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En 1536, Pedro de Mendoza trajo caballos al Río de la Plata: décadas después, enormes manadas recorrían las pampas argentinas

Los animales llegaron en barcos durante la expedición que realizó la primera fundación de Buenos Aires. Tras el abandono del asentamiento, algunos quedaron libres y protagonizaron una transformación que modificó para siempre la historia argentina.

Caballos en el Río de la Plata
Pedro de Mendoza trasladó los primeros equinos europeos Foto: Argentina.gob.ar.
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En febrero de 1536, una flota comandada por Pedro de Mendoza llegó a las costas del Río de la Plata. A bordo viajaban más de mil personas, armas, herramientas, provisiones y un grupo de animales que sería decisivo para el futuro del territorio: caballos y yeguas procedentes de Europa.

La expedición había partido con alrededor de cien equinos, aunque no todos lograron sobrevivir a la extensa travesía oceánica. Los ejemplares que desembarcaron fueron utilizados como medio de transporte, instrumento de combate y símbolo de poder por los conquistadores.

Lo que nadie imaginaba era que, después del fracaso de la primera Buenos Aires, algunos quedarían abandonados en la llanura. Sin corrales ni límites naturales que frenaran su avance, comenzaron a reproducirse hasta formar grandes poblaciones salvajes.

Los caballos que cruzaron el océano con Pedro de Mendoza

La expedición estaba integrada por unas 14 embarcaciones y más de 1.500 tripulantes, además de los caballos destinados a facilitar la ocupación del territorio. Pedro de Mendoza había recibido de la Corona española la misión de conquistar y poblar la región del Río de la Plata.

Transportar equinos a través del Atlántico durante el siglo XVI era una tarea extremadamente compleja. Los animales permanecían durante semanas dentro de barcos de madera, soportando movimientos constantes, espacios reducidos y escasez de agua.

Caballos en el Río de la Plata
Los caballos llegaron al Río de la Plata en 1536 Foto: Turismo Buenos Aires

Además, su alimento ocupaba un lugar considerable en las bodegas. Por ese motivo, cada caballo que llegaba con vida representaba un recurso de enorme valor económico y militar.

Las capitulaciones establecían que la expedición debía transportar cien caballos y yeguas, aunque algunas reconstrucciones sostienen que el número se redujo durante el viaje. Tampoco existe plena coincidencia sobre cuántos lograron desembarcar.

El hambre que marcó a la primera Buenos Aires

Pedro de Mendoza estableció el Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire en 1536. Sin embargo, el asentamiento atravesó rápidamente una situación crítica.

La falta de alimentos, las enfermedades y los enfrentamientos provocaron una hambruna devastadora. Los pobladores llegaron a sacrificar animales que originalmente habían sido trasladados para el transporte y la defensa.

Numerosos caballos murieron o fueron consumidos. Otros sobrevivieron en los alrededores del fuerte. Una versión tradicional menciona que quedaron libres cinco yeguas y siete caballos, aunque la cifra exacta continúa siendo discutida por los historiadores.

En 1541, el asentamiento fue despoblado y sus habitantes se trasladaron principalmente hacia Asunción. Detrás quedaron las construcciones precarias y una cantidad indeterminada de equinos.

Por qué se multiplicaron en las pampas argentinas

La llanura pampeana ofrecía condiciones extraordinarias: grandes extensiones de pastizales, abundante agua y espacios abiertos sin cercos.

Los caballos europeos descendían principalmente de animales ibéricos rústicos, vinculados con linajes andaluces y berberiscos. No eran necesariamente ejemplares grandes, pero tenían una notable resistencia y capacidad para sobrevivir en ambientes difíciles.

La selección natural favoreció a los que podían soportar cambios de temperatura, recorrer grandes distancias y alimentarse con los pastos disponibles. Con el paso de las generaciones surgieron enormes tropillas cimarronas, integradas por animales que vivían sin intervención humana.

Su expansión no procedió exclusivamente del grupo que llegó con Pedro de Mendoza. Durante las décadas posteriores, otras expediciones españolas ingresaron nuevos caballos al territorio.

La sorpresa que encontraron décadas después

Cuando Juan de Garay encabezó la segunda fundación de Buenos Aires en 1580, habían pasado 44 años desde la llegada de Pedro de Mendoza.

Las crónicas posteriores describieron la presencia de caballos salvajes en las llanuras cercanas al Río de la Plata. Aquellos animales demostraban que la especie había encontrado un ambiente propicio para reproducirse sin depender de corrales ni cuidados permanentes.

No existe un censo que permita saber cuántos ejemplares había. Algunas narraciones ofrecieron cifras extraordinarias, pero resulta imposible comprobarlas con precisión.

Lo cierto es que los caballos cimarrones se convirtieron en un recurso central. Fueron capturados, domesticados, intercambiados y utilizados para recorrer un territorio donde las distancias eran enormes.

El animal que transformó la historia argentina

La llegada del caballo produjo un cambio que fue mucho más allá del transporte. Diversos pueblos indígenas incorporaron progresivamente al animal y transformaron sus desplazamientos, estrategias de caza, intercambios y formas de combatir.

Más adelante, el caballo se volvió indispensable para la sociedad rural. Permitió arrear ganado, comunicar establecimientos, transportar mercaderías y atravesar regiones donde todavía no existían caminos consolidados.

También tuvo un papel central en las guerras de la Independencia y en los conflictos internos del siglo XIX. Sin caballos, el movimiento de tropas, mensajes y provisiones habría sido mucho más lento.

Con el tiempo, los descendientes de aquellos animales ibéricos contribuyeron al desarrollo del caballo criollo, reconocido por su resistencia, rusticidad y adaptación a las llanuras sudamericanas.

De una expedición fallida a un símbolo nacional

La primera fundación de Buenos Aires terminó en fracaso. Sin embargo, los caballos trasladados como herramientas de conquista encontraron en las pampas un ambiente ideal para prosperar.

No solamente se multiplicaron: transformaron la movilidad, la economía, la guerra y la cultura del territorio que siglos después se convertiría en la Argentina.

Su figura quedó asociada al gaucho, las estancias, las travesías y la vida rural. De esta manera, aquella expedición de 1536 dejó una consecuencia inesperada: el comienzo de una relación inseparable entre los caballos y la historia argentina.

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