
La noche del 11 de abril de 1870, Entre Ríos quedó atravesada por una conspiración política que cambió su historia. Mientras un grupo armado ingresaba en el Palacio San José para asesinar a Justo José de Urquiza, otros hombres se movilizaban en Concordia con una orden igualmente precisa: matar a dos de sus hijos.
No eran familiares alejados de la vida pública. Waldino y Justo Carmelo de Urquiza eran militares, funcionarios y posibles continuadores del poder del expresidente de la Confederación Argentina. Para desarticular su estructura política, los conspiradores también debían eliminar a los herederos capaces de reorganizar a quienes todavía respondían al vencedor de Caseros.
Quiénes eran los hijos de Urquiza que tenían poder propio
Waldino había nacido en Concepción del Uruguay en 1827. Era hijo de Justo José de Urquiza y Segunda Calvento. Sin embargo, no se limitó a vivir bajo la protección de su apellido.

Siguió la carrera militar, participó en la batalla de Caseros de 1852, defendió Concepción del Uruguay y combatió en Cepeda y Pavón. Al momento de su muerte tenía el grado de coronel y se desempeñaba como comandante de milicias en Concordia.
Su medio hermano, Justo Carmelo, había nacido en 1840 y era hijo de Juana Sambrana. También desarrolló una carrera militar y ejercía como jefe político de Concordia. Su nombre comenzaba a circular como posible gobernador de Entre Ríos.

Esa proyección permite entender por qué fue incluido en el plan. Si su padre caía, Justo Carmelo podía transformarse en el nuevo centro del urquicismo.
El conflicto que convirtió a la familia en un objetivo
Urquiza había derrotado a Juan Manuel de Rosas en Caseros, impulsado la organización constitucional y presidido la Confederación entre 1854 y 1860. Pero parte del federalismo entrerriano consideraba que había abandonado sus antiguas banderas.

Su retirada en Pavón, el respaldo al gobierno nacional durante la Guerra de la Triple Alianza y el acercamiento a Domingo Faustino Sarmiento profundizaron el malestar. El 3 de febrero de 1870, Sarmiento visitó Entre Ríos y protagonizó un abrazo público con Urquiza. Para sus adversarios, la escena confirmó una alianza con Buenos Aires.
Detrás del levantamiento aparecía Ricardo López Jordán, antiguo subordinado del caudillo. Aunque después negó haber ordenado los asesinatos, las partidas revolucionarias actuaron de manera coordinada.
Una conspiración ejecutada en dos ciudades
En la tarde del 11 de abril, una fuerza armada llegó al Palacio San José. Los atacantes irrumpieron. El expresidente intentó defenderse, pero recibió un disparo y fue atacado con armas blancas.

Al mismo tiempo, otros grupos fueron tras sus hijos en Concordia. Justo Carmelo se encontraba reunido con amigos cuando los conspiradores lo buscaron. Waldino también fue sorprendido y asesinado. Los tres crímenes no fueron episodios aislados, sino partes de una operación destinada a quebrar una dinastía política. El doble ataque buscaba impedir que una sucesión familiar frustrara el orden político impulsado por los revolucionarios entrerrianos.
Por qué necesitaban eliminar a los herederos
La muerte de Urquiza podía provocar una reacción inmediata de sus partidarios. Waldino tenía experiencia militar. Justo Carmelo controlaba la autoridad política de Concordia y podía disputar la gobernación. Dejarlos con vida significaba arriesgarse a una contraofensiva.

Poco después, la Legislatura entrerriana eligió gobernador a López Jordán. La crisis, sin embargo, recién comenzaba: Sarmiento ordenó la intervención federal y envió tropas, lo que abrió otra etapa de enfrentamientos armados.
El final de un poder que parecía imposible de derribar
Urquiza había sobrevivido a guerras, revoluciones y alianzas rotas. Había vencido a Rosas, ocupado la presidencia y construido una red que dominaba buena parte de Entre Ríos. Sin embargo, su estructura se desmoronó en cuestión de horas.
Más de un siglo y medio después, el Palacio San José conserva la memoria del magnicidio. Pero en Concordia ocurrió la otra parte de la tragedia: dos hijos fueron asesinados porque su apellido, sus cargos y su experiencia los convertían en una amenaza capaz de prolongar el poder de su padre.
















