
En 1925, una pequeña polilla originaria de Sudamérica protagonizó uno de los experimentos de control biológico más llamativos del siglo XX. Investigadores australianos recolectaron ejemplares en Concordia, Entre Ríos, y enviaron 3.000 huevos hacia Oceanía para combatir una invasión de cactus que perjudicaba a miles de productores.
La especie, Cactoblastis cactorum, ayudó a recuperar extensas superficies agrícolas. Sin embargo, 101 años después, el insecto también está presente en Estados Unidos, donde amenaza a cactus nativos y obliga a desarrollar estrategias para contenerlo.
La invasión de cactus que afectó casi 25 millones de hectáreas
La historia comenzó mucho antes. En 1788, los colonizadores británicos llevaron a Australia plantas del género Opuntia vinculadas con la producción de colorantes mediante cochinillas. Aunque el emprendimiento no prosperó como se esperaba, los cactus se establecieron y comenzaron a expandirse.

Durante el siglo XIX también se utilizaron como cercos y alimento para el ganado en épocas secas. Pero su crecimiento descontrolado terminó ocupando tierras de cultivo y pastoreo. Hacia 1925, unas 24,3 millones de hectáreas de Queensland y Nueva Gales del Sur estaban afectadas.
Las quemas, la eliminación mecánica y los productos químicos no consiguieron resolver el problema. La desesperación llegó al punto de que, en 1901, Queensland ofreció 5.000 libras por una solución eficaz.
De Entre Ríos a Australia: un viaje de 10 semanas
En enero de 1925, el entomólogo Allan P. Dodd recolectó larvas de Cactoblastis cactorum cerca de Concordia. Los insectos fueron llevados a Buenos Aires, donde se prepararon los huevos destinados al envío.
En marzo, 3.000 huevos viajaron en seis jaulas especiales con cactus para alimentar a las larvas. El barco pasó por Ciudad del Cabo y llegó a Brisbane en mayo, después de unas 10 semanas.
Alrededor de 2.750 larvas sobrevivieron. Los científicos las criaron para multiplicar la población: de 527 hembras obtuvieron 100.605 huevos, y una generación posterior produjo más de 2,5 millones. Las primeras liberaciones en terrenos invadidos se realizaron en 1926.
El insecto que recuperó tierras y recibió un monumento
Las orugas penetraban en los cactus y se alimentaban de sus tejidos, debilitando las plantas. La reproducción permitió distribuir cantidades extraordinarias: la estación experimental de Chinchilla llegó a repartir 14 millones de huevos diarios.
Para 1933, los informes estimaban que la invasión había desaparecido del 80% de la superficie afectada en Queensland y de entre el 50% y el 60% en Nueva Gales del Sur.
El resultado convirtió a la polilla en un símbolo local. En 1936, Boonarga inauguró un salón conmemorativo dedicado a este insecto y, en 1965, se levantó otro monumento para reconocer su papel en la recuperación agrícola.
De solución histórica a amenaza ambiental en Estados Unidos
El éxito impulsó introducciones de la polilla en otros territorios, incluidos Sudáfrica y algunas islas del Caribe. Pero en 1989 fue detectada en los cayos de Florida, donde su presencia generó preocupación científica.
A diferencia de las plantas invasoras australianas, numerosos cactus Opuntia son nativos de América del Norte. Allí proporcionan alimento y refugio a otros animales, por lo que el ataque de las larvas puede afectar ecosistemas enteros.
Las autoridades de Florida documentaron su expansión hacia Carolina del Norte y zonas de Texas y estudian distintos métodos para limitarla.
Así, lo que comenzó en 1925 con 3.000 huevos recolectados en Entre Ríos terminó mostrando las dos caras del control biológico: una especie puede resolver una crisis agrícola en un lugar y convertirse en un riesgo para la biodiversidad en otro.
La experiencia sigue siendo estudiada como un caso emblemático de los beneficios y los límites de introducir organismos para controlar plagas.



















