
La mañana del 29 de agosto de 1857, una multitud se reunió cerca de la actual Plaza Lavalle para presenciar un acontecimiento que cambiaría para siempre la historia del país. Entre banderas, discursos y autoridades, la locomotora La Porteña realizó el primer viaje oficial del ferrocarril argentino.
Aquel tren era considerado un símbolo del progreso. Sin embargo, catorce años después, la misma red ferroviaria quedó vinculada con una de las imágenes más estremecedoras del pasado porteño: un convoy cargado con ataúdes que avanzaba hacia el cementerio de la Chacarita.
Así, la locomotora que había maravillado a Buenos Aires terminó relacionada con el llamado “tren de la muerte”.
La Porteña y el primer viaje ferroviario argentino
El proyecto comenzó a tomar forma en 1853, cuando comerciantes y propietarios crearon la Sociedad Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste. Un año después, el gobernador Pastor Obligado autorizó la construcción de una línea que comunicaría el centro porteño con los poblados ubicados hacia el oeste.

En ese momento, Buenos Aires se encontraba separada de la Confederación Argentina. Por esa razón, el ferrocarril no tenía solamente una finalidad comercial: también funcionaba como una demostración de poder económico, modernización y autonomía política.
La primera terminal recibió el nombre de Estación del Parque y se encontraba en la manzana donde actualmente está el Teatro Colón. Desde allí, las vías atravesaban el centro, continuaban hacia Once y llegaban hasta el entonces pueblo de La Floresta.
Cómo era la locomotora que sorprendió a Buenos Aires
La Porteña fue fabricada en Inglaterra y llegó al puerto de Buenos Aires el 25 de diciembre de 1856. Pesaba cerca de 15.750 kilos y podía alcanzar una velocidad aproximada de 25 kilómetros por hora.
Trasladarla desde el puerto hasta la estación fue una operación extraordinaria. La locomotora debió ser colocada sobre un enorme carro impulsado por decenas de bueyes.

Sobre su origen existe una antigua controversia. Una versión asegura que había sido construida para la India y utilizada durante la Guerra de Crimea. Otros investigadores sostienen que llegó directamente desde los talleres británicos. La ausencia de pruebas definitivas convirtió su pasado europeo en uno de los grandes misterios ferroviarios argentinos.
Los coches de pasajeros eran de madera, tenían lámparas de aceite y podían transportar alrededor de 30 personas. Para los habitantes de aquella Buenos Aires, ver avanzar una máquina envuelta en humo y vapor era un espectáculo completamente nuevo.
El viaje que inauguró una nueva era
El recorrido oficial fue realizado el sábado 29 de agosto de 1857. Entre los invitados se encontraban Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sársfield, Valentín Alsina y Estanislao del Campo.
Luego de una ceremonia religiosa, La Porteña partió en dirección a Floresta. Durante el trayecto, cientos de vecinos se acercaron para observar el paso de aquella máquina ruidosa que parecía anunciar la llegada del futuro.
El servicio público comenzó al día siguiente, el 30 de agosto de 1857, fecha que quedó vinculada con el Día de los Ferrocarriles Argentinos. Durante su primer año, el tren transportó más de 56.000 pasajeros y unas 2.257 toneladas de carga.
Pero el destino de aquella locomotora tendría un giro inesperado.
De símbolo del progreso al “tren de la muerte”
En 1871, una devastadora epidemia de fiebre amarilla golpeó Buenos Aires. La ciudad tenía serios problemas sanitarios: faltaban cloacas, el acceso al agua potable era limitado y numerosos conventillos se encontraban superpoblados.

En aquella época todavía se desconocía que la enfermedad era transmitida por el mosquito Aedes aegypti. En el momento más crítico de la epidemia, Buenos Aires llegó a registrar más de 500 fallecimientos diarios. Las estimaciones históricas ubican el saldo total cerca de las 14.000 víctimas.
Los cementerios existentes colapsaron. El Cementerio del Sur, ubicado en el actual Parque Florentino Ameghino, quedó sin espacio y las autoridades tuvieron que habilitar urgentemente un nuevo enterratorio en la zona de la Chacarita.
El problema era trasladar hasta allí una cantidad creciente de cuerpos.
El ramal funerario que atravesaba Corrientes
Para responder a la emergencia, se construyó un ramal ferroviario especial de aproximadamente seis kilómetros. Su recorrido avanzaba por la actual avenida Corrientes hasta llegar al nuevo cementerio.
La formación partía desde una terminal ubicada cerca de Corrientes y Bermejo, hoy Jean Jaurès. El lugar pasó a ser conocido popularmente como la Estación de los Muertos.
Desde allí salían vagones con ataúdes cubiertos por lonas. También se habría incorporado un coche destinado a los familiares que acompañaban a las víctimas durante su último recorrido.
Diversas reconstrucciones históricas sostienen que La Porteña fue una de las locomotoras utilizadas para impulsar aquel convoy funerario. De esta manera, la máquina celebrada en 1857 quedó vinculada con el traslado de los fallecidos durante la tragedia sanitaria de 1871.
Una locomotora con dos historias opuestas
El llamado “tren de la muerte” fue mucho más que una solución de emergencia. Su paso por Buenos Aires mostraba ante los vecinos la verdadera dimensión de una epidemia que ya no podía ocultarse.
La crisis también transformó la ciudad. Numerosas familias abandonaron los barrios del sur y se trasladaron hacia el norte, mientras las autoridades comenzaron a discutir con mayor urgencia la construcción de cloacas, la provisión de agua corriente y el tratamiento de los residuos.
La Porteña condensó las dos caras del siglo XIX argentino. Primero representó el entusiasmo por la tecnología, el comercio y la expansión urbana. Tiempo después, quedó asociada con una ciudad desbordada por la enfermedad y la muerte.
El primer tren argentino no solamente transportó pasajeros y mercaderías. Durante uno de los capítulos más oscuros de Buenos Aires, también habría llevado los cuerpos de quienes no lograron sobrevivir a la epidemia. Esa transformación explica por qué su historia todavía provoca asombro, fascinación y escalofríos.




















