Confitería del Molino: el palacio Art Nouveau frente al Congreso donde Gardel inspiró un postre legendario

La histórica Confitería del Molino guarda una de las anécdotas más dulces de Buenos Aires: el postre que nació por pedido de Carlos Gardel y convirtió al edificio en leyenda porteña.

Confitería del Molino
Confitería del Molino Foto: Canal26.com
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En una de las esquinas más fotografiadas de Buenos Aires, frente al Congreso de la Nación, se levanta un edificio que parece detenido en el tiempo. La Confitería del Molino, con su cúpula inconfundible, sus vitrales y su impronta Art Nouveau, no es solo una joya arquitectónica: es un verdadero archivo sentimental de la Ciudad, un lugar donde se cruzaron políticos, artistas, escritores y una leyenda eterna del tango: Carlos Gardel.

Ubicada en la intersección de Rivadavia y Callao, la confitería fue durante décadas mucho más que un café elegante. Se convirtió en un punto de reunión clave de la vida social, cultural y política argentina. Su historia comenzó mucho antes de su edificio más famoso: los orígenes se remontan a la antigua “Confitería del Centro”, impulsada por los pasteleros Constantino Rossi y Cayetano Brenna, hasta que el proyecto se trasladó a la esquina actual en 1905.

El edificio que nació para celebrar la Independencia

La fecha que marcó para siempre a la Confitería del Molino fue el 9 de julio de 1916, cuando se reinauguró en coincidencia con el Centenario de la Independencia argentina. El encargado de darle forma al edificio fue el arquitecto Francisco Gianotti, una figura central de la arquitectura porteña de comienzos del siglo XX, quien logró convertir distintas propiedades linderas en una obra monumental de estilo Art Nouveau.

Vista de la fachada y la cúpula restaurada de la Confitería del Molino en la esquina de Rivadavia y Callao.
Ubicada frente al Congreso Nacional, la Confitería del Molino reabrió sus puertas para visitas guiadas mientras avanza su proceso de puesta en valor. Foto: GCBA

El resultado fue una construcción impactante para la época: mármoles, bronces, vitrales, cerámicas, muebles y detalles importados de Italia que le dieron un aire europeo a una Buenos Aires que todavía soñaba con parecerse a París. La Ciudad vivía el esplendor de la Belle Époque, y El Molino se transformó en uno de sus símbolos más refinados.

Su nombre no fue casual. “Del Molino” hacía referencia al antiguo molino harinero a vapor que funcionaba en la zona de Plaza Lorea, frente al Congreso. Con el tiempo, las aspas decorativas del frente y la torre en forma de aguja se volvieron parte inseparable del paisaje urbano porteño.

Carlos Gardel, el postre Leguisamo y una historia dulce del tango

Entre los nombres ilustres que pasaron por sus mesas, uno brilla con luz propia: Carlos Gardel. El Zorzal Criollo no solo fue una presencia asociada al lugar, sino que también quedó unido a una de sus creaciones gastronómicas más recordadas: el postre Leguisamo.

Postre Leguisamo Foto: Confitería El Progeso

La historia cuenta que Gardel, fanático de los dulces y de las carreras de caballos, le pidió a Cayetano Brenna la creación de un postre para homenajear a su amigo, el jockey uruguayo Irineo Leguisamo. El gesto habría estado vinculado al triunfo de su caballo Lunático en 1927, montado por el célebre jinete. Así nació una preparación que terminó convertida en una leyenda de la pastelería porteña.

Leguisamo y Gardel Foto: Archivo

La anécdota resume como pocas el espíritu de época: tango, turf, amistad, café y sobremesa. En la Buenos Aires de principios del siglo XX, las confiterías eran escenarios donde se construía identidad. Allí se cerraban acuerdos, nacían historias de amor, se discutía política y se celebraban triunfos populares. Gardel, con su figura inmortal, convirtió a El Molino en parte del imaginario tanguero argentino.

La “Tercera Cámara” y las mesas donde se discutía el país

Por su cercanía con el Congreso, la Confitería del Molino fue conocida como la“Tercera Cámara”. No era un apodo exagerado: legisladores, dirigentes y figuras de la política nacional cruzaban apenas unos metros para continuar conversaciones entre cafés, cognac y masas finas.

Entre sus visitantes habituales figuraron personalidades como Alfredo Palacios, Lisandro de la Torre, Marcelo T. de Alvear, Juan Domingo Perón y Eva Perón, además de escritores, artistas y figuras de la cultura popular. También pasaron por allí nombres como Roberto Arlt, Oliverio Girondo, Niní Marshall y Libertad Lamarque, consolidando al lugar como un verdadero teatro de la sociedad argentina.

El Molino no era solo una confitería elegante; era un espejo del país. Cada mesa podía reunir a un diputado, un poeta, una actriz o un músico. Cada vitral parecía guardar una conversación secreta de la historia nacional.

Incendio, cierre y abandono: la caída de un ícono porteño

La historia de la Confitería del Molino también tuvo momentos oscuros. En 1930, durante el golpe de Estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen, el edificio sufrió un incendio y debió cerrar. La reconstrucción llevó casi un año, pero el lugar logró recuperar su esplendor.

Vista de la fachada y la cúpula restaurada de la Confitería del Molino en la esquina de Rivadavia y Callao.
Ubicada frente al Congreso Nacional, la Confitería del Molino reabrió sus puertas para visitas guiadas mientras avanza su proceso de puesta en valor. Foto: GCBA

Décadas más tarde, la crisis económica golpeó con fuerza. En 1997, la confitería cerró definitivamente sus puertas y ese mismo año fue declarada Monumento Histórico Nacional. El cierre dejó una imagen dolorosa: persianas bajas en una esquina que había sido símbolo de lujo, cultura y encuentro ciudadano.

El renacimiento de la Confitería del Molino

Tras años de abandono, en 2014 se sancionó la ley que declaró el inmueble de utilidad pública y sujeto a expropiación por su valor histórico y cultural. Luego, en 2018, el Congreso Nacional tomó posesión del edificio y comenzó un proceso de restauración integral que incluyó fachada, cúpula, vitrales, interiores, maderas, metales y mobiliario histórico.

Actualmente, aunque todavía no funciona como confitería tradicional abierta al público para tomar un café, el edificio ofrece la“Experiencia Molino”, un recorrido guiado gratuito con inscripción previa que permite conocer sus espacios restaurados y reconstruir la memoria de uno de los edificios más emblemáticos de Buenos Aires.

La Confitería del Molino sigue ahí, imponente, como una postal viva de la Belle Époque. Y aunque el tiempo haya pasado, su historia conserva algo intacto: la capacidad de despertar fascinación. Porque en esa esquina porteña todavía parecen resonar las voces de los artistas, el murmullo de los legisladores, el perfume de la pastelería recién hecha y, por supuesto, la sombra elegante de Carlos Gardel, quien dejó en El Molino una huella tan dulce como eterna.