
En Urgench, Uzbekistán, las bolsas de plástico que antes terminaban como residuos hoy tienen una segunda vida. Allí, Dilorom Boboniyazova encontró una manera de convertirlas en flores decorativas y transformó una idea que nació dentro de su casa en un proyecto que actualmente brinda oportunidades económicas a más de 60 mujeres.
Su iniciativa combina reciclaje, artesanía y generación de empleo, especialmente para mujeres que tienen pocas alternativas laborales en su comunidad. Muchas de ellas trabajan desde sus propios hogares y reciben ingresos por la elaboración de las flores. Pero la historia comenzó mucho antes de que existiera el emprendimiento.

Una pregunta que nació al ver marchitarse un ramo
Todo comenzó con un regalo de cumpleaños para la madre de Dilorom. Ella y su familia le obsequiaron un ramo de flores frescas que, durante los primeros días, llenó de alegría a la mujer.
Sin embargo, con el paso del tiempo, los pétalos comenzaron a marchitarse y los colores perdieron intensidad. Su madre expresó entonces un deseo que quedó grabado en la memoria de Dilorom: “Ojalá no se marchitaran; ojalá tanta belleza pudiera deleitar siempre nuestros ojos”.
A partir de ese momento, Dilorom comenzó a buscar una manera de crear flores que pudieran conservarse durante mucho tiempo.
Primero utilizó papel de colores, pero pronto comprobó que tampoco era una solución duradera. Entonces comenzó a investigar por internet distintos materiales y sus propiedades, hasta que encontró una alternativa que estaba prácticamente al alcance de todos: las bolsas de plástico descartadas.

De bolsas de plástico a flores que no necesitan agua
Dilorom descubrió que las características que convierten al plástico en un problema ambiental también podían utilizarse para crear un producto duradero.
A través de técnicas artesanales de modelado, comenzó a transformar las bolsas usadas en flores artificiales resistentes, que no necesitan agua y pueden conservarse durante mucho tiempo.
“Las bolsas de plástico están por todas partes a nuestro alrededor —dice Dilorom—. Simplemente decidí verlas no como basura, sino como una oportunidad”.
Lo que inicialmente fue un experimento doméstico comenzó a crecer cuando familiares, amigos y vecinos empezaron a guardar las bolsas que antes tiraban a la basura. De esta manera, el residuo se convirtió en materia prima gratuita para la producción. Con el tiempo, sus flores también comenzaron a representar algo más que una alternativa decorativa.

La idea que terminó dando trabajo a más de 60 mujeres
A medida que aumentaba la producción, Dilorom entendió que podía utilizar el proyecto para generar oportunidades para otras mujeres de su comunidad.
Comenzó a enseñarles las técnicas necesarias para convertir los residuos plásticos en flores. Para muchas de ellas, la posibilidad de trabajar desde sus casas significó acceder a una fuente de ingresos en una zona donde las opciones laborales son limitadas.
Pero Dilorom también comprendió que para hacer crecer el emprendimiento necesitaba incorporar conocimientos vinculados con la administración y el desarrollo de un negocio.
Por ese motivo, participó en el Programa de Apoyo al Emprendimiento Femenino (WESP), una iniciativa de capacitación empresarial impulsada por HAMROH e implementada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
La formación le permitió incorporar herramientas relacionadas con liderazgo, marketing, gestión y organización de la producción.

“La formación me ayudó a ver mi trabajo no solo como una actividad creativa, sino como un negocio sostenible que puede empoderar a muchas mujeres. Gané confianza en la gestión de mi iniciativa y aprendí a guiar a otras personas que quieren emprender sus propios pequeños proyectos”, compartió.
De una producción artesanal a una red de trabajo desde los hogares
La capacitación también modificó la manera en que Dilorom piensa el futuro de su iniciativa. “Antes de la formación, me centraba principalmente en hacer las flores. Ahora entiendo cómo organizar la producción, apoyar a otras mujeres y pensar en el crecimiento a largo plazo”.
Actualmente, más de 60 mujeres participan en la elaboración de las flores de plástico reciclado, muchas de ellas desde sus propios hogares. El modelo les permite generar ingresos sin necesidad de trasladarse a un espacio de trabajo convencional.
Para Dilorom, el impacto del proyecto no se limita al dinero. También está relacionado con la posibilidad de que las mujeres desarrollen nuevas habilidades, ganen independencia y fortalezcan su confianza. “Cuando las mujeres aprenden una habilidad y empiezan a ganar sus propios ingresos, su confianza crece”, afirma Dilorom.

Un emprendimiento que combina reciclaje y autonomía económica
La propuesta surgida en Urgench une dos problemas diferentes: la acumulación de residuos plásticos y la falta de oportunidades laborales para muchas mujeres.
Las bolsas que antes eran descartadas pasan a formar parte de un proceso artesanal y se convierten en flores que pueden utilizarse como decoración. Al mismo tiempo, la producción genera una fuente de ingresos para quienes participan de ella.
El proyecto también se vincula con varios Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, entre ellos el ODS 5, relacionado con la igualdad de género; el ODS 8, centrado en el trabajo decente y el crecimiento económico; y el ODS 12, que promueve modalidades de consumo y producción responsables.
Así, lo que comenzó con un ramo de flores que se marchitó terminó transformándose en una red de trabajo que involucra a más de 60 mujeres y convierte uno de los residuos más problemáticos del planeta en materia prima para crear algo completamente diferente.




















