Por Melisa Bubica

La salsa bechamel nació en Francia durante el siglo XVII y forma parte de las cinco salsas madre de la gastronomía clásica francesa, sistematizadas por Auguste Escoffier. Desde entonces se convirtió en una receta imprescindible de la cocina internacional y también de las mesas argentinas.
Como esta preparación utiliza leche y manteca, es importante respetar la cadena de frío. Se recomienda conservar los productos lácteos refrigerados hasta el momento de utilizarlos y, una vez preparada la salsa, consumirla o enfriarla rápidamente para evitar el desarrollo de bacterias.

Otro punto importante es utilizar leche en buen estado. Para constatarlo, se debe conservar su color blanco uniforme y olor fresco. Si presenta separación, olor ácido o cambios de color, no debe utilizarse para ninguna receta.
El error más frecuente al preparar salsa blanca es agregar toda la leche de una sola vez y fría. Esto provoca que la harina forme grumos difíciles de eliminar. La técnica clásica consiste en preparar primero un roux, es decir, cocinar manteca con harina durante uno o dos minutos. Ese paso elimina el sabor a harina cruda y desarrolla la capacidad espesante de la preparación.
Después llega el momento de incorporar la leche tibia lentamente, mientras se mezcla de forma constante con un batidor de alambre. La paciencia en este paso hace toda la diferencia. Así evitaremos los grumos en la receta.

Si buscás una versión apta para personas celíacas, simplemente reemplazá la harina de trigo por fécula de maíz (maicena) certificada libre de gluten. La técnica cambia apenas un poco: primero se disuelve la fécula en una pequeña cantidad de leche fría y luego se incorpora al resto de la leche caliente. El resultado es igual de cremoso y suave. Siempre con la ayuda de unas varillas.
Según las Guías Alimentarias para la Población Argentina, la leche aporta proteínas de buena calidad, calcio y vitaminas, nutrientes fundamentales dentro de una alimentación equilibrada.
La salsa blanca es uno de esos básicos que vale la pena dominar. Una vez incorporada la técnica, se convierte en una preparación versátil que permite resolver desde una lasaña hasta unas verduras gratinadas o una pasta casera. Y con la versión sin gluten, nadie tiene que quedarse sin disfrutarla.
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