
Resulta difícil imaginar la Patagonia argentina sin grandes estancias, galpones de esquila y majadas de ovejas avanzando por la estepa. Sin embargo, este paisaje no siempre tuvo esas características.
Hasta finales del siglo XIX, extensas zonas de Santa Cruz permanecían fuera de los circuitos productivos que conectaban a la Argentina con los mercados internacionales. La situación comenzó a cambiar alrededor de 1885, cuando pobladores introdujeron rebaños procedentes de las Islas Malvinas, Punta Arenas y otras regiones del país.
Aquellos animales protagonizaron una transformación económica y territorial extraordinaria. Pronto, la ganadería ovina se convirtió en el principal motor del extremo sur y llegó a sostener entre 6 y 7,5 millones de ovejas solamente en Santa Cruz durante buena parte del siglo XX.
Las ovejas que llegaron desde las Islas Malvinas
Las primeras explotaciones ovinas de gran escala estuvieron vinculadas con criadores que ya conocían la actividad en las Islas Malvinas. El clima ventoso, los pastizales naturales y las grandes extensiones abiertas presentaban similitudes con el territorio continental.
Las ovejas malvineras, mejoradas mediante cruces con razas británicas como Romney Marsh y Lincoln, comenzaron a llegar al estrecho de Magallanes durante las últimas décadas del siglo XIX. Luego, varias majadas fueron trasladadas hacia Río Gallegos y otros puntos de Santa Cruz.

Mover miles de animales era una tarea difícil. Las ovejas desembarcaban cerca de los puertos y después recorrían grandes distancias a pie. Los arreos podían durar semanas y debían atravesar ríos, soportar nevadas, temperaturas extremas y los fuertes vientos patagónicos.
La lana que impulsó pueblos y puertos
El crecimiento de las majadas coincidió con una intensa demanda internacional de lana. Europa necesitaba materia prima para abastecer a su industria textil, mientras la Argentina buscaba incorporar los territorios patagónicos al modelo agroexportador.
Así aparecieron estancias que necesitaban peones, alambrados, galpones de esquila, almacenes y transportes. La lana era clasificada, prensada y enviada hacia los puertos, desde donde continuaba rumbo a los mercados europeos.
La actividad favoreció el crecimiento de numerosas localidades. A su alrededor surgieron comercios, bancos, frigoríficos y servicios para productores. Cada temporada de esquila movilizaba trabajadores que recorrían enormes distancias y pasaban de una estancia a otra durante meses.
De pequeñas majadas a millones de animales
Entre 1930 y 1975, Santa Cruz mantuvo habitualmente entre 6 y 7,5 millones de cabezas ovinas. La actividad alcanzó uno de sus momentos de mayor expansión durante la década de 1960, cuando la lana conservaba un elevado valor internacional.
El predominio era tan grande que la producción de carne ocupaba un lugar secundario. Las majadas estaban orientadas principalmente a obtener lana. El cordero, posteriormente convertido en símbolo de la gastronomía patagónica, era casi un resultado complementario del sistema.
El impacto sobre la estepa patagónica
La expansión también generó consecuencias ambientales. La estepa posee una vegetación adaptada a la falta de agua, las bajas temperaturas y el viento, pero puede tardar muchos años en recuperarse cuando pierde su cobertura natural.

El pastoreo continuo y la concentración excesiva de animales favorecieron la degradación del suelo. En algunas zonas, la reducción de los pastos dejó la superficie expuesta a la erosión. La distribución de tierras y la aplicación de sistemas poco adaptados a cada ambiente agravaron el problema.
Por qué comenzó a disminuir la cantidad de ovejas
Desde mediados de la década de 1960, las fibras sintéticas comenzaron a competir con la lana. Más tarde se sumaron sequías, desertificación, altos costos productivos y variaciones en los precios internacionales.
La crisis se profundizó hacia finales del siglo XX. En 2000, Santa Cruz registró cerca de 1.978.000 ovejas, uno de los niveles más bajos de su historia productiva.
A pesar de la caída, la actividad no desapareció. Numerosos establecimientos incorporaron nuevas prácticas de manejo y diversificaron su producción entre lana y carne. Más de 140 años después, aquellas primeras majadas continúan formando parte de la identidad patagónica: ayudaron a poblar territorios y fundar localidades, pero también dejaron una huella ambiental y social todavía visible.


















