
En 1888, durante la presidencia de Miguel Juárez Celman, un cónsul alemán liberó 8 liebres europeas en una estancia de Santa Fe con el objetivo de fomentar la caza deportiva. La iniciativa parecía limitada, pero terminó desencadenando uno de los procesos de expansión de fauna exótica más llamativos de la historia argentina.
Con el paso de las décadas, estos animales se multiplicaron y comenzaron a ocupar campos, pastizales y regiones montañosas. La especie se extendió por gran parte del territorio nacional, provocó daños agrícolas y llegó a ser considerada una plaga. Incluso terminó dando origen a una actividad comercial vinculada con su carne y sus pieles.
La historia de las 8 liebres que llegaron a Santa Fe en 1888
El protagonista de esta historia fue Woeltje Tietjen, cónsul de Alemania en Rosario, quien introdujo ejemplares provenientes de Europa en la estancia La Hansa, ubicada cerca de Cañada de Gómez, Santa Fe.
Según registros históricos citados por la Administración de Parques Nacionales, se liberaron cuatro parejas de liebres europeas (Lepus europaeus) para desarrollar la caza deportiva, una actividad vinculada con las costumbres de ciertos sectores sociales de la época.

Existen diferencias entre las fuentes: mientras algunas investigaciones mencionan ocho ejemplares, otras registran la introducción de 36 animales durante 1888.
La expansión continuó con nuevas liberaciones. Entre 1896 y 1897, Sulpicio Gómez introdujo liebres en campos cercanos a Tandil, provincia de Buenos Aires. También se documentaron experiencias similares en San Luis.
Cómo las liebres europeas se multiplicaron y conquistaron casi toda Argentina
Las condiciones ambientales argentinas favorecieron la reproducción de estos animales, capaces de adaptarse a diferentes paisajes y alimentarse de hierbas, brotes, semillas y cortezas.
Según Parques Nacionales, las hembras pueden tener entre dos y tres pariciones anuales, con camadas de tres a cinco crías. Esta capacidad reproductiva contribuyó a su rápida expansión.
A diferencia de los conejos, las liebres no construyen madrigueras subterráneas. Descansan entre la vegetación y utilizan sus largas patas posteriores para escapar de los depredadores.
Durante el siglo XX llegaron a establecerse en numerosas provincias argentinas. Una estimación histórica citada por Parques Nacionales calculó poblaciones de decenas de millones de ejemplares, aunque no representa un censo actualizado.
Su avance incluso atravesó fronteras: en 1958, liebres procedentes de Argentina ingresaron a Bolivia, mientras otras poblaciones se extendieron hacia Brasil, Chile y Uruguay.
De una actividad recreativa a una plaga que perjudicó al campo argentino
El crecimiento de sus poblaciones comenzó a generar consecuencias para la producción agropecuaria.
Las liebres pueden consumir cereales, hortalizas y brotes de árboles, ocasionando pérdidas en cultivos y plantaciones forestales. También compiten con el ganado por determinados recursos alimenticios.
En 1905, Argentina sancionó la Ley 4.863 de Defensa Agrícola, que estableció herramientas generales para combatir organismos perjudiciales para la producción.
Con los años, la liebre europea pasó a ser reconocida como una especie problemática. Actualmente, el SENASA la identifica como vertebrado plaga y la normativa nacional la incluye entre las especies exóticas invasoras de uso controlado.
El negocio inesperado que surgió de las liebres europeas
La historia tuvo otro giro económico. Durante la década de 1930 comenzaron las exportaciones de cueros de liebre, mientras que desde 1950 se consolidó su aprovechamiento industrial.
La carne encontró compradores en mercados europeos y generó actividad para cazadores, transportistas y establecimientos frigoríficos.
Según estadísticas oficiales, en 2024 se faenaron 396.909 liebres en establecimientos bonaerenses. Ese año, las exportaciones de productos derivados alcanzaron 771 toneladas, mientras que 2.874 animales vivos fueron enviados a Italia.
En 2026, Santa Fe volvió a autorizar una temporada de caza comercial de la especie, reflejando la continuidad de esta actividad.
Así, 138 años después de aquella liberación en una estancia santafesina, la liebre europea sigue siendo protagonista de una historia que combina decisiones humanas, expansión territorial, daños ambientales y aprovechamiento económico.

















