
En 1889, Buenos Aires atravesaba una profunda transformación. Las autoridades buscaban convertir la antigua capital colonial en una metrópolis moderna, con grandes avenidas, edificios monumentales y mejores conexiones urbanas. En ese proceso tomaron una decisión que cambió para siempre uno de los principales símbolos argentinos: demoler parte del Cabildo para abrir la Avenida de Mayo.
El edificio que había sido escenario de la Revolución de Mayo perdió tres arcos de su ala norte y su torre. Años después, otra obra vial eliminaría tres arcos del sector opuesto. Por eso, el Cabildo actual conserva solamente cinco de los once arcos que tenía en 1810.
A 137 años de aquella primera demolición, el monumento continúa frente a la Plaza de Mayo. Sin embargo, su apariencia es el resultado de sucesivas reformas, mutilaciones y reconstrucciones.
El Cabildo donde comenzó a cambiar la historia argentina
El primer Cabildo porteño era muy diferente del edificio que aparece en los manuales escolares. Las referencias de comienzos del siglo XVII describen una construcción precaria, con paredes de adobe, techo de paja y apenas dos ambientes: uno para las reuniones de los cabildantes y otro utilizado como cárcel.
La construcción de un inmueble más sólido comenzó en 1725, bajo los planos del arquitecto jesuita Andrea Bianchi, conocido también como Andrés Blanqui. Las obras se extendieron durante décadas y dieron forma a un edificio con dos plantas, una torre central y una recova de once arcos.

Allí se concentraban funciones administrativas, judiciales y policiales. Pero el acontecimiento que lo convirtió definitivamente en un símbolo nacional ocurrió en mayo de 1810.
Dentro de sus salas se desarrollaron las discusiones que terminaron con la destitución del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y la formación del primer gobierno patrio. Por sus galerías circularon Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Mariano Moreno y Cornelio Saavedra, figuras fundamentales de la historia argentina.
Por qué demolieron parte del Cabildo en 1889
Hacia finales del siglo XIX, Buenos Aires buscaba abandonar su antiguo trazado colonial. La apertura de la Avenida de Mayo, proyectada como un gran eje entre la Plaza de Mayo y el Congreso, obligaba a modificar numerosos edificios del centro porteño. El Cabildo quedó justo en el camino.

En 1889 fueron demolidos tres arcos del sector norte. También se retiró la torre porque su estabilidad había quedado comprometida. El edificio perdió así la simetría que presentaba durante los acontecimientos de 1810.
Sin embargo, aquella no sería su última mutilación. En 1931, la apertura de la Diagonal Sur, actualmente denominada Avenida Presidente Julio Argentino Roca, provocó la eliminación de otros tres arcos.
De los once originales solamente sobrevivieron cinco, mientras el histórico inmueble estuvo cerca de ser demolido por completo.
La reconstrucción que evitó su desaparición
La preocupación por proteger el patrimonio histórico creció durante las primeras décadas del siglo XX. En 1933, el Cabildo fue declarado Monumento Histórico Nacional, una decisión fundamental para garantizar su conservación.
Pocos años después, el arquitecto e historiador Mario José Buschiazzo encabezó su reconstrucción. Para recuperar parte de la apariencia colonial, trabajó con documentos, fotografías antiguas y acuarelas realizadas por Carlos Enrique Pellegrini en 1829.

La intervención finalizó en 1940 e incluyó la recuperación de la torre, aunque se le dio una altura menor para mantener las proporciones de la reducida fachada.
Por ese motivo, gran parte de lo que se observa actualmente no estuvo allí durante la Semana de Mayo. La torre, diversos sectores de la fachada y varias ventanas fueron reconstruidos más de un siglo después de la Revolución.
El detalle que pocos conocen sobre sus cinco arcos
Actualmente, el edificio alberga el Museo Histórico Nacional del Cabildo de Buenos Aires y de la Revolución de Mayo. Sus colecciones permiten conocer la vida colonial, el proceso revolucionario y las transformaciones sufridas por el monumento.

El Cabildo no llegó intacto hasta nuestros días: fue recortado, reformado, abandonado y finalmente reconstruido. Sus cinco arcos recuerdan tanto a los próceres que atravesaron sus salas como a las seis arcadas que Buenos Aires perdió para siempre.
















