
La Buenos Aires de 1810 era una ciudad pequeña, en la que las familias influyentes se conocían y los matrimonios eran cuidadosamente acordados. En ese escenario, Ángela Castelli tomó una decisión capaz de provocar un escándalo: se enamoró de un adversario político de su propio padre.
No era una joven cualquiera. Era hija de Juan José Castelli, el abogado que defendió la soberanía popular durante el Cabildo Abierto del 22 de mayo y que pasó a la historia como el“Orador de Mayo”. Integrante de la Primera Junta y primo segundo de Manuel Belgrano, fue una de las figuras más radicales de la Revolución.
Ángela había nacido en 1794 y su nombre completo era María Ángela Rosa del Corazón de Jesús Castelli Lynch. Sin embargo, ni su apellido ni su posición social impidieron que protagonizara una historia atravesada por el amor, la desobediencia y la lucha independentista.
El hombre que enfrentó a Castelli por amor
El elegido por Ángela fue Francisco Javier Igarzábal, un joven oficial cercano a Cornelio Saavedra. Allí estaba el problema: Saavedra representaba a un sector enfrentado con los revolucionarios más radicalizados, entre ellos Castelli y Mariano Moreno.
Castelli se opuso firmemente al matrimonio, pero su hija no estaba dispuesta a renunciar. La pareja recurrió a un procedimiento conocido como “juicio de disenso”, utilizado cuando los padres negaban la autorización para una boda.

Ángela e Igarzábal finalmente se fugaron y contrajeron matrimonio. Por esa decisión llegaron a enfrentar un castigo de destierro, aunque una movilización de mujeres cercanas a la joven consiguió que fueran indultados.
El 30 de mayo de 1812, la unión quedó formalizada en la Basílica de Nuestra Señora de la Merced. Entre los testigos estuvieron Antonio José de Escalada y Tomasa de la Quintana.
Las mujeres que reunieron dinero para comprar fusiles
Ese mismo año, Ángela volvió a desafiar las expectativas de su tiempo. Mientras el gobierno revolucionario atravesaba dificultades económicas, un grupo de mujeres porteñas comenzó a reunir fondos para equipar al Ejército.
La iniciativa surgió con la llegada de un cargamento procedente de Estados Unidos, compuesto por 1000 fusiles y aproximadamente 350.000 piedras de chispa. Ante la falta de recursos oficiales, catorce mujeres se reunieron en la casa de Tomasa de la Quintana para colaborar.

Ángela integró aquella organización, conocida como la Sociedad Patriótica. Sus participantes aportaron dinero para adquirir trece fusiles y entregaron dos onzas de oro.
En una sociedad que reservaba la guerra y la política para los hombres, aquellas mujeres encontraron una forma concreta de intervenir. No empuñaron las armas, pero ayudaron a colocarlas en manos del Ejército revolucionario.
El doloroso final del “Orador de Mayo”
Mientras Ángela comenzaba una nueva vida, su padre atravesaba el período más difícil de su carrera. Después de la derrota patriota en la batalla de Huaqui, ocurrida en 1811, Castelli fue apartado de su cargo y sometido a juicio por su actuación en el Alto Perú.
Al mismo tiempo, padecía un cáncer de lengua. El hombre conocido por sus discursos perdió la voz y tuvo que defenderse por escrito. Murió el 12 de octubre de 1812, a los 48 años, antes de conocer una resolución judicial.

Su familia quedó en una situación económica crítica. Una propiedad fue rematada y su viuda, María Rosa Lynch, debió reclamar durante años los sueldos que el gobierno le adeudaba.
Ángela sobrevivió a su padre durante más de seis décadas. Se casó otras dos veces, tuvo cuatro hijos con Samuel Lea y murió en 1876, a los 82 años. Sus restos fueron depositados en el Cementerio de la Recoleta.
Durante mucho tiempo fue apenas una mención secundaria en las biografías de Castelli. Sin embargo, eligió con quién casarse cuando esa decisión pertenecía a los padres, enfrentó el riesgo del destierro y aportó recursos para sostener la Revolución.
Su apellido la vinculó con Mayo, pero fueron sus propias decisiones las que le reservaron un lugar en la historia argentina.














