
Hay lugares que guardan la memoria exacta de sus creadores y otros que, directamente, están habitados por sus fantasmas. En la avenida Pavón al 3900, en pleno barrio de Boedo, se erige una mole arquitectónica que desafía cualquier lógica urbana: un castillo de estilo morisco con muros blancos, arcos de medio punto y detalles que evocan a La Alhambra. No es la escenografía de una película ni una excentricidad olvidada; es el espacio ideado, dibujado y levantado por el mismísimo Roberto Sánchez. Hoy, reconvertido en centro cultural y bar temático, el espacio abre sus puertas los sábados por la tarde para visitar no sólo los recuerdos de un ídolo popular, sino las obsesiones, los rituales y los secretos del hombre que habitaba detrás del mito.
La historia de esta fortaleza de casi 1.000 m2 comenzó con un flechazo cotidiano y fortuito a finales de la década de 1970. “Sandro estaba invitado a hacer una nota en el viejo Canal 11, que por esos años estaba en la avenida Pavón. Cuentan que le pidió a la persona que lo traía que parara enfrente. Algo le llamó la atención, la casa o el cartel de venta, quién sabe. Se bajó, estuvo mirando un ratito, siguió para el canal y después comentó que se había imaginado un castillo en este espacio”, relata Luis, director del lugar desde hace seis años, durante la bienvenida a los grupos de fans que semana a semana agotan las visitas.

Nadie en su entorno más íntimo -ni sus músicos, ni sus célebres “nenas”- recordaba que el cantante hubiese expresado antes el anhelo de poseer una fortaleza medieval. Sin embargo, la idea cobró fuerza de inmediato. Compró la propiedad -una antigua casa chorizo sobre un lote de 66 x 45 m-y se consiguió un tablero de arquitectura para trazar de su propio puño y letra los planos. De aquel proceso creativo sobrevivieron tres bocetos radicalmente distintos: uno de inspiración neogótica muy al estilo del castillo de Disney, otro de ladrillo a la vista con aspilleras cerradas y, finalmente, el diseño de impronta arábigo-andaluza que terminó por construirse.
Un proyecto que tuvo sus complicaciones
El proyecto original, sin embargo, no nació por mero capricho estético. Detrás del vestillaje de almenas había un objetivo comercial y artístico: tras su segunda gran explosión de popularidad en los ’70 -cuando se consagró como “Sandro de América” y se convirtió en el primer artista latino en llenar el Madison Square Garden de Nueva York-, las discrepancias con las compañía discográfica se volvieron insostenibles. Roberto Sánchez buscaba independencia absoluta y planeó levantar en este predio su propia compañía discográfica y un estudio de grabación de alta tecnología.

El emprendimiento chocó de frente con la realidad técnica de la época. Por la avenida Pavón circulaba tránsito pesado porque aún no existía la autopista 25 de Mayo, provocando vibraciones constantes en el empedrado. Dado que los masters musicales de la época se grababan con agujas de altísima sensibilidad sobre acetato, los ingenieros de sonido le advirtieron que se arruinarían las tomas. La frustración paralizó la obra durante años, hasta que en 1986, durante una gira por Chile, le sugirieron una solución traída del ámbito de la ingeniería antisísmica. Así firmó el plano definitivo con el epígrafe “Sandro 87” y comenzó la mezcla de cemento. La construcción se extendió hasta mediados de 1989. Con el advenimiento del disco compacto y la grabación digital, la idea del estudio perdió sentido, pero el edificio se transformó en el centro operativo y administrativo de sus productoras: Excalibur Records, Del Temple Records y Malabares Producciones.
Las sorpresas del recorrido
Desde estas oficinas, Sandro no sólo gestionó sus históricas temporadas en el Teatro Gran Rex -donde en 1998 batió el récord jamás superado de 40 funciones consecutivas a sala llena y 136.000 espectadores-, sino que apadrinó a artistas de diversos géneros, como la banda de rockabilly Pelvis, el bailarín Bebe Mauro y el cantor José Ángel Trelles.

Para preservar la mística y el aislamiento del recinto, la privacidad se manejaba con rigor de estado. Fue en ese ámbito que se incorporó a la planta de mantenimiento Olga Garaventa, quien años más tarde se convertiría en su esposa. Cuando se presentó a la entrevista de trabajo, recibió una indicación tajante: la discreción debía ser absoluta.
El recorrido por el castillo depara auténticas gemas para los admiradores. Entre los objetos exhibidos se destacan instrumentos utilizados en sus películas -como los bongós tocados en “Siempre te amaré” o el látigo y la faca de “Embrujo de amor”-, así como la célebre bata gris que utilizó en el año 2000 para improvisar una conferencia de prensa en los jardines del sanatorio en el que se encontraba internado y desmentir los rumores negativos sobre su estado de salud.

Sin embargo, uno de los detalles más reveladores de su vida privada lo constituye un cáliz dorado que se conserva en una de las vitrinas principales de la confitería, a la que se puede ir todos los días a comer o tomar algo. Pese a la soltura que mostraba sobre los escenarios, en la intimidad de sus camarines mantenía sus rituales: no usaba vasos ni copas convencionales: Roberto Sánchez sólo bebía agua, champán o vino servido en un cáliz de metal.
Otra de las perlitas conservadas en el mismo ámbito es el retrato tomado por Aldo Sessa para la mítica serie “Los Argentinos”, de principios de los ’90. Era la imagen favorita del cantante, al punto de mandar a imprimir réplicas para entregar a las Nenas cuando le pedían un autógrafo en la calle. Eso sí: fiel a sus contradicciones y consciente del mensaje público, antes de estamparle la firma, Sandro tachaba con el bolígrafo el cigarrillo encendido que sostenía entre los dedos.
Cuándo se puede visitar El Castillo de Sandro
El espacio, que hoy combina el registro histórico con un bar ambientado donde suena de fondo su discografía completa, mantiene intacto el misterio de una figura que supo dividir con precisión quirúrgica al personaje público del hombre reservado. Un recorrido entre paredes de casi un metro de espesor que permite asomarse, al menos por un rato, a la mente del artista que soñó un palacio en medio del asfalto porteño.

- Dirección: Pavón 3939, CABA.
- Precio de la visita guiada: $ 7.000 por persona, sólo los sábados a las 14.30.
- Contacto: Cultural CAVA (El Castillo de Sandro), WhatsApp: 11 3484-1201, mail: culturalcava@gmail.com.




















