
En 1902, cuando recorrer la Patagonia era una verdadera expedición, Aarón de Anchorena llegó a la Isla Victoria. Tenía 24 años, pertenecía a una de las familias más poderosas de la Argentina y quedó fascinado por aquel territorio rodeado por las aguas del lago Nahuel Huapi.
La isla, ubicada en la provincia de Neuquén, posee alrededor de 31 kilómetros cuadrados, equivalentes a 3100 hectáreas. Se extiende unos 20 kilómetros de norte a sur y combina bosques, playas, acantilados, lagunas interiores y bahías naturales.
Sin embargo, su historia había comenzado mucho antes. Investigaciones arqueológicas documentaron 30 sitios vinculados con antiguas ocupaciones humanas. Los estudios identificaron una primera presencia hace aproximadamente 2000 años y otra etapa posterior, iniciada hace más de seis siglos.
El joven que quiso transformar una isla patagónica
Luego de conocer el Nahuel Huapi, Anchorena consiguió el arrendamiento de la isla. En 1907, una ley nacional le concedió su usufructo de por vida, aunque renunció a esos derechos en 1911.
Durante aquellos años puso en marcha un proyecto extraordinario para la época. Construyó viviendas, caminos, corrales, un tambo, un muelle y un pequeño astillero. Uno de los principales puntos de acceso a la isla terminaría llevando su apellido: Puerto Anchorena.

El joven aristócrata también creó un vivero e introdujo árboles y animales provenientes de otros continentes. Faisanes, ciervos y diferentes especies forestales comenzaron a convivir con los coihues, cipreses, arrayanes y notros propios del bosque andino patagónico.
En ese momento, incorporar especies exóticas era considerado una muestra de progreso. El objetivo era convertir la región en un territorio productivo y turístico, asociado con la imagen de una “Suiza argentina”.
El experimento forestal que cambió el paisaje
La transformación continuó después de la partida de Anchorena. Durante la década de 1920, el Estado instaló en la isla el Vivero Nacional del Gran Parque del Sur, destinado a estudiar qué árboles podían adaptarse al clima patagónico.
Desde allí se enviaron ejemplares a pueblos, estancias y espacios públicos de diferentes puntos de la región. Con el paso de los años, la isla reunió una colección excepcional de especies originarias de Europa, Asia y América del Norte.

El proyecto también dejó consecuencias inesperadas. Algunas coníferas consiguieron dispersarse fuera de las plantaciones y competir con el bosque nativo. Décadas más tarde, los especialistas comenzaron a estudiar cómo controlar su expansión y reducir el impacto de otros animales introducidos.
Lo que originalmente había sido presentado como una experiencia científica y productiva se convirtió así en un desafío ambiental que continúa hasta la actualidad.
La decisión que protegió a la Isla Victoria
El cambio más importante llegó en 1934. Ese año se consolidó el sistema argentino de parques nacionales y la Isla Victoria quedó incorporada al Parque Nacional Nahuel Huapi.
Habían pasado apenas 32 años desde la llegada de Aarón de Anchorena. La isla que había funcionado como un proyecto privado se transformó en una pieza central de una de las áreas protegidas más emblemáticas del país.

Actualmente, el territorio se encuentra dividido en tres grandes sectores. Dos son áreas intangibles, destinadas a la conservación, mientras que la zona central puede ser visitada por turistas. Allí todavía se conservan senderos, construcciones históricas, ejemplares forestales y rastros del antiguo vivero.
Una isla donde conviven varias etapas de la historia argentina
La Isla Victoria no es solamente uno de los paisajes más impactantes del Nahuel Huapi. En sus bosques se superponen antiguas ocupaciones humanas, proyectos de la aristocracia argentina, experimentos forestales y políticas de conservación.

Sus árboles gigantes y caminos centenarios recuerdan una época en la que transformar la naturaleza era sinónimo de desarrollo. Al mismo tiempo, las investigaciones ambientales actuales muestran que aquellas decisiones tuvieron efectos que todavía deben ser controlados.
A más de 120 años de la llegada de Anchorena, la isla conserva una paradoja: el territorio que alguna vez se intentó modificar por completo terminó convertido en un símbolo de protección ambiental.
















