
La historia argentina recuerda a Juan Manuel de Rosas por sus gobiernos en Buenos Aires durante el siglo XIX. Sin embargo, dentro de su familia existió una mujer que encontró en las letras un camino diferente.
Se llamaba Dominga Mercedes Concepción Ortiz de Rozas, aunque fue conocida como Mercedes Ortiz de Rozas. Nació en Buenos Aires en 1810, cuando la Revolución de Mayo transformaba el orden virreinal. Era hija de León Ortiz de Rozas y Agustina López de Osornio, además de hermana menor del gobernador bonaerense.
A diferencia de otros integrantes del clan, su nombre no quedó ligado a campañas militares ni a disputas públicas. Su territorio fue la escritura, una actividad difícil para las mujeres de su época y más compleja cuando pretendían publicar.
La hermana de Rosas que encontró refugio en los libros
Mercedes creció dentro de la elite porteña, rodeada por los acontecimientos posteriores a la Revolución. Desde joven mostró interés por la lectura y conoció obras de autores europeos, especialmente aquellas relacionadas con el romanticismo.

El 3 de abril de 1834 se casó con el médico Miguel Rivera en la iglesia de San Ignacio. Su esposo era de origen boliviano y había completado parte de su formación en París. La pareja vivió en Buenos Aires y pasó temporadas en una estancia de Ensenada.
En esos períodos alejados del centro porteño, Mercedes habría encontrado tranquilidad para leer y escribir. Mientras su hermano concentraba el poder político, ella desarrollaba una vocación literaria que la convirtió en una figura singular dentro de los Ortiz de Rozas.
El misterioso nombre con el que publicó su novela
En 1861, cuando tenía alrededor de 51 años, apareció María de Montiel, novela atribuida a Mercedes. El libro fue impreso por La Revista y llevaba una firma: “M. Sasor”.
No era un apellido desconocido, sino un ingenioso anagrama formado al invertir “Rosas”. Este recurso le permitió ocultar parcialmente su identidad en una época en la que pocas mujeres ingresaban al mundo literario.
La obra recuperaba recuerdos y ambientes anteriores a 1830. Entre sus personajes aparecía un oficial relacionado con las guerras de independencia que moría en la batalla de Ayacucho, librada en 1824 y considerada decisiva para terminar con el dominio español en Sudamérica.
En el ejemplar conservado por la Biblioteca Nacional, la autora presentaba el texto como su “primer ensayo” y admitía que podía contener imperfecciones. La declaración refleja los obstáculos que enfrentaban las escritoras: además de esconder su nombre, muchas debían justificar públicamente su decisión de escribir.
Una autora eclipsada por el poder de su apellido
Ser hermana de Juan Manuel de Rosas le daba visibilidad, pero también proyectaba una sombra difícil de evitar. Incluso José Mármol, opositor al rosismo, realizó en Amalia una representación satírica de Mercedes y ridiculizó sus aspiraciones literarias.
Su trayectoria adquirió otra dimensión con el tiempo. Las investigaciones sobre las primeras autoras argentinas permitieron reconsiderarla como una precursora de la novela nacional. También habría influido sobre su sobrina Eduarda Mansilla, quien luego desarrolló una reconocida carrera literaria.

A diferencia de familiares que abandonaron el país después de la batalla de Caseros y la caída de Rosas, en 1852, Mercedes permaneció en Buenos Aires. Continuó vinculada con círculos culturales, aunque su obra nunca logró circulación masiva.
El final repentino de Mercedes Rosas
Mercedes murió repentinamente el 20 de mayo de 1870, a los 60 años, en su casa de Buenos Aires. Parte de su producción quedó dispersa, inédita o se perdió, un destino frecuente entre las escritoras del siglo XIX.
Su historia revela una faceta desconocida de una familia asociada al federalismo, las guerras civiles y el poder. Detrás de ese apellido existió una mujer decidida a narrar sus propias historias.
Más de 160 años después de María de Montiel, el anagrama “M. Sasor” conserva un desafío pendiente: reconstruir la identidad de aquellas mujeres que escribieron cuando hacerlo significaba enfrentarse a los límites impuestos por su tiempo.

















