
Mar del Plata no nació como un simple destino de playa. Su historia comenzó formalmente en 1874, pero su transformación en una villa balnearia de prestigio tomó velocidad con la llegada del ferrocarril en 1886 y con la inauguración del Bristol Hotel en 1888, hitos que empujaron a las familias más ricas de la Argentina a convertir la costa atlántica en su gran escenario de verano. En esas décadas, la ciudad fue pensada como una suerte de “Biarritz argentina”, con ramblas elegantes, clubes exclusivos y residencias de temporada que buscaban replicar los gustos europeos de la Belle Époque.
El origen de un apodo tan extraño como revelador
Aunque el sobrenombre más famoso de Mar del Plata es “La Feliz”, existe otro mote mucho menos conocido que ayuda a entender una parte oculta de su pasado: “la ciudad de las viudas”. Más que un nombre oficial, el apodo funciona como una clave histórica y social para leer un fenómeno concreto: el peso que tuvieron en la ciudad mujeres de la alta sociedad, muchas veces viudas o administradoras del patrimonio familiar, que eligieron Mar del Plata para construir, ordenar, donar y dejar su marca en el paisaje urbano.
No se trató solo de veraneo. En la Mar del Plata aristocrática de comienzos del siglo XX, varias mujeres de apellido ilustre actuaron como promotoras patrimoniales. Algunas comandaron la construcción de villas monumentales; otras tomaron decisiones sobre donaciones, instituciones benéficas y espacios religiosos; otras, directamente, transformaron residencias privadas en símbolos culturales. Esa presencia femenina no fue marginal: fue parte del corazón mismo de la ciudad elegante que se levantó frente al mar.
Angiolina Astengo de Mitre, la viuda que levantó una de las residencias más imponentes
Uno de los casos más claros es el de Angiolina Astengo de Mitre, recordada como la mujer que impulsó Villa Mitre, una de las grandes residencias históricas de la ciudad. Las fuentes patrimoniales señalan que era viuda desde joven del ingeniero Emilio Mitre, hijo de Bartolomé Mitre, y que la casa fue construida en 1931 en la llamada Loma del Tiro de la Paloma. La propiedad original era enorme: llegaba a abarcar ocho manzanas delimitadas por Tucumán, Sarmiento, Matheu y Almafuerte, una escala que hoy resulta difícil de imaginar.

Pero su influencia fue más allá de la arquitectura doméstica. La misma documentación histórica recuerda que la señora de Mitre donó la última de esas ocho manzanas para levantar allí una capilla y una escuela, la llamada manzana del Divino Rostro, donde en 1931 se instalaron las Hermanas de los Pobres de Santa Catalina de Siena. Es decir: no solo mandó a construir una villa de alto valor patrimonial, sino que además articuló un gesto filantrópico que mezcló prestigio social, urbanización y religiosidad, una combinación muy típica de la elite de época.
Ana Elía de Ortiz Basualdo y otra prueba del poder femenino en la Belle Époque marplatense
La historia de Villa Ortiz Basualdo también refuerza esa idea de una Mar del Plata moldeada por mujeres. La actual sede del Museo Castagnino fue, según la ficha oficial patrimonial, encargada por Ana Elía, viuda de Manuel Ortiz Basualdo, como residencia veraniega en la loma Stella Maris. La obra comenzó en 1909-1910, en pleno auge agroexportador, cuando Mar del Plata buscaba espejar a los balnearios europeos y consolidarse como postal refinada de la elite argentina.

No fue una casa menor. Se trató de uno de los grandes emblemas de la Belle Époque local, con posteriores reformas anglo-normandas entre 1918 y 1919, mobiliario de Gustave Serrurier-Bovy y una inserción urbana privilegiada en la loma más codiciada de la ciudad. Incluso una investigación periodística local recordó que la villa fue la primera casa de Mar del Plata con ascensor, un detalle que muestra hasta qué punto estas residencias eran también una exhibición de poder, modernidad y distinción.
Francisca Ocampo, Victoria Ocampo y la casa que viajó en barco desde Inglaterra
Si la imagen de la viuda marcó una parte de ese fenómeno, también hubo otras mujeres decisivas que, sin entrar en esa categoría, ampliaron el dominio femenino sobre el mapa aristocrático marplatense. Francisca Ocampo de Ocampo hizo traer desde Inglaterra una enorme casa prefabricada que terminaría convirtiéndose en Villa Victoria, levantada en 1912 sobre un parque de grandes dimensiones. La propiedad, según la documentación municipal y patrimonial, había comenzado a gestarse cuando Francisca adquirió los terrenos en 1904.

Más tarde, Victoria Ocampo heredó la residencia y la transformó en mucho más que una casa de verano: la volvió espacio de encuentro intelectual, por donde pasaron figuras como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Gabriela Mistral y otros nombres centrales de la cultura del siglo XX. Luego, la propia Victoria la donó a la UNESCO, y tras su muerte, la municipalidad adquirió la propiedad, que hoy sigue funcionando como un ícono cultural de Mar del Plata. En otras palabras, la ciudad no solo fue moldeada por mujeres que levantaron casas: también por mujeres que las convirtieron en centros de irradiación simbólica.
Las hermanas Unzué: cuando la elite femenina también construyó ciudad social
Otro ejemplo fundamental son María Unzué de Alvear y Concepción Unzué de Casares, responsables de una de las obras más imponentes del frente marítimo de La Perla: el antiguo Asilo Saturnino Unzué. Entre 1905 y 1912, ambas decidieron donar una chacra de dos manzanas y levantar, a su costo, un asilo-sanatorio destinado a niñas, con una monumentalidad arquitectónica que todavía hoy impacta. La información oficial lo describe como un paradigma asistencial de la Belle Époque argentina.

Lo interesante es que la influencia femenina allí no fue decorativa ni protocolar. Un trabajo publicado en La Capital destaca la activa y decidida intervención de María Unzué de Alvear en el diseño del edificio y en la elección de la congregación religiosa que administraría la institución. Esa dimensión vuelve a mostrar que Mar del Plata no fue solo el patio estival de los grandes apellidos masculinos: también fue un campo de acción para mujeres con poder patrimonial, sensibilidad filantrópica y capacidad de decisión urbana.
Por qué “la ciudad de las viudas” sigue diciendo tanto sobre Mar del Plata
Llamarla “la ciudad de las viudas” no es reducir su pasado a un detalle pintoresco. Es, en realidad, una manera de iluminar una parte menos contada de la historia marplatense: la de aquellas mujeres que, desde el duelo, la herencia, la administración familiar o la beneficencia, participaron de la construcción material y simbólica de la ciudad. En una Mar del Plata que pasó de pueblo costero a balneario de elite y luego a capital del turismo masivo, ellas dejaron mansiones, parques, instituciones, capillas y centros culturales que todavía hoy organizan la memoria urbana.
Por eso, detrás del brillo de la rambla perdida, de los veranos aristocráticos y del viejo sueño de la “Biarritz argentina”, aparece otra lectura posible: la de una ciudad donde varias mujeres de la elite no fueron acompañantes del paisaje, sino protagonistas de su construcción. Y quizás ahí, en esa trama de villas, donaciones, herencias y apellidos, esté la verdadera clave de aquel apodo olvidado.

















