
Antes de que Mar del Plata se convirtiera en el gran ícono turístico de la Argentina, sus playas ya guardaban una historia poco conocida: la de los primeros hombres que cuidaron a los bañistas cuando el mar empezaba a atraer multitudes. Eran expertos nadadores, venían de Cabo Verde y dejaron una huella profunda en la identidad costera de la ciudad.
A comienzos del siglo XX, cuando la actual “Ciudad Feliz” crecía como destino elegido por la aristocracia porteña, el mar no era solo un paisaje de postal. También era un desafío. Las corrientes, la falta de experiencia de muchos bañistas y el crecimiento del turismo hicieron necesaria una figura que hoy parece indispensable: el guardavidas.
De Cabo Verde a Mar del Plata: el viaje de los hombres que sabían leer el mar
La historia de los caboverdianos en Mar del Plata está atravesada por el océano. Muchos llegaron a la Argentina escapando de la pobreza, las sequías y las duras condiciones de vida del archipiélago africano, que por entonces todavía estaba bajo dominio portugués. Su destino natural fueron las ciudades portuarias: Dock Sud, Ensenada, Bahía Blanca y, por supuesto, Mar del Plata.
Pero no llegaron como turistas ni como simples trabajadores ocasionales. Llegaron con un conocimiento que los hacía únicos: sabían nadar en aguas difíciles, entendían las corrientes y tenían una resistencia física excepcional. En una ciudad que empezaba a recibir cada vez más visitantes, esa habilidad se transformó en una necesidad pública.
Según reconstrucciones históricas, hacia 1905 se incorporó a la Subprefectura de Mar del Plata un grupo de nadadores provenientes de San Vicente, una de las islas de Cabo Verde. La prensa de la época los describía como hombres contratados especialmente por su destreza en el agua.
Los “bañeros” que antecedieron a los guardavidas modernos
En aquellos años no se hablaba todavía de guardavidas como se los conoce hoy. La figura era la del“bañero”, una mezcla de asistente de playa, nadador de rescate y conocedor del mar. Su tarea era acompañar, vigilar y, cuando hacía falta, lanzarse al agua para salvar a quienes quedaban atrapados por la corriente.

La historia del Sindicato de Guardavidas y Afines de Mar del Plata recuerda que el desarrollo del balneario comenzó a acelerarse con la llegada del ferrocarril en 1886. A partir de entonces, la ciudad se convirtió en la primera gran villa balnearia argentina, con miles de visitantes cada temporada. Ese crecimiento obligó a organizar servicios de playa y seguridad para los bañistas.
En ese contexto, los caboverdianos se destacaron rápidamente. No solo por su potencia física, sino por algo todavía más importante: su relación natural con el mar. Venían de islas donde la vida cotidiana estaba marcada por la navegación, la pesca y la supervivencia en contacto permanente con el Atlántico.
La playa Bristol y una escena que pudo cambiar la cultura argentina
Uno de los episodios más recordados ocurrió en 1913, frente a la zona de Playa Bristol. Un joven de 22 años fue arrastrado por el agua y estuvo a punto de morir ahogado. Dos rescatistas caboverdianos, identificados en crónicas históricas como el cabo Luis Alfonso y el bañero Antonio Monteiro, lograron sacarlo con vida. Ese joven era Florencio Molina Campos, quien años más tarde se convertiría en uno de los pintores más reconocidos de la Argentina.
El dato parece una anécdota, pero funciona como símbolo de una historia mayor: la presencia caboverdiana no fue marginal, sino decisiva. Sin esos nadadores, muchas vidas podrían haberse perdido en una época en la que no existían los protocolos actuales, ni las torres modernas, ni los elementos de rescate que hoy forman parte del paisaje costero.
Timoteo Gómez, una vida entre Cabo Verde y las playas marplatenses
Entre esos nombres aparece también el de Timoteo Gómez, nacido en la isla de São Vicente, Cabo Verde, en 1890. Llegó a Mar del Plata en 1913 y se vinculó al trabajo marítimo y al servicio de rescate, primero dentro de la órbita estatal y luego en balnearios tradicionales de la ciudad.
Su historia resume la de muchos inmigrantes: cruzó el océano buscando un futuro, formó una familia y terminó convirtiéndose en parte de la memoria viva de la costa. Durante décadas trabajó en playas históricas, en una época en la que el oficio exigía coraje, intuición y una conexión absoluta con el agua.
Una raíz africana en la identidad de Mar del Plata
La historia oficial de Mar del Plata suele contarse desde sus fundadores, sus hoteles, sus ramblas y su esplendor turístico. Sin embargo, hay una capa menos visible que también explica la ciudad: la de los trabajadores del mar, los inmigrantes y las comunidades que forjaron su vida cotidiana.
En ese mapa, Cabo Verde ocupa un lugar especial. Incluso antes de la llegada de aquellos nadadores, el vínculo entre el archipiélago y Mar del Plata ya aparecía en los orígenes de la ciudad con José Coelho de Meyrelles, nacido en Cabo Verde y asociado al saladero que antecedió a la fundación oficial de 1874.

Por eso, decir que los primeros guardavidas de Mar del Plata fueron caboverdianos no es solo recuperar un dato curioso. Es reconocer una parte profunda de la historia argentina: la de una comunidad africana que llegó por el mar, trabajó en silencio y ayudó a construir la seguridad de nuestras playas.
El legado de los primeros guardianes del mar
Hoy, los guardavidas son profesionales formados, con preparación física, conocimientos de primeros auxilios y protocolos de prevención. Pero mucho antes de esa profesionalización, hubo hombres que se paraban frente al Atlántico con apenas su cuerpo, su experiencia y su valentía.
Aquellos nadadores caboverdianos fueron los primeros guardianes del mar marplatense. Su legado sigue vivo cada verano, cada vez que una bandera advierte sobre el estado del agua, cada vez que un silbato ordena la playa y cada vez que un guardavidas entra al mar para salvar una vida.
Mar del Plata no solo tiene una historia de turismo, aristocracia y postales. También tiene una historia de inmigrantes africanos, de coraje y de rescates. Una historia que durante mucho tiempo quedó bajo la espuma, pero que hoy vuelve a salir a la superficie.
Porque antes de que la ciudad fuera sinónimo de vacaciones, ya había hombres de Cabo Verde cuidando el mar argentino.




















