Así era Buenos Aires la última vez que Argentina jugó contra Suiza en un Mundial: diarios en kioscos, filas para la SUBE y taxis sin app

La última vez que Argentina enfrentó a Suiza en un Mundial, Buenos Aires era otra: se compraban diarios en kioscos, se hacían filas para cargar la SUBE, los taxis se paraban con la mano y los locutorios todavía resistían al paso del tiempo.

Argentina ganó 1 a 0 con gol de Di María
Argentina ganó 1 a 0 con gol de Di María Foto: REUTERS
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El 1 de julio de 2014, Argentina volvió a sufrir como solo Argentina sabe hacerlo en un Mundial. Fue ante Suiza, en San Pablo, por los octavos de final de Brasil 2014. Durante casi dos horas, el país entero contuvo la respiración hasta que apareció Lionel Messi, condujo una contra agónica y asistió a Ángel Di María, que marcó el 1-0 en el tiempo suplementario para meter a la Selección en cuartos de final.

Pero mientras la pelota viajaba hacia la red y millones de argentinos explotaban frente al televisor, Buenos Aires era otra. No tan lejana en años, pero sí en costumbres. La Ciudad de 2014 todavía conservaba rituales urbanos que hoy parecen escenas de otra época: comprar el diario en el kiosco, hacer fila para cargar la SUBE, levantar la mano para tomar un taxi y llamar por teléfono para pedir comida.

Comprar el diario, cargar la SUBE y esperar: una rutina muy porteña

En aquella Buenos Aires mundialista, todavía era normal arrancar la mañana pasando por el kiosco. El diario impreso seguía teniendo un lugar cotidiano: se compraba para leer el suplemento deportivo, mirar las tapas, guardar una foto o comentar el partido con el diariero. Las redes sociales ya existían, pero el papel todavía tenía peso de verdad.

Largas colas para cargar la SUBE
Largas colas para cargar la SUBE Foto: NA

También era habitual ver largas filas para cargar la SUBE. A diferencia de la actualidad, donde la tarjeta puede cargarse de manera electrónica, por aplicaciones, billeteras virtuales o home banking, y luego acreditarse en terminales o desde el celular, en 2014 la escena más común era buscar un punto de carga y esperar. La SUBE ya formaba parte del paisaje cotidiano, pero la experiencia todavía era presencial, paciente y bastante menos inmediata.

Taxis a mano alzada y delivery por llamada: la Ciudad antes del clic

Para tomarse un auto, en 2014 no se abría una aplicación: se estiraba la mano en la esquina. Los taxis circulaban por avenidas y calles con la luz roja disponible, y conseguir uno dependía del horario, la lluvia, el barrio y la suerte. Había radiotaxis, claro, pero la postal porteña seguía siendo la de alguien parado en el cordón, mirando de reojo si venía un auto libre.

Con la comida pasaba algo parecido. Pedir una pizza, empanadas o comida china todavía implicaba llamar por teléfono, esperar que atendieran y dictar dirección, entrepiso, timbre y forma de pago. Las apps de delivery no habían transformado por completo la relación entre restaurantes, repartidores y consumidores. El menú imantado en la heladera era casi tan importante como el celular.

Locutorios, cybers y entradas físicas: señales de una Buenos Aires que resistía

Aunque el smartphone ya ganaba terreno, Buenos Aires todavía tenía locutorios y cybers que resistían al paso del tiempo. En algunos barrios seguían funcionando como puntos de conexión, impresión, llamadas internacionales, trámites improvisados o encuentros de adolescentes frente a una computadora. Eran restos vivos de una era previa a la hiperconectividad total.

Cybers, un clásico de los 2000
Cybers, un clásico de los 2000 Foto: pausa.com.ar

También era común guardar entradas físicas para recitales, partidos o teatro. El ticket no era solo acceso: era recuerdo. Se llevaba en la billetera, se pegaba en una agenda o quedaba perdido en un cajón. Antes de que el QR dominara los accesos, la entrada de papel era parte de la experiencia.

Ecobici recién empezaba a cambiar la movilidad porteña

Cuatro años antes del Mundial de Brasil, Buenos Aires había puesto en marcha Ecobici, el sistema público de bicicletas. El programa comenzó a fines de 2010 con apenas 3 estaciones, 72 bicicletas y cerca de 100 viajes diarios, antes de avanzar hacia una red mucho más amplia y automatizada.

Para 2014, la bicicleta pública ya era parte del cambio urbano, pero todavía no tenía la masividad ni la naturalidad que ganaría después. La idea de moverse en bici por la Ciudad empezaba a dejar de ser rara para convertirse en una alternativa real.

No existía el Paseo del Bajo y Corrientes aún no era la peatonal nocturna actual

La Buenos Aires de 2014 tampoco tenía el Paseo del Bajo. La obra recién sería inaugurada en mayo de 2019, con un corredor de 7 kilómetros destinado a ordenar la conexión entre las autopistas 25 de Mayo, Buenos Aires-La Plata e Illia, el puerto y la Terminal de Ómnibus de Retiro. Antes de eso, circular por la zona del Bajo era otra experiencia: más carga pesada mezclada con autos particulares, más demoras y menos separación de flujos.

La obra del Paseo del Bajo antes y después
La obra del Paseo del Bajo antes y después Foto: Observatorio Metropolitano

Sobre la avenida Corrientes también había otra postal. La calle que nunca duerme todavía no tenía el esquema de peatonal nocturna que se inauguró en 2019, con carriles que se transforman en espacio peatonal entre las 19 y las 2 de la mañana en parte de su tramo más teatral. En 2014, Corrientes de noche seguía siendo marquesinas, pizzerías, teatros y taxis, pero sin la intervención urbana que años más tarde cambiaría su dinámica.

Peajes manuales, menos QR y una vida más analógica

La Ciudad y sus accesos también tenían una relación distinta con el tiempo. En muchos peajes, la presencia manual todavía era parte central de la experiencia: frenar, pagar, recibir vuelto o comprobante y seguir. El avance de los sistemas automáticos fue modificando una escena que durante años definió las entradas y salidas de la Capital.

Peajes
Peajes

Aquel 2014 tenía algo de bisagra. Ya había smartphones, redes sociales y mensajería instantánea, pero Buenos Aires todavía convivía con costumbres analógicas. Era una Ciudad entre dos mundos: moderna, pero no del todo digital; acelerada, pero todavía obligada a hacer fila; conectada, pero con locutorios abiertos.

Por eso, recordar el Argentina-Suiza de Brasil 2014 no es solo volver al gol de Di María. Es volver a una Buenos Aires que miraba el partido desde bares, casas, oficinas y kioscos; una Ciudad donde todavía se compraba el diario al día siguiente para guardar la tapa, donde la SUBE se cargaba con paciencia y donde pedir comida empezaba con una llamada.

Doce años después, aquella tarde sigue viva por el fútbol. Pero también por todo lo que cambió alrededor. Porque mientras Argentina buscaba su destino en Brasil, Buenos Aires también estaba jugando su propio partido: el de dejar atrás una época sin saber todavía que ya la estaba despidiendo.