
Cuando se piensa en renos, la imaginación suele trasladarse a los paisajes helados de Noruega, Finlandia, Siberia o Canadá. Sin embargo, a comienzos del siglo XX, la Argentina desarrolló un sorprendente plan para criar estos animales en Tierra del Fuego.
La iniciativa buscaba aprovechar el clima frío del archipiélago y transformar al reno en una fuente de carne, leche, cuero y fuerza de trabajo. En aquellos años, introducir especies extranjeras era visto como una herramienta para impulsar la producción en territorios considerados remotos.
El proyecto comenzó a ejecutarse en 1906. Los animales cruzaron el océano desde Europa, pasaron por Buenos Aires y luego continuaron hacia el extremo austral. No todos lograron sobrevivir a la extensa travesía.
El proyecto para criar renos en Tierra del Fuego
La iniciativa fue promovida desde el área de Ganadería del entonces Ministerio de Agricultura. El ingeniero Pedro Ezcurra, con autorización oficial, impulsó la importación de cuatro parejas de renos domésticos procedentes de Noruega.
El objetivo era trasladarlos a alguna de las islas fueguinas para comprobar si podían reproducirse en libertad. Además de aprovechar su carne, leche y piel, se analizaba utilizarlos para tirar trineos y transportar cargas sobre la nieve.
La elección de Tierra del Fuego no era casual. Sus inviernos prolongados, las frecuentes nevadas, los pastizales y las extensas turberas parecían ofrecer condiciones similares a las del norte europeo.
En esa época, todavía se conocía poco sobre las consecuencias ambientales de trasladar especies entre continentes. La denominada “aclimatación” era considerada una forma de incorporar recursos productivos y transformar económicamente nuevas regiones.
El viaje desde Noruega que provocó varias bajas
El traslado estuvo relacionado con el capitán noruego Carl Anton Larsen, una figura destacada de la exploración antártica y la actividad ballenera en el Atlántico Sur.
Sin embargo, el viaje no resultó sencillo. Una crónica publicada en Punta Arenas el 23 de enero de 1906 informó que solamente cuatro animales, dos machos y dos hembras, habían desembarcado en el puerto chileno.

El Gobierno argentino había encargado una cantidad mayor, pero algunos ejemplares murieron durante la travesía. Otros debieron permanecer en recuperación en el Jardín Zoológico de Buenos Aires.
Después de pasar por Punta Arenas, los sobrevivientes debían ser transportados hasta la parte argentina de Tierra del Fuego. Para el 1 de febrero de 1906, los animales ya se encontraban instalados provisionalmente en Ushuaia.
Por qué Argentina quería producir carne y leche de reno
El reno, cuyo nombre científico es Rangifer tarandus, está especialmente adaptado a las regiones próximas al Ártico. Posee un pelaje espeso, grandes pezuñas para desplazarse sobre terrenos nevados y una notable resistencia a las temperaturas extremas.
También presenta una característica inusual entre los ciervos: tanto los machos como las hembras desarrollan astas, aunque su tamaño y forma son diferentes. Su alimentación incluye pastos, hojas, musgos, hongos y líquenes.

En distintas comunidades del norte de Europa, estos animales fueron utilizados históricamente para obtener alimentos, fabricar prendas y transportar personas o cargas. Esa diversidad de usos despertó el interés de las autoridades argentinas.
El proyecto respondía a una idea económica habitual en aquella época: encontrar especies capaces de aprovechar territorios donde la agricultura tradicional tenía grandes dificultades. Tierra del Fuego aparecía como una región inmensa, fría y todavía poco explotada.
Qué pasó con los renos llevados a Ushuaia
A diferencia de otras especies introducidas en el país, los renos de 1906 no consiguieron formar una población silvestre estable en la Isla Grande de Tierra del Fuego.
Los documentos históricos registraron su llegada y permanencia inicial en Ushuaia, pero no dejaron constancia de un grupo capaz de reproducirse durante varias generaciones. El ambicioso experimento terminó desapareciendo sin alcanzar la escala imaginada por sus promotores.
La escasa cantidad de ejemplares, las bajas ocurridas durante el traslado y las dificultades de alimentación y manejo probablemente redujeron sus posibilidades de supervivencia.
Aunque el paisaje fueguino podía parecerse a Noruega, el frío no era suficiente para garantizar la adaptación. Los renos necesitan determinados alimentos, ciclos estacionales específicos, espacio y condiciones adecuadas para organizar sus manadas.
El segundo intento en las Georgias del Sur
La historia tuvo otro capítulo en 1911, cuando Larsen impulsó la introducción de renos en la isla San Pedro, la mayor de las Georgias del Sur. Allí, los animales sí lograron reproducirse y formar poblaciones silvestres.
Con el paso de las décadas, comenzaron a modificar la vegetación de un ambiente que no había evolucionado con grandes herbívoros terrestres. El caso demostró que una introducción fallida en un territorio podía transformarse en un problema ambiental en otro.
Más de 120 años después, el experimento permite comprender cómo se pensaba el desarrollo argentino a principios del siglo XX. Lo que entonces fue presentado como una iniciativa moderna y productiva, hoy requeriría rigurosos estudios ambientales y sanitarios.
Los renos no dejaron manadas recorriendo Ushuaia, pero protagonizaron una de las historias más extraordinarias y menos conocidas de la Argentina.


















