
Una pequeña avispa identificada en el norte de Neuquén en 1980 marcó el comienzo de una de las invasiones biológicas más sorprendentes de la historia reciente argentina. Era la chaqueta amarilla, cuyo nombre científico es Vespula germanica, un insecto social originario de Eurasia y el norte de África.
Su presencia parecía, inicialmente, un episodio aislado. Sin embargo, la especie logró reproducirse, establecer colonias y conquistar nuevos territorios. Con el paso de los años, se extendió por la región andino-patagónica hasta alcanzar Tierra del Fuego, a miles de kilómetros del lugar donde había sido detectada por primera vez.
Cómo llegó la chaqueta amarilla a la Argentina
El primer registro documentado ocurrió en 1980 en los alrededores de Andacollo, al norte de Neuquén. Los especialistas consideran que probablemente ingresó desde Chile, aunque no existe una reconstrucción definitiva sobre su llegada. Para 1984 y 1985, ya se habían encontrado ejemplares en Bariloche.
A diferencia de otros animales exóticos introducidos deliberadamente con objetivos productivos o recreativos, los insectos invasores suelen viajar de manera accidental. Su pequeño tamaño les permite esconderse entre mercaderías, vehículos, equipajes, madera y elementos transportados por las personas.

En el caso de la chaqueta amarilla, este traslado involuntario habría sido fundamental. Algunas reinas fecundadas, ocultas durante el invierno, pudieron recorrer grandes distancias dentro de cargas o vehículos y aparecer posteriormente en lugares donde la especie todavía no estaba presente.
Una invasión que avanza 37 kilómetros por año
Una investigación sobre la dispersión de Vespula germanica determinó que la especie avanzó por la Argentina a una velocidad estimada de 37,2 kilómetros por año, con una expansión especialmente acelerada hacia el sur.
La cifra resulta impactante porque las reinas estudiadas en condiciones experimentales volaron, en promedio, poco más de 400 metros. La diferencia entre su capacidad individual y la expansión territorial refuerza la hipótesis de que el transporte humano fue uno de los grandes motores de la invasión.
El ciclo de cada colonia comienza después del invierno. Una reina fecundada abandona su refugio, selecciona un lugar protegido y construye un pequeño nido. Allí pone los primeros huevos y alimenta a las larvas hasta que nacen las obreras.
Esas primeras avispas se encargan de ampliar la colonia, conseguir alimento y cuidar a las nuevas generaciones. Durante el verano, un solo nido puede albergar miles de individuos. Hacia el otoño aparecen machos y futuras reinas, que se aparean antes de buscar refugio para atravesar las bajas temperaturas.
El secreto de su extraordinaria adaptación
La chaqueta amarilla posee una alimentación muy flexible. Puede consumir insectos, frutas maduras, néctar, miel, carroña y residuos humanos. Esa dieta le permitió sobrevivir en ambientes diferentes y aprovechar los recursos disponibles en ciudades, bosques, áreas rurales y zonas turísticas.

Además, puede aprender dónde se encuentra la comida y regresar varias veces al mismo lugar. Estudios realizados en Bariloche comprobaron que estos insectos asocian los alimentos con señales visuales y olfativas, e incluso son atraídos por la presencia de otras avispas alimentándose.
El impacto que dejó en la Patagonia
Su expansión afecta a la apicultura, la producción frutícola, el turismo y las actividades recreativas. También puede modificar las poblaciones de otros insectos, debido a su comportamiento depredador.
La chaqueta amarilla cuenta con un aguijón liso que no queda adherido a la piel. Por ese motivo, puede picar repetidas veces si se siente amenazada. Su picadura es dolorosa y, en personas alérgicas, puede provocar una reacción grave que requiere atención médica inmediata.
Más de cuatro décadas después de la primera observación en Neuquén, la especie forma parte del paisaje patagónico. Aquella avispa que parecía una aparición aislada terminó convirtiéndose en un ejemplo histórico de cómo un insecto de pocos centímetros puede atravesar miles de kilómetros y transformar la relación de una región con su ambiente.



















