
En el antiguo Juzgado de Paz de San Pedro, en el norte bonaerense, apareció una pieza histórica de enorme valor: nueve partes oficiales emitidos entre marzo y julio de 1852 que revelan el intento de reorganizar el Regimiento de Granaderos a Caballo, la fuerza de élite fundada por José de San Martín en 1812.
El material fue recuperado por el Archivo de Documentación del Museo Paleontológico de San Pedro, bajo la dirección de José Luis Aguilar, junto a Noelia González y Javier Saucedo. Lo más llamativo es que esos papeles no narran un episodio menor. Por el contrario, muestran que el gobierno de Justo José de Urquiza buscó volver a poner en pie el histórico cuerpo sanmartiniano, apenas meses después de la caída de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros.
Según los documentos, la reorganización estuvo a cargo del teniente general Eustoquio Frías, un veterano de las campañas libertadoras que había servido en Perú, Ecuador y el sur de Chile. Su nombre no era casual: Frías era una conexión viva con la gesta de la independencia.
El “último granadero” que quiso devolverle vida al regimiento
La figura de Eustoquio Frías es clave para entender la potencia simbólica del hallazgo. Nacido en Cachi, Salta, el 20 de septiembre de 1801, fue testigo de una época fundacional: de niño vivió la etapa final del Virreinato del Río de la Plata y luego atravesó las guerras de independencia, la organización nacional y las presidencias que moldearon al país moderno.
Su vínculo con la historia militar comenzó muy temprano. Durante la batalla de Tucumán de 1812, siendo apenas un niño, habría colaborado llevando agua a los artilleros patriotas, mientras su padre, Pedro José Frías, resultó gravemente herido y perdió una pierna.
Años después, con menos edad de la reglamentaria, buscó sumarse al Ejército de los Andes en Mendoza. Aunque en un primer momento fue rechazado por su juventud y contextura física, logró incorporarse a los Granaderos gracias a la mediación de Mariano Necochea.
Frías no fue un nombre decorativo. Participó en campañas del Perú, acciones en la sierra, la campaña de Quito y combates vinculados a la guerra de independencia sudamericana. También estuvo asociado a episodios como Junín y Ayacucho, dos hitos decisivos para sellar el final del dominio español en América del Sur.
Por eso, que Urquiza lo convocara en 1852 para reorganizar un cuerpo de caballería tenía una fuerte carga política e histórica: Frías representaba una continuidad directa con el ejército de San Martín.
El plan de 1852: 56 soldados, armas y una ilusión que duró poco
Los documentos encontrados en San Pedro hablan de un proyecto concreto. Allí aparecen listados de 56 soldados incorporados, pedidos de armamento, insumos de escritorio y diarios de campaña.
La fuerza fue mencionada como Regimiento de Granaderos a Caballo de Nueva Creación, una denominación que revela la intención de recuperar no solo una estructura militar, sino también una tradición cargada de sentido patriótico.

Sin embargo, el impulso duró apenas unos cinco meses. La iniciativa chocó con un país en plena tensión política. En septiembre de 1852 estalló la revolución que inició la separación de Buenos Aires de la Confederación Argentina, un quiebre institucional que alteró los planes militares y financieros del gobierno de Urquiza.
Frías también debió reclamar sueldos adeudados para soldados, suboficiales y oficiales, además de afrontar deudas por alimentos y vestimenta. El proyecto comenzó a desarmarse en medio de la incertidumbre política, la falta de recursos y la fragilidad institucional de una Argentina que todavía no lograba consolidarse como Nación.

El intento terminó diluyéndose. Para noviembre de 1852, Frías quedó reducido a cumplir una misión en la Guardia de San Miguel del Monte con un grupo pequeño de militares, lejos de la ambición inicial de recuperar en plenitud a los Granaderos.
El sueño de resucitar el cuerpo de San Martín quedó archivado, literalmente, entre papeles olvidados.
De San Martín a Roca: la larga vida de un símbolo argentino
El Regimiento de Granaderos a Caballo había sido creado el 16 de marzo de 1812, cuando el Primer Triunvirato designó a José de San Martín como teniente coronel de Caballería y comandante del escuadrón que debía organizarse.
La unidad fue concebida como una fuerza de élite, disciplinada y profesional, destinada a desempeñar un papel decisivo en la guerra por la independencia. San Martín no buscaba formar un cuerpo militar común: quería soldados preparados, rigurosos y comprometidos con una causa continental.

Su bautismo de fuego llegó el 3 de febrero de 1813, en el combate de San Lorenzo, la única batalla que San Martín libró en territorio argentino. Allí, los Granaderos derrotaron a las fuerzas realistas en una acción breve pero decisiva, que se convirtió en uno de los mitos fundacionales del Ejército Argentino.
Luego, el cuerpo acompañó las campañas libertadoras en Chile, Perú y Ecuador, y su nombre quedó asociado a batallas como Chacabuco, Maipú, Riobamba, Pichincha, Junín y Ayacucho.
Finalizadas las guerras de emancipación, el regimiento fue disuelto en 1826, durante la presidencia de Bernardino Rivadavia. Esa disolución tuvo una consecuencia simbólica poderosa: el cuerpo creado por San Martín no participó en guerras civiles argentinas, por lo que conservó intacta su identificación con la independencia americana.
La recuperación definitiva llegaría recién en 1903, cuando el presidente Julio Argentino Roca dispuso por decreto la recreación del Regimiento de Granaderos a Caballo como cuerpo permanente del Ejército. El decreto estableció que debía usar el uniforme histórico del Regimiento de la Independencia en las formaciones de parada.
Años después, en 1909, durante la presidencia de José Figueroa Alcorta, los Granaderos pasaron a cumplir funciones de escolta presidencial, rol que mantienen hasta la actualidad.


















