
A orillas del Riachuelo, y frente al concurrido barrio de La Boca, la Isla Maciel fue durante décadas un sitio gris, olvidado y asociado a la marginalidad y la prostitución. Sin embargo, a partir de 2014, un proyecto comunitario surgido en la escuela secundaria del barrio, comenzó a transformar sus calles mediante murales e intervenciones de arte urbano; el rescate de su música -ligada al tango, pero también a la cumbia y al trap-, su identidad y su historia.
Hoy “la isla” atrae a visitantes locales y a viajeros internacionales por sus coloridos murales (hay más de 100 en todo el barrio), su arquitectura portuaria y fabril. Parecido a La Boca, pero más auténtico -en la medida en que el turismo masivo no invade su atmósfera- en sus calles empedradas, las casas chorizo se entrelazan con viviendas de chapa y madera, y con las fachadas de pequeños comercios y almacenes que parecen detenidos en el tiempo.
Este suburbio es escenografía y argumento de incontables historias narradas por sus vecinos; protagonistas y guías que al hilvanar relatos y redescubrir el barrio, van rescatando su identidad y orgullo de “isleños”.
Parte de este proceso de transformación -liderado por el artista visual y docente Gerardo Montes de Oca y la gestora educativa y ex directora del colegio secundario de la Isla Carla Fodor-, quedó reflejado en el documental “Pintó la Isla” (2025).
“Cuando empezamos, pocos imaginaban que la Isla Maciel podía convertirse en escenario de experiencias de turismo comunitario”, cuenta Fodor. “El proyecto nació en la Escuela, y luego un grupo de vecinos y vecinas nos abrió las puertas para compartir el pasado, la cultura y la vida cotidiana del barrio desde la mirada de quienes lo habitan”, relata. Así surgieron el programa de Turismo Comunitario y el Museo Comunitario de la Isla Maciel, instalado frente a uno de los galpones del ex Astillero Dodero.
En ese camino, organizaciones internacionales como VSocial acompañaron la iniciativa e impulsaron la organización del Primer Encuentro Latinoamericano de Turismo Comunitario Urbano (ELTCU) realizado del 17 al 20 de septiembre en la Isla con participación de organizaciones, cooperativas, comunidades, universidades e instituciones de cuatro países de América Latina.
Historia de un puente y dos orillas
Uno de los mitos más extendidos respecto de la Isla Maciel se refiere a su nombre, ya que técnicamente no es una isla. Sin embargo, hasta mediados del siglo XX, la zona -que hoy pertenece al partido de Avellaneda- estaba separada del resto del territorio por el Riachuelo y por el arroyo Maciel (en homenaje al antiguo dueño de esas tierras), hoy completamente entubado.
El barrio permaneció aislado durante décadas, ya que para entrar y salir de él era preciso cruzar el Riachuelo en balsas o remando. Un hito que marcó su integración urbana fue la inauguración del Puente Transbordador Nicolás Avellaneda. Construido entre 1908 y 1914 con capitales ingleses, este gigante de hierro funcionó durante 46 años,y en su época de esplendor, llegó a transportar 17.000 personas por día.
Declarado como sitio histórico protegido por la UNESCO, hoy es uno de los 8 puentes transbordadores que aún subsisten en el mundo. Entre 2020 y 2023 volvió a ponerse en marcha, lo que impulsó brevemente la economía de la isla, con recorridos guiados organizados desde la carrera de Turismo de la Universidad Nacional de Avellaneda.
Hoy no solo el trasbordador está parado, sino que el Puente Nicolás Avellaneda (una estructura similar, de color naranja que construyó Vialidad Nacional en la década del 40) tiene sus escaleras mecánicas fuera de servicio. Esto obliga a vecinos y visitantes a subir y bajar el equivalente a cinco pisos por la escalera para poder cruzar peatonalmente el Riachuelo; o embarcarse en uno de los botes con los que Ángel “Moncho” Gómez une a remo las dos orillas.

Del esplendor a la decadencia
Al igual que La Boca, su vecina Isla Maciel concentró desde comienzos del siglo XIX hasta mediados del siglo XX una intensa actividad portuaria y fabril. Llegó a haber decenas de astilleros y talleres navales. Uno de los más grandes era el de la compañía Mihanovich - Dodero, que comenzó su decadencia en la década del 70 y cerró definitivamente en 2001.
A comienzos del siglo XX también se instaló en la isla el frigorífico Anglo, que llegó a emplear a 16.000 personas por turno. Pero cerró en 1966 y hoy en sus ruinas se levanta la compañía logística Exolgán (cuyo nombre viene de ex Anglo al revés).
El barrio fue cuna del primer cuartel de bomberos de la provincia de Buenos Aires. Y una de sus calles rinde homenaje al bombero voluntario José María Montaña, quien falleció en 1949 durante uno de los frecuentes incendios.
La plaza principal, llamada Néstor Kirchner, frente a la iglesia donde el padre Francisco “Paco” Olveira fue cura párroco, testigo e impulsor de la transformación del barrio hasta 2018, es un buen punto de partida para iniciar un recorrido por la isla.
Su paisaje de suburbio también fue escenario de varias películas. Entre otras, “La Mary” (1975), con Susana Giménez y Carlos Monzón. Aunque para los fanáticos del fútbol, la mayor referencia del barrio es la cancha y sede deportiva del Club San Telmo, una de sus instituciones señeras.
Arte, género y memoria
La Isla Maciel puede recorrerse desde múltiples miradas, y es fundamental hacerlo de la mano de los guías locales. Uno de los circuitos más concurridos es el de sus murales, que unen arte y memoria.
Artistas populares como Gilda y Rodrigo están presentes con su música y en las paredes de las casas. También las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo Hebe de Bonafini y Nora Cortiñas; y las monjas desaparecidas durante la dictadura Alice Dumont y Léonie Duquet.

Quinquela Martín y su paleta de colores, el Papa Francisco y Carlos Gardel se asoman desde los muros junto a personajes fantásticos como “El Principito”, e ídolos deportivos como Maradona y Messi.
“Las calles de la isla son un museo a cielo abierto, y artistas de todo el país y el mundo llegan frecuentemente a participar de muraleadas”, cuenta Romina Vargas, vecina de la isla, guía de Turismo Comunitario, y voluntaria en un comedor y merendero.

“Las mujeres de la Isla” es otro de los recorridos -esta vez, en clave de género- que invitan a romper prejuicios para conocer las historias de obreras, trabajadoras sexuales, militantes y educadoras que dejaron su huella en el barrio.
“En el frigorífico Anglo, el 30% del personal eran mujeres que percibían salarios y trabajaban en condiciones peores que los hombres”, cuenta Camila, otra de las guías comunitarias. “Las “fabriqueras” enfrentaban abusos, acoso y graves riesgos de salud, como la brucelosis”, relata. Muchas de ellas, además, hacían una triple jornada laboral como jefas de hogar, madres, obreras y prostitutas.
A finales del siglo XIX y principios del XX, el barrio albergó prostíbulos donde mujeres polacas y francesas, engañadas con promesas de trabajo y casamiento, terminaban endeudadas y obligadas a prostituirse.

Finalmente fue una mujer, Raquel Liberman, “La Polaquita”, quien logró en 1936 desbaratar a la poderosa red de trata Zwi Migdal, que regenteaba el tráfico de personas en la isla. Sin embargo, la prostitución continuó siendo un estigma del barrio hasta entrada la década del 90.
También dejaron su huella mujeres militantes y educadoras, como Estela Oesterheld (hija del autor del Eternauta), quien fue desaparecida en 1977; y Amanda Toubes, quien en 1956 desde el programa de Extensión Universitaria de la UBA promovió la alfabetización de adultos y la creación del primer bachillerato nocturno.
Hoy, la Isla Maciel propone un turismo de la memoria, comunitario y transformador, donde cada esquina relata las luchas del trabajo, la dignidad obrera y el valor de la identidad barrial.



















