificio es un destacado ejemplo de la arquitectura industrial de principios del siglo XX. Su diseño no estaba pensado como residencia aristocrática, sino para responder a las necesidades de una producción a gran escala.
En su interior, la estructura metálica permitía cubrir enormes superficies sin utilizar una cantidad excesiva de columnas. De esa manera, podían distribuirse libremente los hornos, las maquinarias y las líneas de producción.

La empresa incorporó tecnología avanzada para la época, como una máquina cortadora de bizcochos. El crecimiento fue tan importante que Canale llegó a anexar varias viviendas de la manzana.
Además, allí no solamente se fabricaban alimentos. También se producían las recordadas latas impresas de la compañía, que décadas después se transformaron en piezas muy buscadas por los coleccionistas.
Los productos que llegaron a millones de hogares
En la década de 1920, los bizcochos Canale se consolidaron como uno de los productos más populares de la empresa. Con el paso del tiempo se sumaron dulces, mermeladas, fideos, harinas, conservas, panes navideños y diferentes variedades de galletitas.
Durante los años 70 aparecieron las recordadas Cerealitas, mientras que el pan dulce se convirtió en un clásico de las celebraciones de fin de año.

La expansión superó las fronteras porteñas. La compañía llegó a contar con una fábrica de latas en Llavallol y establecimientos relacionados con la producción de conservas en provincias como Mendoza y Río Negro.
Sin embargo, el Palacio Lezama continuó siendo su mayor símbolo. En sus instalaciones trabajaban cientos de personas entre hornos industriales, cintas transportadoras y enormes depósitos.
El incendio que cambió su historia
El momento más dramático ocurrió en 1985, cuando un incendio consumió una parte considerable de la fábrica. El fuego provocó graves daños y representó un golpe del que la empresa nunca logró recuperarse completamente.
La actividad comenzó a disminuir y, después de varios años de dificultades, la fábrica cerró definitivamente en 2000. Los hornos se apagaron, las máquinas dejaron de funcionar y el gigantesco inmueble quedó abandonado.
Durante años, el edificio permaneció como una enorme cápsula del tiempo frente al Parque Lezama. Sin embargo, sus muros todavía tenían una oportunidad.
Del abandono a una nueva vida
El antiguo complejo comenzó a utilizarse para exposiciones y eventos. En 2006 fue sede de Casa FOA, una experiencia que volvió a mostrar el enorme potencial de sus espacios interiores.
Posteriormente, el Palacio Lezama atravesó un importante proceso de restauración. La intervención conservó la fachada histórica y varios elementos de su arquitectura original, pero adaptó los interiores para nuevos usos.
También se incorporaron dos pisos retirados con terrazas verdes, diseñados para no competir visualmente con la construcción histórica.
En 2012, dentro de un plan para revitalizar el sur porteño, el edificio fue rehabilitado para funcionar como espacio de oficinas. Actualmente alberga dependencias del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Los bizcochos ya no salen de sus hornos, pero el Palacio Lezama continúa siendo un símbolo de la memoria industrial porteña. Nació con la inmigración, creció junto con la industria nacional, sobrevivió al fuego y consiguió reinventarse sin borrar las huellas de su pasado.





















