
El 28 de julio de 1865, un pequeño barco apareció frente a las costas del golfo Nuevo. Era el Mimosa, un velero que había partido desde Liverpool con 153 colonos galeses, entre ellos más de 50 niños.
Los viajeros no buscaban solamente tierras para trabajar. Querían establecer una comunidad donde pudieran hablar su idioma, practicar su religión y conservar sus tradiciones sin la presión cultural que experimentaban en el Reino Unido.
Así comenzó una de las migraciones más particulares de la historia argentina. Sin embargo, el territorio que encontraron era muy diferente del paisaje fértil que habían imaginado antes de cruzar el Atlántico.
El viaje del Mimosa que cambió la Patagonia
El Mimosa zarpó el 25 de mayo de 1865. A bordo viajaban familias, predicadores, maestros, mineros, carpinteros, herreros, agricultores y un médico. El objetivo era fundar Y Wladfa, nombre galés utilizado para referirse a “la colonia”.

Después de más de dos meses de navegación, llegaron a las inmediaciones de la actual Puerto Madryn. Allí los esperaba una costa desolada, con fuertes vientos, escasa vegetación y prácticamente sin agua dulce.
Durante los primeros días, los colonos utilizaron las cuevas de Punta Cuevas como refugios improvisados. Parte de aquellos vestigios todavía integra la memoria histórica de la ciudad.
La tierra prometida que casi termina en fracaso
Los colonos esperaban encontrar campos aptos para cultivar cerca del mar. Al comprobar la aridez del terreno, se dirigieron hacia el valle inferior del río Chubut, donde comenzó a formarse Rawson.
La localidad recibió ese nombre en reconocimiento a Guillermo Rawson, ministro del Interior durante el gobierno de Bartolomé Mitre y uno de los funcionarios relacionados con el establecimiento de la colonia.

Los primeros cultivos fracasaron por la escasez de lluvias y el desconocimiento del comportamiento del río. En 1867, la situación llegó a ser tan crítica que algunos integrantes regresaron a Puerto Madryn con la intención de abandonar el proyecto. La mayoría, sin embargo, decidió permanecer.
Los canales que transformaron el desierto
El punto de inflexión llegó cuando comenzaron a construir canales de riego para llevar el agua del río hasta las chacras.
La historia destaca el papel de Rachel Jenkins, quien habría advertido que las crecidas favorecían el crecimiento de la vegetación. Su esposo, Aaron Jenkins, quedó vinculado con la construcción de uno de los primeros sistemas agrícolas de riego de la Patagonia.

Gracias a esos canales, sectores áridos se transformaron en terrenos productivos y el trigo se convirtió en una importante fuente de sustento. La expansión dio origen a comunidades como Gaiman y, posteriormente, favoreció el desarrollo de Trelew y Dolavon.
Para 1878, la colonia ya tenía alrededor de 800 habitantes y 15.000 hectáreas sembradas. El crecimiento resultaba sorprendente: apenas trece años antes, sus fundadores habían desembarcado en una costa sin agua potable.
El vínculo de los galeses con los tehuelches
La supervivencia también dependió del contacto con los pueblos originarios. Los colonos establecieron intercambios con grupos tehuelches y aprendieron conocimientos fundamentales para desplazarse, conseguir alimentos y resistir las condiciones de la estepa.

Aunque hubo episodios de tensión, el vínculo fue recordado como una experiencia prolongada de cooperación, comercio y aprendizaje cultural. Con el tiempo, la colonia avanzó hacia el oeste y su influencia alcanzó la región cordillerana, vinculada con el desarrollo de Esquel y Trevelin.
El legado galés que sigue vivo en Argentina
Más de un siglo y medio después, la herencia galesa continúa presente en las capillas, los apellidos, los coros, las casas de té y los nombres de numerosas localidades de Chubut.
En Gaiman y Trevelin todavía se celebran encuentros vinculados con el Eisteddfod, festival dedicado a la poesía, el canto y otras expresiones artísticas. También existen iniciativas destinadas a enseñar y preservar el idioma galés.
Aquellos 153 viajeros llegaron para proteger una cultura amenazada y terminaron transformando una parte de la Patagonia argentina. Cada capilla, canal y palabra en galés que sobrevive en Chubut recuerda el viaje del Mimosa y una historia que estuvo varias veces al borde del fracaso.




















