
La historia argentina está llena de figuras que ocupan monumentos, plazas y páginas escolares. Pero también conserva protagonistas fundamentales que quedaron fuera del relato más difundido. Francisco de Gurruchaga es uno de ellos: abogado, comerciante, político, marino y uno de los impulsores del poder naval argentino.
Nació en Salta el 7 de diciembre de 1766, dentro de una familia de comerciantes acomodados. Cuando tenía ocho años viajó a España, estudió en el Seminario de Nobles de Madrid y más tarde obtuvo el título de bachiller en Derecho y Jurisprudencia en la Universidad de Granada.
El salteño que combatió en Trafalgar y regresó para apoyar la Revolución
En 1805 participó en la batalla de Trafalgar, uno de los mayores enfrentamientos navales del período, a bordo del navío Nuestra Señora de la Santísima Trinidad y con el grado de teniente de fragata.
Sin embargo, la crisis de la monarquía española modificó su rumbo. Bajo sospecha de integrar círculos favorables a la emancipación americana, regresó en 1809. Al año siguiente apoyó el proceso revolucionario y fue elegido diputado por Salta para incorporarse a la Junta Grande.
Tres barcos, 33 cañones y una misión casi imposible
Tras la Revolución de Mayo, las autoridades enfrentaban un problema urgente: Montevideo continuaba bajo control realista y poseía fuerzas navales capaces de dominar los ríos y bloquear las comunicaciones. Buenos Aires, mientras tanto, no tenía una marina organizada.
La Junta encargó a Gurruchaga y Juan Bautista Azopardo la formación de una escuadrilla. Faltaban dinero, barcos militares, oficiales especializados y marineros experimentados. Para cumplir la orden debieron adquirir embarcaciones mercantes y adaptarlas para el combate.

Así fueron preparados la goleta Invencible, el bergantín 25 de Mayo y la balandra América. Los nombres de los tres barcos dieron lugar a una expresión de simbolismo revolucionario: “La América invencible del 25 de Mayo”.
La fuerza reunió 33 cañones y aproximadamente 195 tripulantes, entre marinos extranjeros y soldados procedentes de unidades terrestres. Azopardo asumió el mando, acompañado por oficiales como Hipólito Bouchard y Ángel Hubac, quienes después tendrían sus propias páginas en la historia naval.
La escuadrilla salió de Buenos Aires el 11 de febrero de 1811. Su misión era remontar los ríos Paraná y Paraguay, proteger las comunicaciones patriotas y colaborar con la expedición de Manuel Belgrano.
La derrota que abrió un camino para la Argentina
El 2 de marzo tuvo lugar el combate de San Nicolás. La improvisada fuerza revolucionaria enfrentó a una escuadra realista superior y terminó vencida. Pese al resultado, aquella operación se convirtió en el primer intento concreto de dotar al gobierno de Mayo de una fuerza naval.
El aporte de Gurruchaga no terminó allí. Distintas reconstrucciones históricas sostienen que utilizó recursos asociados con su actividad comercial para afrontar gastos, en momentos en que el gobierno revolucionario atravesaba dificultades financieras.

Desde 1813 también estuvo vinculado con la administración de Correos de Salta y llegó a cubrir gastos del servicio con dinero propio. Además, integró la Asamblea General Constituyente de 1813, donde combinó experiencia política, formación jurídica y compromiso con el proyecto emancipador.
El prócer olvidado que arriesgó comodidad, dinero y prestigio
Gurruchaga murió en Salta en diciembre de 1846. Sus restos descansan en las bóvedas de la Basílica y Convento de San Francisco. Aunque su nombre fue utilizado para bautizar instituciones y buques, continúa siendo mucho menos conocido que otros protagonistas de la Independencia.

Su historia demuestra que la Revolución no se sostuvo solamente con discursos y batallas terrestres. También hicieron falta barcos, armas, administradores, comerciantes y personas dispuestas a comprometer su patrimonio.
Gurruchaga pudo conservar una vida privilegiada entre negocios y conexiones europeas. En cambio, regresó, se sumó a la causa revolucionaria y ayudó a crear una marina desde cero. La primera escuadrilla fue derrotada, pero inauguró un camino irreversible: el de una Argentina decidida a defender su independencia también desde el agua.



















